Ganadores de ediciones pasadas:

2013 - 2014 - 2015 - 2016


V Concurso de Relatos Breves

 

Patrocinado por:

 
 
1.- Gracias por leerme

 

“Querido Ángel:
“Te diré algo, soy una fanática de las cartas. Me encantan. Siempre he pensado que son el mejor medio de comunicación que existe. Desgraciadamente las nuevas tecnologías y las redes sociales han hecho que estén en peligro de extinción. 
La emoción al ver que hay alguien a quien le importas lo suficiente como para dedicar su tiempo en escribir una carta…
                                                                                  Gracias por leerme
                                                                                                          Un saludo: Clara”

La verdad es que no sé ni cómo empezar esta carta. Es cierto que no es la primera, pero tampoco será la última. Lo cierto que esta tiene algo distinto,  tiene algo especial. Dime, antes de continuar con todo esto, ya que de ser así nada tendría sentido. Respóndeme con total sinceridad.
¿Todo esto es un sueño?
Porque de ser así te prometo que no quiero despertar…
El escenario es el mismo de siempre, el folio y yo.
Tú y el folio.
Tú y mis sentimientos.
Me faltarían folios, me faltarían vidas para intentar explicar lo que me has hecho sentir desde aquel día, y a que a día de hoy no hace más que crecer.
He apurado las 1440 oportunidades en forma de minutos que tenía cada día para cumplir mi objetivo, sin importarme los obstáculos ni las miles de  piedras que se han ido cruzando por el camino. Pues el fin era mucho más importante que todo lo demás, tu felicidad.

 

“Querida Clara:
Aquella primera carta en la que me demostraste todo. Donde me hiciste volver a creer, cambiaste mi vida, la ilusión volvía a coger protagonismo en mi vida, pero  sobre todo desde entonces me has hecho mejor persona.
No hay día en el que sienta que sacas lo mejor de mí, pues estando junto a ti puedo ser quien yo quiero ser, sin miedo, sin barreras sin prejuicios, transparente, raro, pero siempre siendo yo mismo.
Y si algo te hace especial es todo eso, que siempre has sido, eres y será tú, sin que importe el qué dirán.
Eso quizás fue la causa de que a día de hoy haya un “nosotros”, porque nos aceptamos tal como somos, nos queremos, nos completamos y sobre todo nos apoyamos el uno al otro, somos dos columnas que mantienen firme todo esto, pues ninguno sería nada sin el otro.
En mis peores momentos siempre has estado ahí, con firmeza, dándome energías, aliento y eso lo llevo siempre presente, pues en los momentos de risa siempre están todos, pero la realidad llega cuando realmente necesitas aunque sea, simplemente unos oídos que te escuchen, o un hombro que seque tus lágrimas, es ahí donde echas en falta toda esas personas que prometen, cuesta encontrar a alguien que sea capaz de estar contigo pase lo que pase.
Seré breve: Eres mi todo, eres la suerte de mi vida.

Gracias por leerme.
Gracias por seguir haciendo que nunca deje de creer en que los pequeños detalles jamás dejaran de existir.
Gracias una vez más por ser como eres, por ser tú.   
                                                                      Un saludo: Ángel”

Seudónimo: Pranay


 

2.- EL CALLEJÓN DEL DESTINO


            Al día siguiente de perder todo, después de prorrumpir en mil sollozos y diez mil lamentos, se lanzó a la calle sin rumbo fijo, sólo por comprobar si existía el destino, o en realidad era una milonga, una más.
            Al octavo día de errar por los cuatro puntos cardinales de la capital, desembocó en un callejón sombrío. Un perro labrador le salió al encuentro agitando la cola.
            -¿Tú también has perdido, criatura? -preguntó al chucho mientras acariciaba su hocico.
            -No -respondió a su espalda una voz femenina-; Sansón no ha perdido, pero usted, sí. ¿Me equivoco?
            -Acierta. He perdido todo, absolutamente todo.
            -Casi todo. ¿Viene?
            -¿A dónde?
            -Por aquí. Éste no es un callejón sin salida.

Seudónimo: Álvaro Flores Pacheco


 

3.- ¡VAYA POR DIOS!

