Ganadores del V Concurso de Relatos Breves


 

 

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AMOR DE TINTA
Autora: Emilia García Castro, de Oviedo, Asturias

 

AMOR DE TINTA

           Querido Juan Ramón: 
           Ya estabas bajo la tierra de tu Moguer cuando yo lancé el primer alarido en este mundo y, aun así, te quiero tanto o más que si vivieras y fueras mi padre, mi esposo o mi hijo. Déjame que te lo diga, poeta. 
           ¿Se puede amar a través del tiempo cuando tú ya estás en ese otro lado donde se sabe todo? Te reirás de mi torpeza y de mis pobres palabras. 
           Te quise desde que, de niña, me eché un libro a las manos en la escuela de mi pueblo, Quintanilla de Arriba. En la plaza, al lado del Ayuntamiento, en la primera planta de un edificio, estaba aquella escuela equipada con la mesa del señor maestro, su mapa detrás, los pupitres y una vitrina con libros. Allí estabas tú, en uno de ellos, tan lejano y tan cercano a la vez como un vecino más. 
           Entré al descuido, durante el recreo, una mañana de frío y suelo brillante por las primeras lluvias del otoño, a hojear los libros sin sentido, cansada de mis correrías infantiles. Cogí Platero y yo y leí sus frases legendarias; me imaginé al burro trotando, hecho de acero y plata de luna. Me subí a su lomo y recorrí los parajes de tus sueños: la mar, los montes, los viñedos y el vergel que no te gustó porque no dejaban pasar a tu cabalgadura. 
           Entonces comenzó nuestro idilio y hoy tus líneas anidan en mis huesos y en mi sangre. Ya no soy yo, soy yo contigo dentro. 
           ¡Ay, Juan Ramón, cómo eres! Un soñador, un nefelibata como te dijo Rubén Darío. ¡Qué suerte has tenido con no nacer en nuestro mundo! Ya estarás viendo que la gente anda sin tierra, que se construyen muros, que continúan las guerras de siempre y que se sigue muriendo de hambre tanto o más que cuando vivías. 
           Hacen falta muchos que, como tú, se detengan con la belleza de una flor; gente que tenga al sol por único capitán general y se conforme con comer el pan, ese que daba tan buen olor a tu pueblo, y beber del caño de las fuentes. 
           Tu divina conformidad a la naturaleza, eso es lo necesario, y tu rebeldía contra lo malo y lo feo. 
           Subidos en un burrito deberíamos andar todos, poeta y que él, con su sabiduría, nos revelara los secretos ocultos tras un simple caldero de agua en cuya superficie se reflejan las estrellas. Andando despacio, como tú decías: «¡No corras, ve despacio, que adonde tienes que ir es a ti solo!» 
           Ahora, ya vieja y despacio, sigo yendo a otras bibliotecas a leerte, aquella de mi infancia está cerrada. ¡Qué tristeza la de mi pueblo, sin escuela! De vez en cuando alzo los ojos, de vista miope que ve mal de lejos, y te adivino un instante: tu mirada profunda, tu barba fina de Greco, y caigo de nuevo en tu embrujo, querido mío. Sé que Zenobia, tu bella esposa, aprueba este amor hecho de tinta, pero tinta viva que conmueve pasado un siglo. 
           Al momento, desapareces de mi vista y yo vuelvo a mi libro; allí dentro estás tú con el borriquillo y yo, leyendo. Leo y leo porque revivo con vosotros mi inocencia infantil y la belleza que se oculta en las pequeñas cosas, y entonces creo que hay esperanza y sentido incluso en lo más raro de la vida. 
           Porque tus libros nos alcanzan, poeta mío, en el corazón, de lleno. 
           Así leyendo os doy vida y recreo mi adorada escuela infantil, ¡que vuelva, que vuelva la escuela, la echo de menos! Allí estás, existirás siempre en aquella vitrina, eterno, entre las líneas de Platero, tan bellas que parecen versos.

           Te quiere siempre, tu lectora.

