Ganadores del III Concurso de Relatos Breves


 

 

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EL DEPENDIENTE
Autor: Julio Cesar Querejeta
Buenos Aires - República Argentina

 


 

EL DEPENDIENTE


Cuando ingresé, como el chico de los mandados, al almacén de Don Pancho, mi primera misión fue llevarle un pedido a Doña Celeste. Por eso, y otras cosas, no la olvido.

El almacén está en las afueras del pueblo, se vende de todo y también se despachan copas. La harina, yerba y otras especies se venden sueltas. Están contenidas en unos armarios, con generosas bocas “canguro”. 

Los clientes acercan sus carros y cargan las mercaderías, algunos pagan. Otros anotan. Las bebidas y cigarrillos, no se fían. El humo y el olor de los cigarrillos baratos, identifican al lugar. Algunos fuman Fontanares, otros, los más, Brasil, por su bajo precio.

De a poco los voy conociendo a los clientes, pero más a los que vienen por copas y a jugar a las cartas.

Un día, de verano, con mucho calor en que el lugar está concurrido, aparece Doña Celeste. Compra lo necesario, muy pocas cosas. Don Pancho ni anota ni le cobra. “La vieja vive sola, por eso consume muy poco”, me dice mi patrón.

Cuando se retira, desde el fondo se escucha la voz de Battisteza, uno de los parroquianos, que le dice a Don Pancho: “¿Té acordás Pancho lo que era Celeste cuando Joven?”. “Si Gringo como no me voy a acordar” y se fue para el fondo y dio la impresión que no quería volver sobre el tema.

“Estaba guena, qué ancas, que pecheras”. Dice el Ñato Vargaz. El negro Leguizamón, agrega algo de su repertorio. “La criaron de prestado, nunca se supo quienes fueron sus padres. Pero eso sí, nadie puede dudar de su moral, nunca se le supo nada”. Anacleto Morales tomó el convite y jugó su carta: “Mirá, muy santa no debe haber sido, por que parió una hija”. El Rengo Quinteros, toma la posta: “Dicen que el que le llenó la cocina de humo fue un tipo rico de la zona, a la hija la mandaron a la Capital a una escuela de monjas, estudió y “asiguran” las malas lenguas que se doctoró y eso sin patacones no se hace”. “Es cierto”, dice el Gringo. “Pero convengamos que la vieja nunca abrió el buzón, se las bancó bien piola”. El Tuerto Fariña que hasta ese momento se había mantenido en silencio, agarra la guitarra y suelta sus notas. “Debe ser como ustedes dicen, a mí nunca me pasó bola, y eso que le hice varios tiros a la pichona, pero a “eya”, nunca le faltó nada. El que se comió el asado debe estar pagando sus cuentas”. La charla se vuelve de lo más interesante, pero aparece Don Pancho y de buenas maneras les pide que vayan terminando por que quiere cerrar.

Cuando quedamos solos me animo y le pregunto, mientras junto las copas. “Es cierto lo que dicen de Doña Celeste”. El Patrón me mira y con tono paternalista me contesta: “Dicen tantas cosas” y cae el telón. Al menos por ese día.

Pasaron meses y una tarde que Don Pancho me pone a ordenar los papeles, en un cuartucho, de un viejo libro cae una hoja. No habla de comestibles por eso la leo con detenimiento. “Querido Pancho, estoy esperando familia y la criatura es tuya. No te preocupes, me arreglaré, solo te pido que me ayudes. Este secreto me lo llevaré a la tumba. Vos y tu familia no tienen de que preocuparse. Celeste”. Seguí ordenando, nunca hablé de esa nota, aunque sabía en donde la había guardado.

Tiempo después, corre la voz por el pueblo que Doña Celeste está muy enferma. Don Pancho me llama y en voz baja me pide que le lleve un sobre. Es dinero, no tengo ninguna duda. Cuando llego, una vecina me dice: “Pobre, parece que no zafa”. Regreso corriendo al almacén, sin cumplir mi misión. Voy al cuartucho de los papeles y le digo a Don Pancho que anda por ese lugar. “Se me hace que tiene que ir Usted” y le alcanzo el sobre: “Te parece”, me pregunta. “Se muere” le digo. Sin rodeos, voy al libro, tomo la nota y se la alcanzo. No hace falta que la lea, la reconoce de inmediato. Me mira a los ojos, los suyos brillan mucho. Me abraza y se pone a llorar. Al rato, ya repuesto, “parto” me dice. Lo miro, cuando se encamina, a paso lento, hacia la puerta, su cabeza hundida entre sus hombros y sus manos en los bolsillos me daban la imagen de un hombre vencido. Él y sus secretos iban en busca de su historia, también secreta, y a enfrentarse con la realidad. 

Comienzo a repasar las mesas, sin mucha convicción, los clientes estaban al caer.


Apartado local:

OTRO DÍA SIN ÉL 

Autor: Juan Carlos Cencerrado de Alcazar de San Juan, Ciudad Real

 



OTRO DÍA SIN ÉL

 

Era lunes y la abuela bajaba, encorvada como siempre, al rio. Llevaba el peso de su vida a cuestas; siempre en los labios una oración, siempre con un hatillo de ropa por lavar.

Quienes la conocían, sabían que no llevaba sólo su ropa sucia, había otro montoncito de ropa limpia y planchada que ella volvía a lavar una y otra vez. Los colores de esas camisas de hombre, ya estaban apagados de tanto remojarlos en el rio, de tanto acariciarlos, de tanto llorar sobre ellos…

El Duero pasaba lento en esas fechas. El rumor del agua en la orilla y el viento en las hojas, invitaban a vivir la jornada en calma.

Las mujeres charlaban en voz alta y las jovencitas reían y se hacían confidencias. Llevaban los cajones con la ropa en la cabeza y bromeaban sobre cuál sería la más guapa el día de la fiesta. Algunas recogían lavanda en el camino, para perfumar los arcones y el armario tras la plancha.

Tiempo de encuentros en una vida austera, con poco espacio para el ocio.

La abuela golpeaba la ropa contra la piedra, para quitar las manchas y para limpiar la distancia y el olvido… Era la única que no reía ni charlaba con el resto. Su pensamiento siempre puesto en su hombre, el marido que se marchó del pueblo un día en busca de fortuna, con palabras de amor y promesas de retorno.

…………………………

Nadie lavaba por la tarde, pero la abuela volvía para remojar la ropa y asomarse al agua. No veía a esa hora su reflejo, sino la imagen de una joven que por amor vivía y por amor lloraba.

………………………….

Ya volvía la abuela por la cuesta del rio, con sus manos frías, sin importarle el dolor. Iba mirando el color del cielo en la atardecida, allá por la derecha de la ermita. A esa hora la luz es mágica. El sol quiere esconderse pero no puede, algunos rayos se le escapan y las nubes le roban los colores, alumbrando los montes que a arroparle esperan.

Los vencejos que dormían con la canción de las cigarras, de repente vuelan más rápido que el viento y su piar resuena en todos los rincones; sólo las campanas de la iglesia son capaces de hacerles callar, a veces.

En esos momentos de la tarde, el alma atormentada de la abuela recibía la paz del olvido y al fin se preparaba, en calma, para despedir el día…otro día…sin él.

 

 

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