Una vez transcurridos los tres años de rigor, vuelvo al hospital para someterme a la dichosa colonoscopia con un nudo en la garganta abrumado por las dudas, y mientras aguardo mi turno en la sala de espera, me asaltan un montón de cábalas y tribulaciones que se resumen en una mera cuestión: si me encuentro perfectamente, ¿por qué yo?
            Pues como prevención, ya que mi madre murió de cáncer de colon y mi hermano se vio aquejado de la misma enfermedad. Tuvo que ser operado con urgencia, pero salió bien librado del apuro. “¡Es un tipo con suerte!” exclamó el cirujano en cuanto asomó del quirófano. ¿Suerte? ¿Qué significa exactamente eso? ¿Se considera que un hombre operado a vida o muerte ha tenido suerte? “Cuestión de voluntad”, se jactaba mi hermano en una loable manifestación de coraje ante la estupefacción de propios y extraños.
            Tanto que avanza la ciencia y lo poco que se nota en dicho campo de la medicina. ¡Vaya por Dios, menudo trance! Estoy como un flan, con los nervios a flor de piel y el tubo digestivo más limpio que la patena de una iglesia, harto de la vomitiva solución de fosfosoda que es necesario engullir, aunque sea a regañadientes. A juzgar por la experiencia, entre las paredes de un hospital, puedo afirmar que la turbación es contagiosa. “Tempus fugit”, el tiempo vuela, se suele decir, pero mientras estás tumbado en una litera desnudo e impotente, esperando con una escueta bata verde, cabe asegurar que el tiempo se hace eterno. Los minutos parecen horas y las horas se alargan hasta el infinito. De hecho, se sabe cuando entramos en un hospital, pero nunca cuando ni cómo saldremos de allí.
            De modo que nada más recibir el alta y llegar a casa, es lógico que me conecte a internet en busca de información acerca de la suerte. Me propongo averiguar la naturaleza y la esencia de tal ventura o fortuna. A tenor de las lecturas, deduzco que la suerte es un término efímero, relacionado con el azar y que tiene consecuencias poco controlables. Un ejemplo claro y evidente es la lotería. La casualidad gobierna la vida de todo el mundo. A menudo se suelen producir ciertas coincidencias que el psiquiatra suizo Carl Jung denominaba sincronía: “dos fenómenos o situaciones independientes que se entrelazan de forma misteriosa creando lo que parece un vínculo común orquestado por el azar.” Y pese a que el propio Albert Einstein, una de las mentes más preclaras de la humanidad, declarase: “Dios no juega a los dados”, un colega suyo le repuso al sabiondo premio Nobel: “A Dios no tenemos que decirle a qué debe jugar”.
            Asimismo, buena suerte es el colofón de nuestras acciones, del trabajo, y de la actitud ante la vida. O sea, que tenemos la capacidad de generar buena suerte en nuestras rutinas cotidianas. Su signo dependerá de cómo afrontemos las adversidades y del grado de positivismo. Así pues, debemos ser de talante optimista. Ver siempre la botella medio llena y no medio vacía como vaticinan los pesimistas.
            Los chinos, un pozo de sabiduría que dominan conocimientos extraños que los occidentales no podemos ni siquiera llegar a imaginar, pues vivimos pertrechados tras el vanidoso orgullo de colonizadores, poseen un proverbio que dice: “Ayer, hoy y mañana son los tres días del hombre. El ayer ya está olvidado, el hoy es preciso vivirlo con la mayor intensidad y en el mañana ya habrá tiempo de pensar más adelante.”
            Perdonad, con tanto trajín y divagaciones se me había olvidado contaros el resultado final de la prueba clínica a la que me sometí: limpio como el culito de un recién nacido… ¡Por suerte!

Seudónimo: David


 

 

4.- ANDANDO SE HACE CAMINO

                        Tengo miedo, quince años y estoy atemorizada, debería estar tranquila pero no es así y lo malo es que desconozco si mi enfado es a causa de la cobardía que me impide rebelarme o porque  temo  lo desconocido.
                        Mañana es un día duro, tengo que ir, tenemos que ir porque lo voy a hacer acompañada de mis padres, al ginecólogo, Y me fastidia, vale que tengo que ser obediente, respetuosa, pero también es cierto que tengo mis derechos como mujer…..¡Que fuerte suena esa palabra…!...pero es asi, si tengo que ir, quiero hacerlo sola, por mucho que me digan que no sucede nada y que no piense en ello. Pero no puedo eliminar de mi mente el pensamiento de que mañana vamos a estar sentados frente a un hombre que me va a preguntar, lo que no quiero responder
                        Tampoco que venga Miguel, es verdad que es importante para el tema, pero me avergonzaré más aún con su presencia. Y le quiero, creo, pero pienso que amor es lo que yo siento por él.
                        Tengo miedo a mis padres, mi madre va a llorar, estoy segura de ello cuando el médico nos de la noticia y mi padre se enfadará y saldrá de la consulta contrariado, creo que sería mejor que me abofeteara antes que soportar su silencio, porque estoy segura que no va a decir nada.                                            Pero va a ser duro, ya estoy sintiendo su profunda voz, enfadado, hablándole a mis padres y no a mi, que era a quien tenía que tranquilizar y no asustar, porque antes o después, la mujer se tiene que enfrentar al asunto.
                        Cuanto me gustaría volver en el tiempo y estar en la playa, pero no la noche que engañé a mis padres diciendo qe estaba en casa de una amiga, sino en los atardeceres, en cualquiera de ellos paseando con Miguel, cogidos de la mano, haciendo proyectos.
                        Ya estamos llegando, ojalá no encontremos aparcamiento, pero no sucede asi, mi padre, hábil él, lo ha encontrado y caminamos hacia la consulta, mi corazón encogido, apretado como la mano que oprime la de mi madre, con temor, una mano que suda, se resbala, que se separa cuando en la puerta de la consulta veo a Miguel sentado en el umbral.
                        Mira a mis padres y les dice, les escucho hablar, pedirle que me quede medio minuto a solas con él, acceden y siento su mano en la mía, su mirada en mis ojos y su voz repetida una y cien veces diciéndome que lo había consultado, que lo había leído una y mil veces, que con un beso en los labios nadie se queda embarazada.