 


 

Apartado Local:
UNAS VACACIONES EN EL PUEBLO
Autor: Francisco de las Heras Alonso, de Valladolid

 

UNAS VACACIONES EN EL PUEBLO


  Veníamos de vacaciones en familia, eso se decía, los primeros días de verano. El reencuentro y sensación de relajo después de un año de intensos estudios  en el seminario nos daba un pase de libertad. Pero San Pedro eran una puerta falsa, una coartada que marcaba un complejo programa vacacional y el pistoletazo engañoso de salida y ocupación obligada. Reencuentro con los segadores dispersos por los campos, de donde volvían de hacer sus ensayos de siega de las cebadas, que no precisamente para celebrar nuestra llegada.

El pueblo en general se regocijaba con  su trabajo, pensando en la siembra a punto de cosecha merecida. Relajados con una jornada de misa en familia, comida y siesta a pierna suelta recu-perando sueños atrasados. Merienda a puesta del sol,  sin relajo, y revisión de los equipos: hocinos y zoquetas, manta y alforja con la bendición del Santo para una actividad veraniega en puertas, prolongada y dura pero gozosa.

Para nosotros, el aterrizaje de vuelta al pueblo se materializaba alistándonos, por exigencias de las circunstancias, a las faenas de verano como “mochiles”:  visita a tus amos, considera-ciones, advertencia, presentación de servicios a tener en cuenta... Y tu jumelco, compañero infatigable de nuestras jornadas a caballo. 

Al día siguiente, como en un pueblo cualquiera de Castilla, escuela de aprendices de quijotes, cabalgando por sus caminos polvorientos y ardientes, avanzan mochiles a caballo con albarda y serones sobre el rucio, cargados de comida hacia el punto de encuentro de “las cuadrillas de segadores” dispersas por los diferentes términos de localización de siega: El Pozo, Peñas de Roldán, Valdemuertos, etc, etc .Términos todos con historia.

Uno de los días, nada más levantarnos de la cama, mirando al cielo como gesto instintivo, tratando de adivinar el tiempo que nos espera, se divisaron  algunas nubes que podrían ser de calor o… ojalá, sólo eso. 

La mañana fue entoldando el cielo. Nubes cargadas, oscuras, de malos presagios. Acarreadores, segadores, trilladoras, mochiles, gente en general del campo esperan, confían y recitan alguna oración en silencio. Sólo una  tormenta de verano, se dice.. Demasiado deprisa se cargan las nubes, se va nublando el sol y se oyen algunos truenos. Todo el mundo a a la calle hasta ver. Se repiten los truenos y se acerca la tormenta. Se ven rayos. Más truenos. El cielo se va tornando blanquecino y todos empiezan a intuir los peores presagios: un pedrisco.

Las madres sacan los recipientes en los que almacenan agua bendita, y las piedras remojadas del mismo agua bendita el Sábado Santo. Los hombres, desafiando el temporal, se lanzan a  echar una mano allá a donde sea necesario y se pueda proteger algo…

Se desgarra el cielo y empieza a caer granizo, que poco a poco es más bien piedra. Las manos a la cabeza. Isopar, rociar la tormenta con el agua bendita, arrojar las piedras benditas para contener el temporal, única esperanza de ciega fe popular. 

Arroyos de agua, viento… Acarreadores retornando por los caminos, empapados y clamando al cielo . Segadores que hacen el deber de salir al encuentro… Trigo encamado donde la tormenta pegó de lleno. Frutales apedreados… Todo el gozo en un pozo…Qué se puede hacer… Resignación: Aprovechar lo que queda.. ¡Dios mío, qué será de nosotros! ¡Qué pecado hemos cometido para merecer esto!

 Cuando ya el verano va dejando afanes y ajetreos, llegados a los últimos resabios de la trilla y de la bielda , limpia de grano y paja; cumplido con la mañana de la siega; acarreo de la paja a carro y bieldo para enfoscar por el bocino del pajar y proveer la cama del ganado en el invierno y engaño en su dieta  de comederos, nos quedaba la sensación de brevedad vacacional y añoranza de toda esta actividad vivida en familia, compartida a tope en la convivencia del pueblo, pese a todo, apurando los momentos, aprendices de su sino.

Ese verano nos marcó con una huella especial y sinsabor que no entendíamos en el bagaje de lecciones sin aprender para llevar al  seminario en busca de una respuesta. Demasiado jóvenes para comprender.

                                          

  Seudónimo: Adaha

 



 

 

 

 

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