 

5.- Las recetas de mi abuela

Echo de menos a mi abuela Mercedes en su casa de Hansel y Gretel a las afueras de Lozoyuela, el aroma que me envolvía cada mañana cuando estaba en la cocina preparando su bacalao, famoso en toda la comarca, desde mi pueblo hasta los confines de Garganta de los Montes. Al pil pil, con tomate, a la brasa, dorado, frito, rebozado. No había modalidad que se le resistiera.
Echo de menos el ruido del arroyo Recombo pasando al lado de la casa de mi abuela. Su cauce, casi seco en verano, adquiría vida propia al comienzo del invierno con las primeras nevadas.
Bajábamos todos a la ribera del arroyo, bien abrigados, con un tazón de leche bien endulzado con miel de brezo y mi abuela lo pasaba fatal pensando que alguno de nosotros sería arrastrado por la corriente.
En este momento de mi vida, sobrepasados los 40 años, Lozoyuela se me presenta pura, llena de aromas, de sabores y sinsabores, aderezada por el bacalao de mi abuela y las tardes enteras en casa viendo llover.
Es ahora, desde la distancia, cuando más siento que el terruño me pertenece y que soy así gracias a él. Suelo volver al pueblo cada tres meses para ver a mis padres y recordar juntos los viejos tiempos.
Nunca me pierdo la fiesta de San Nicolás de Bari, que se celebra a principios de diciembre. Desde mis tiempos de estudiante, colaboro en la organización de diversas actividades, en especial teatrales, ya que me dedico al mundo de la escena.
Me llaman “el bala perdida” porque a los 20 años me fui a vivir a Noruega y fui enlazando varios destinos alrededor del mundo, siempre enseñando dramaturgia y dando talleres de teatro.
Dos de mis obras más populares tienen como protagonista a Lozoyuela y el bacalao de mi abuela. En una de ellas, obligué a mis actores a comer bacalao en escena, algo impensable en las teatros de Estados Unidos, donde se representó la pieza, porque está prohibido ingerir cualquier tipo de alimento real durante las funciones. Pero lo conseguí. Nunca olvidaré la imagen de los espectadores y la mía propia, sentado en el patio de butacas con un regusto en la garganta a la comida de mi abuela a más de seis mil kilómetros de distancia. Fue mi particular homenaje a la belleza sencilla de mi pueblo y la belleza interior de mi abuela.
Creo que este año, cuando vuelva a casa de mis padres a principios de diciembre para disfrutar de San Nicolás de Bari y de las vacaciones de Navidad, no volveré al extranjero. Me quedaré en el pueblo. Mi madre no lo sabe porque se volvería loca. Aunque le encantaría tenerme a su lado, las madres suelen obsesionarse con la seguridad de un buen trabajo. Con mi padre hablaré en persona para que allane el terreno. Tengo la sensación de que he desaprovechado muchos años viajando por todo el mundo. He conocido a gente interesante, vivido experiencias extraídas del mejor cuento de los Hermanos Grimm y acumulado historias para mis composiciones teatrales, pero quizá he descuidado mi propia historia personal.
Pienso que es el momento de volver a casa y empezar a escribir mi obra de teatro personal. La situaré en Lozoyuela y el personaje principal será una señora mayor, lozana y alegre, con un delantal de colorines y unas zapatillas verdes de estar por casa.
Sus mofletes serán pomposos y rosados y deleitará a todo el pueblo con un buen bacalao a la brasa. Mi abuela contará con varios personajes secundarios. Mi madre será el ama de llaves de la casa, situada a las afueras de Lozoyuela, mi padre encarnará el rol de mayordomo y mi hermano Enrique será el panadero porque le gustan muchos los dulces.
La estrenaré el día de Reyes en el Ayuntamiento y acudirá todo el municipio. Yo me sentaré en primera fila y veré la función. Será la más importante de mi vida porque significará el reencuentro con mi pueblo.
¿Hay algo más mágico que volver a ser uno mismo?

Seudónimo: Montagut


 

6.- CÓMO LO SABEN LAS MOSCAS

Antes de que llegara él, antes de que le despachara el pollo, antes siquiera de que pensara en comprarlo y entrara, ya las moscas lo sabían…Igual que lo saben en la Plaza de toros, cuando los mulilleros están tranquilos, saboreando un café, en el bar "Manolito".
Solo el día era tan inconsciente como ella, que paseaba tranquila, sin presentir la muerte. La calle lucía festiva, porque el sol la engalanaba y todo parecía una postal de los años 60 .Pero solo fue entrar en el asador de pollo, ya sintió que la muerte estaba dentro.
Un escalofrío arreció en su espalda, presagio de fatalidad, cien veces anunciada. Se sobrepuso, porque la vida le había enseñado que si al miedo no le echas cara, te come por entero.
Así que se contentó con decirle al dueño del asador;
-¡Qué calor hace!-a modo de improvisado saludo. El hombre no la había visto antes, pero ya nunca se le pudo olvidar su cara. La llevará por siempre pegada al recuerdo.
-¿Qué va a ser?-le preguntó quedo.
Y ella se lo dijo:
-Media docena de puñaladas que no podrás evitar, por mucho que lo intentes. Porque ya está en la puerta el matarife, entrando loco de celos, y lleva un cuchillo de muerte colgando de los dedos, empuñado con fuerza.
-¿Qué haces aquí?... Que no puedes-le grita ella, cuando lo ve, pensando en la orden de alejamiento. Se silencia el pollero, sorprendido y asustado, sin saber de las intenciones del tipo, porque ni en casa de su madre, ni en la suya, jamás se ha hablado mal a las mujeres, ni menos aún, se las ha empujado, ni se las ha agredido.
-¡Quillo, quieto!-se atreve a decirle, no pensando que la cosa vaya a más y que solo sea una discusión más de pareja, de las muchas que ha visto en los veinte años que el negocio lleva abierto. Pero ella sí lo sabe, porque lo soñó muchas veces mientras él la amenazaba. Los soñaban sus hijos, desde que lo vieron partirle la cara un mal día antes de ir al colegio. Lo sabe la mayor que mira a los hombres con asco porque piensa que todos son como él y lo sabe su madre que sorbe lagrimas diciéndole,”¡¡¡ hija cuidado, por Dios ten cuidado!!!”. Supo que un día se haría realidad esa pesadilla y huyó de su lado, pensando que todo acababa así, denunciándolo, cuando solo había comenzado. Y las denuncias la llevaron a juicio y aunque la ayudaron, otros miraron para otro lado y hubo hasta algunos que se pusieron de parte de él, diciendo que lo mejor que hubiera hecho era “partirle la crisma en dos para hacerle ver quien llevaba los pantalones”.
Se lo supo al cuello, cuando tuvieron que irse de su casa para protegerse de él, cuando se convirtieron en prófugos de su propia vida y la pequeña sollozaba a la entrada del colegio mirando para todas partes y ella compraba maquillaje en los chinos que no conseguía tapar los golpes, las ojeras y el miedo. Ya nada conseguía frenar el miedo, porque estaba matándola poco a poco en la agonía de seguirla, cortándole con saña, las alas y los sueños de vivir sin él.
No fueron sus puñaladas de hiena al acecho, las que la mataron, sino la necedad de él, las malas artes, su odio y su incapacidad para saber dar amor. La mató poco a poco, diciéndole que la quería, como un asno dando coces y rebuznando sandeces sin sentido, mientras ella paría sangre libre por el suelo de la pollería. El dueño de asador cuando la ve recibir el primer estoque de castigo, se lanza desde el mostrador, como un torero para ayudarla, acorralándolo y cegándole la fuga, porque el muy cobarde, aún quiere huir de su fechoría con la cara lívida y la mirada perdida.
Mientras ella lucha contra la muerte, ve a las moscas zumbando a su lado, las sabe presentes en un festín de sangre, al que fueron invitadas, al igual que en la plaza, para ver morir a una inocente que solo quería volar a ras del mar, libre como el levante que asola las plazas y barrunta marinero .
Fuera oye voces de vecinos indignados, siente pasos apresurados, mientras su sangre tiñe el suelo de rojo, y las moscas- inmisericordes-se arremolinan a su alrededor. Se va desgajando de su cuerpo, liviana como todo lo etéreo, el oído le zumba y siente antes de perder el conocimiento la sirena de una ambulancia, que llora por las calles aledañas su lamento.
-Daros prisa-les dice el pollero, tocándole con suavidad el cuello- que aún la siento.


 

   7.- EL DESASOSIEGO DE LA SOLEDAD


         Si Arquímedes pedía un punto de apoyo para poder mover el mundo.  Ramón pedía otro a la administración que le permitiese parar el éxodo de paisanos de su pueblo. Pero, su petición no fue escuchada durante años y un día, se fueron todos. Cargaron las furgonetas y los coches llevándose cuanto les fue posible. Apesadumbrados, avergonzados por la rendición y la huida, cargaron fardos con ropas, o con toda clase de avíos y antiguallas familiares, los marcos con las fotografías y los santos de papel, las medallas y los estandartes de las cofradías, los vestidos típicos de encaje, el reloj de péndola, los documentos de propiedad, unas propiedades que nadie quería y se abandonaban y, las pocas alhajas que no se tuvieron que empeñar.
         No quedó nadie en el pueblo salvo Ramón. Desde el cerro de San Cristóbal contempló la polvareda que levantaron los últimos vecinos, nube de polvo que, por falta de viento, estuvo en el ambiente todo el día. Ramón aguantó en el picacho del cerro, venga a mirar, por si alguno de los vecinos deshacía el camino. Fueron muchas horas de inútil espera mirando por entre la mugre de polvo. No regresó ninguno.
         Llevaban doce meses de larga sequía. La luz era cada vez más enconada. Una pared de yeso, de resultas de la calima, cegaba los horizontes. Por el pago de San Isidro, campo de labranza aceptable, rebotaba el sol hasta el cuece, en borbotones de lava. Los cardos borriqueros del año anterior se quebraban a media asta y al roce con el suelo ardían en llamas. El último gorrión revoloteó dos meses atrás, desquiciado, sin tino, ofuscado por el sol blanco y el viento arenoso de la sequía. Los vecinos pidieron ayuda, las peticiones quedaron escritas para que en el futuro no hubiera vacilaciones, excusas. Les escucharon pero, no los hicieron caso, ante las peticiones los responsables bajaron la cabeza como si estuvieran en un confesionario, hicieron igual que quien admite un pecado que la penitencia no puede redimir.
         De la noche a la mañana, Ramón se dio cuenta que su presencia solitaria en el pueblo levantaría sospechas de locura pero, la vida está hecha de quehaceres, mucho más cuando eres la única persona para resolver problemas. A la fuente le da un día por romperse y hay que cavar y reparar la fuga, hay que cambiar una bombilla, la maleza quiere inundar las calles; ahoga el cementerio…
         Por las noches, después de observar el cielo estrellado y notar el vértigo de lo infinito, paseaba mirando a las ventanas de las casas, a sus puertas cerradas y le era fácil caer en la ilusión de que escuchaba el saludo de sus antiguos moradores. Vidas que estaban allí porque allí transcurrieron, y es que el pasado no es un montón de ropa que pueda meterse en una maleta e irse a otra parte con ella. Las vidas de sus antiguos pobladores se habían quedado prendidas allí.
         Una noche que escuchó ruidos en la iglesia, tras comprobar que habían sido provocados por unos búhos que se habían metido de okupas allí, le dio por mirar los libros parroquiales de la iglesia. Fue pasando las hojas, recordando nombres olvidados hasta donde alcanzó su memoria. Las velas hacían bailar las sombras mientras Ramón pasaba los dedos por las hileras de difuntos. Qué memoria la de los libros, se acuerdan de todos, de todo. Cuanta gente ha habido en el pueblo, -se dijo-, seremos muchos los que nos encontremos aquí el día del juicio final…  Salió de la sacristía, de repente no estaba bien allí adentro, con tanto calor hasta los huesos de madera de los santos se resienten y se abren. Algo así está ocurriendo en el pueblo que,  poco a poco, va convirtiéndose en ruina que avanza; abre la boca hoy y se traga una casa; mañana se desploma un cobertizo; pasado un ruido en la noche nos advierte de quejidos de viga para luego asistir al derrumbe de paredones de piedra. En esas ocasiones, Ramón se asoma a los montones de escombros, a la nada; los mira en silencio, piensa en quienes vivieron allí… y se da cuenta de que el tiempo y el abandono, algún día también vendrán a por él para hacerle nada, salimos de la nada y volvemos a la nada.
      Ramón, a esta hora de la tarde, cuando las sombras se alargan sobre las calles de tierra, sabe que lleva en soledad varias cruces encima: la ausencia de esposa, de hijos, de hermanos y de las amistades que se fueron lejos. Estos minutos lánguidos y tristes, los dedica a rememorar a sus vecinos, a su pueblo… Pueblo al que dejaron naufragar en un mar de tierra, y que fue tragado por los monstruos que habitan en los abismos.


8.- El euro filosofal

            Quería empezar con buen pie. Sería un verdadero vagabundo. Se puso el chándal de deporte, las zapatillas a juego y la cazadora deslavada. El desayuno se lo saltó: tenía el frigo vacío; quince días sin electricidad; del alquiler y el teléfono, para qué hablar. Con los dientes apretados, salió dando un portazo. Había cruzado la frontera entre la miseria y el asfalto. Tres euros con cuarenta en el bolsillo.
Primer contenedor, medio botellín de cerveza, una gorra en buen uso; dos tragos al coleto, su visera bien calada. Se sintió pobre de fundamento. Con el corazón alegre, abandonó el barrio al compás del Puente sobre el Río Kwai.
Al topar con tres contenedores en serie, se acercó al primero, levantó con disimulo la tapadera mirando al tendido; sólo una anciana presidía, distraída, desde su balcón de un quinto piso. Examinó el contenido con ojo crítico: bolsas de plástico, botellas surtidas, un osito de peluche tuerto y desorejado, unas bragas deshabitadas y otros objetos de espinosa filiación. Estirando los músculos con elegancia, atrapó la botella menos sucia, que contenía tres dedos de leche desnatada Pascual. En ese momento el sol brillaba más que nunca. Se bebió la leche a sorbitos y tomó un café largo en el bar de la esquina; ya se mezclaría con la leche. Qué gran invento la cafeína, aquello era vida. Se dijo: “ésta es mi patria”. Salió a dar un meneo a los dos depósitos pendientes. Un colega harapiento hurgaba ya en ellos con aire de experto. Y él, claro, encajó el golpe con dignidad. Adónde iríamos a parar en la sociedad si el ciudadano no respetase el orden de llegada; si, por ejemplo, fuera incapaz de hacer cola con paciencia y mesura ante la oficina del INEM. Dios sabe. Pero una cosa sí es cierta: el que llega primero está antes que los demás.
A mediodía hizo inventario. Entre otros bienes menores, su nuevo patrimonio comprendía un macuto azul celeste, un gersey casi entero, unas botas utilizables, cuatro rebanadas de pan integral sin corteza y dos botes de cerveza no agotados.
Pardeaba la tarde cuando pasó junto a un pequeño contenedor nuevecito, como de diseño. Al alzar la tapa, vio un envoltorio que le intrigó. Contenía papeles rotos, cartas, boletos de bonoloto y décimos de lotería, que estarían caducados. Por si acaso, los guardó para cotejarlos en la primera oficina. Una de las papeletas no sólo no estaba caducada, sino que además estaba premiada con un gordo gordísimo. Primero pensó que la vida era maravillosa. Luego, mientras paseaba, se iba diciendo: “¿cómo voy a afrontar a los buitres de los bancos, a los parientes (cercanos y lejanos), que tan buen olfato tienen en estos casos, a los acreedores de toda clase; en qué voy a gastar semejante dineral; y sobre todo, flamante mendigo, dónde está el límite de tu grandeza; cómo vencerás la nostalgia que depara la libertad del asfalto?”. Echó una última ojeada al boleto, lo hizo trizas y lo tiró a una papelera.
            Han pasado veinte años fecundos y jubilosos. Ha fundado la primera Academia Nacional de Vagabundos, que se financia con las aportaciones de sus numerosos alumnos y constituye uno de los más sólidos pilares del Fondo Monetario Internacional. Pero como nunca llueve a gusto de todos, la banca no lo ve con buenos ojos, pues los clientes van cerrando sus cuentas a medida que ingresan en la Academia. ***********  


9.- Una argentina en París


El catamarán fluía lentamente con la corriente del Sena. Eran aguas mansas, suaves, sin oleaje que pudiera molestar a los turistas. Las únicas ocasiones en las que se sacudía levemente la embarcación eran con el pasar cercano de alguna lancha o velero. Julia no prestaba atención a los paisajes, ni a los hermosos puentes sobre el río. Incluso se dio el lujo de ignorar el bello templo Petite Chapelle situado en medio de una isla.

Al salir del café había emprendido una larga caminata por la vera del río Sena, mientras observaba distraídamente los muelles, y los quai. Sin siquiera proponérselo terminó subida a la excursión junto con decenas de turistas y sus insaciables cámaras fotográficas, y celulares con bastones de selfies.

No podía quitárselo de la cabeza, a pesar de todo seguía amándolo. Intentó recordar las palabras de su analista, el Lic. Zamudio.  Él le decía que debía pensar en lo que era conveniente para su futuro, su bienestar, hacer valer su inteligencia, su fortaleza espiritual, pero nada de eso parecía ser útil en ese momento. No podía recordar su felicidad sin sentir dolor y, sin embargo, insistía en provocarse ese dolor, sin importarle el daño que se causaba.

Cada noche se decía que debía tomar el teléfono y llamarlo, y cada noche resistía la tentación. Pero en ese momento era la versión más débil de sí misma, y no pudo evitarlo. Tomó el celular y marcó su número, más vale sacar de encima la ansiedad antes que dejarla dominar su mente, pensó. Prefería hablar con él aunque doliera, a que la incertidumbre continuara devorándola. Sonó varias veces hasta que atendieron. 

-Hola ¿Quién es? ¡Hola!- Era Ricardo, pero parecía adormecido. En ese momento Julia por primera vez cayó en cuenta de la diferencia horaria. Era domingo, y en Argentina eran aproximadamente las diez de la mañana. Seguramente estaría durmiendo. Pobre… a Ricardo le gustaba levantarse tarde cuando no trabajaba.  –¡Hola, hola!-

Estaba a punto de hablar, decirle que era ella, Julia, el amor de su vida. Que estaba pensando en volver, que lo extrañaba. Quería decirle que ya no le importaba nada siempre y cuando la amara, que había llorado por él tantas noches de soledad, que la cama le resultaba gigante sin él a su lado, que quería ser penetrada de vuelta con su pasión, quería poder decirle tantas cosas que tardó en ordenar sus pensamientos para poder emitir siquiera sonido.

– ¿Quién es, amor? Corta y vení a la cama.- Julia pudo oír la voz femenina del otro lado de la línea. Lo llamaba a la cama, habían pasado la noche juntos.

-¡Oiga si no piensa hablar no siga molestando!-  y Ricardo colgó. Se quedó dura, petrificada con el teléfono junto a su oreja, aunque la torturaran no podría decir por cuanto tiempo. No hubiera sabido qué decir, si alguien le hubiera preguntado si se encontraba bien, si le había bajado la presión, si se había desmayado, ella no hubiera podido emitir palabra.

Apenas podía respirar. Esa relación que se asemejaba al martirio religioso de la flagelación, ella la creía como un medio para alcanzar el paraíso del amor. Pero aparentemente no era para él algo tan difícil de superar. Ella aún lo sentía, lo sufría, lo amaba con su piel lacerada. Recordaba las escenas de violencia y placer, las palabras sucias, los insultos, que junto a las cachetadas en sus nalgas la hacían estremecer. Le era imposible hacer que esas imágenes se desvanecieran, y ni bien aparecían, una generaba otra, reviviendo los más pequeños, los más íntimos detalles de su vida sexual juntos.

Deslizó su mano derecha por debajo de la ropa de invierno, y clavó las uñas sobre su propio costado. Las hincó hasta que se doblaron y su cuerpo sangró, se excitaba, se emocionaba, temblaba mientras un escalofrío de placer le recorría la espalda. Después del dolor las imágenes empezaron a desfilar por su cabeza. Arañó sus costillas rasgando la piel, dejando un zarpazo a su paso. Cerró los ojos y recostó su cabeza contra el respaldo, temía comenzar gemir y que los demás pasajeros la observaran. No le importó. Su mano izquierda se aflojó y el celular cayó al suelo. La otra seguía marcando la piel, luego subió hasta sus senos y pellizcó los pezones violentamente. Se desvaneció de placer.

Cuando abrió los ojos el tour había terminado. Era de noche, y se detuvo a observar el Sena. Su atención se detuvo en el agua, las embarcaciones y las luces reflejadas. Fue la mejor despedida. Buscó su celular en el suelo, y bajó del catamarán. Vio en un cartel que estaba en Pont Neuf, no sabía dónde era eso. Detuvo un taxi y fue directo al hotel.


 

10.- CON ELLA A RASTRAS


 La arrastraba, apenas podía con ella.
—¡Vamos, hija puta, despierta! Estoy hasta los cojones de llevarte a rastras. Como llegue tarde, me voy a cagar en tus putos muertos —voceaba yo, muy nervioso por la prisa que llevaba, mientras cogía la calle la Dolorosa en dirección al Gólgota.
Me lié a darle puñetazos a la pobrecita. Puñetazos que deberían dolerme tanto a mí como a ella, porque yo la quería. Pero en ese estado, yo desesperado y ella dormida, los puñetazos no nos dolían ni a mí ni a ella.
—¡Vamos, leches, vamos! —seguí gritando.
La gente me miraba como a un loco.
—En vez de tanto mirar, por qué no me ayudáis, hijos de puta, ¿no veis que no puedo con la carga? —grité a varios viandantes.
Nadie contestó. La gente permanecía impasible. Tan solo observaba. La mayoría con cara de incrédulos; la minoría, con cara asustadiza, como si yo fuese un loco que fuera a liarme a hostias contra todo lo que se menea.
 A lo lejos, oí a un joven que decía al de al lado: "Pedro, ¿ése no es tu amigo?", y éste respondió: "No, no, no le conozco de nada". Aquel tal Pedro sí que era mi amigo, un amigo de toda la vida, que ahora se avergonzaba de mí. "No, no, no le conozco de nada", había contestado. Le preguntaron una vez, y él me negó tres veces. ¡Qué hijo de puta! ¡Qué cobarde! Ten amigos para esto.
Tropecé con una baldosa que estaba un poco levantada, y caí al suelo de bruces. Tuve que soportar algunas carcajadas del personal que me observaba. Conseguí levantarme con gran esfuerzo.
—Despierta, ahora no puedes fallarme, despierta —gritaba yo, mientras tiraba de ella.
Acaricié su piel, masajeándola suavemente. Iba despertándose lentamente, y su despertar era doloroso para ella y para mí.
—Marcos, ven mira. Esto es un esperpento —dijo un joven que asomaba por una ventana
—Leches, Isaías, pues sí, vaya espectáculo —contestó el tal Marcos tras asomarse también a la ventana—. Pobre hombre, está muy agobiado. Vocea, pero nadie le hace caso. Es la voz que grita en el desierto.
—¡Ánimo, que podemos llegar a tiempo! —grité.
Volví a caerme a la altura del número 66. Esta vez no tropecé. Era el cansancio. De nuevo carcajadas. Me levanté con esfuerzo titánico.
A unos doscientos metros del Gólgota una mujer de tez morena se me acercó.
—Estás sudando a chorros. Retuerces tu rostro del sufrimiento que llevas contigo. ¿Quieres agua? —me dijo la mujer.
—Sí, sí, por favor.
La mujer me dio agua, y limpió el sudor de mi rostro con su pañuelo.
—¿Adónde vas? —me preguntó.
—Me juego mi puesto de trabajo —contesté—. Llevo en paro cuatro años, y me han dado trabajo de camarero en el bar El Gólgota. Es mi primer día de trabajo y no puedo llegar tarde. Me despedirían antes de empezar. No es un trabajo como para tirar cohetes. Trabajaré doce horas al día, descansaré una tarde a la semana, y quince días de vacaciones al año. Con ochocientos euros me despachan. No debí aceptar este trabajo por una cuestión de dignidad. Pero no tengo otra alternativa si no quiero seguir pasando hambre. Es mi destino, y no puedo cambiarlo, no está en mis manos hacerlo ¿Y tú quién eres?
—Vivo aquí al lado. Curro como empleada de hogar más horas de las que vas a trabajar tú, y el parné que me pagan no me llega para dar de jalar a mis seis churumbeles.
—Lo siento por ti y por mí. Así es la vida, ¡que lo vamos a hacer! No me has dicho cómo te llamas —le dije a aquella mujer.
—Me llamo Verónica. Creo que la vida no es así. Lo que ocurre es que tú y yo tenemos mal fario, amigo, mal fario. Pero esta menda siempre tira "pa lante".
—Leches, Verónica. Es que seis hijos son muchos hijos para estos tiempos. ¿Y tu pareja no trabaja? ¿O no tienes pareja?
—Mi hombre trabaja lo indecible, es vendedor ambulante. Debe ser muy pesado llevarla a rastras, ¿te ayudo? —preguntó.
—Ya no es necesario, me falta poco para llegar. Muchas gracias por todo, Verónica, eres una buena persona. Tendré en cuenta de por vida el gran favor
que me has hecho. Ahora he de seguir si quiero llegar a tiempo.
 Proseguí con nuevos ánimos mi camino, aunque me duraron poco. A la altura del número 99 caí por tercera vez. El suplicio era insufrible. A duras penas podía levantarme, pero me enderecé una vez más.
A unos veinte metros del Gólgota, mi pierna se despertó del todo. Crucé, erguido, el umbral de su puerta dispuesto a afrontar mi destino.

 


11.- LA CASA FAMILIAR

 

El gesto de abrir la puerta de la casa del pueblo es para mí un cúmulo de sensaciones, en su mayoría buenas, y aunque el tiempo pase siempre habrá vivencias que no se olvidan y ciertas cosas materiales que nos recuerdan a esas personas queridas que ya no están con nosotros.
Con el paso de los años cada uno de nosotros ha formado su propia familia, hemos seguido con nuestra vida fuera de esas cuatro paredes, pero seguimos viniendo al pueblo, algunos menos que otros,  pero volvemos siempre que podemos.
Porque al fin y al cabo cada uno de nosotros ha dejado de una forma u otra su huella: Una vajilla que alguien trajo, ese mueble que tanta falta hacía, aquella planta que ahora observamos en silencio como crece año a año, y que ninguno recordamos quién la puso ahí, (seguro que fue uno de los nietos) o ese arreglo indispensable que fue hecho con torpeza y un poco de cemento.
 El lugar de reuniones oficial cuando hace buen tiempo, es el patio, a la sombra de la parra, y allí mis hermanas  Clara, Amelia y nuestra prima María, que ha venido a pasar el fin de semana con nosotras, nos hemos sentado a charlar, comiendo pipas y  tomando unas cervezas.
— ¡Qué ilusión me hace volver a esta casa! —dice María, —no venía desde que murió el abuelo Emiliano, la veo  cambiada, pero muchas cosas siguen como antes.
— ¡Más de cien años tiene ya! —apunta Clara, —nuestros padres algo reformaron cuando se la compraron a sus hermanos, cambiaron muebles y hemos seguido haciendo arreglos desde entonces, pero algo queda, supongo.
— Si mujer, la estructura, las paredes de adobe y aún quedan cosas de aquella época, de cuando venías de pequeña —le dice Amelia.
— Sigue siendo una casa con alegría —comenta mi hermana Clara, nos seguimos reuniendo la familia como hacían tus padres y sus hermanos. Recuerdo los “Camuches” de paja que nos preparaba la abuela Joaquina en el suelo, porque ya no había más camas para dormir.
— ¡Ay, ya me acuerdo! —dice riendo Amelia —¡Anda que no lo pasábamos bien allí!, era como un albergue dentro de la propia casa, como si viviéramos una aventura.
— Es que en verano se llenaba de hijos y de nietos, —susurra Clara, —me acuerdo del trillo donde el abuelo nos subía en agosto a los nietos, nos llenábamos de polvo de paja y nos picaba luego todo el cuerpo, pero no importaba, lo pasábamos tan bien en la era...y esas merendolas en el Pinar o  los baños en el río con toda la cuadrilla.                
Sonreímos las cuatro como tontas, por un momento solo se oía el crujir de las cáscaras de pipas.
—Echo de menos el carro de madera, y el burro, que tenían para la labranza, nos subíamos todos los nietos,  y el abuelo nos paseaba por la trasera, como si fuéramos de romería, ¡Que buenos recuerdos tenemos de los abuelos! —dice María sonriendo.
—Tuvimos la suerte de poder disfrutar de ellos, —le digo —Pasábamos con ellos en el pueblo las vacaciones escolares. Eran sencillos, cariñosos y muy trabajadores.
—¡Y tanto! exclama Clara —Aparte de atender el campo eran panaderos, nuestra madre siempre nos ha dicho que nunca pasaron hambre, ni en la posguerra. Si tenías harina podías hacer trueques y lo más básico estaba cubierto. Y seguimos llamando “el horno” a la habitación donde hacían el pan.
—¿Al comedor? —pregunta María señalando la puerta.
—¡Sí! ¡Que sé yo!, se quedó con ese nombre, por costumbre, —le contesto, —y ahí hacemos todas las comidas familiares, asamos chuletas en la chimenea y jugamos a las cartas en la sobremesa. Cuando vivía nuestro padre todos veníamos en Junio a celebrar su cumpleaños, era la excusa para vernos y él disfrutaba con todos los hijos y nietos alrededor de la mesa, como se hacía años atrás, —dije con nostalgia. Y en verano dábamos largos paseos por los campos y él nos hablaba durante todo el recorrido de tiempos pasados, de gentes del pueblo...
—Nos indicaba los nombres de las lomas y los páramos —añade Amelia, —y sabía cómo se llamaban todos los pinares y plantas que nos encontrábamos,—dice  con un suspiro.
De repente hay un silencio y cada una mira en una dirección buscando algo en su memoria. María cierra la bolsa de pipas, se levanta y se sacude el pantalón.
—Primas, creo que nos estamos poniendo sentimentales y los chicos están tardando mucho en volver. —No te preocupes  —dice Amelia haciendo el esfuerzo de levantarse, en Quintanilla no se pierde nadie. Han dicho que iban a ver la Senda del Duero y si llegan hasta la Isla es un buen paseo. ¡Eso si que está cambiado! ¿Te acuerdas de la playa de la Barca, donde nos bañábamos de niñas? Pues lo han dejado muy bien. ¡Mañana te llevamos a verlo!
Entre planes para el día siguiente cae la tarde, recogemos las sillas y salimos por la trasera hacia la ermita, a esperar a los chicos. No somos conscientes, pero empieza a atardecer mientras subimos y desde allí arriba disfrutamos de la vista del pueblo, y ese increíble cielo cobrizo nos  llena de nostalgia.


 

12.- EL NIÑO Y EL COLEGIO

           Al sonar el timbre, los niños comenzaron a avanzar con paso de oruga, en formación militar. Uno de ellos, en cambio, salió de la fila. La brisa sacudía las hojas de los árboles y le daba invisibles lametones en el pelo. Comenzó a saltar desde la rampa al patio y del patio a la rampa, ignorando la llamada de la maestra.
            En el interior del aula, la maestra le condujo a un rincón y le dejó pensando. El niño gimoteó un poco y pensó, sí. Lo hizo. Recordó la voz de su madre al despertarse, dándole los buenos días y su gato saltando sobre la cama. La leche y las galletas, también el zumo de naranja, amargo y ácido que ahora le obligaba a beber. Pensó en el beso de su padre al despedirse, con la consigna del día: pórtate bien y obedece. Hasta que la maestra volvió a sacarlo del rincón, interrumpiendo sus cavilaciones. ¿Has pensado en lo que has hecho? El niño asintió con la cabeza, porque ya sabía mentir y se dirigió a su mesa.
            Un compañero le dio una patada por debajo y otro le quitó de la mano el color marrón con el que se disponía a colorear la hoja de otoño que tenía enfrente, una hoja blanca, vacía, con el contorno negro. Una prisión para los colores que el esparcía con sus manos todavía descoordinadas. Quiso llorar y arrugó el labio inferior para expresar su disconformidad, pero nadie parecía percatarse. Así que se inclinó sobre la mesa y arrebató el color marrón a su compañero, a modo de primitiva justicia bíblica. La maestra detectó la maniobra y le obligó a volver al rincón.
           El niño miró la oscura esquina de ladrillo. Pensó en su cajón lleno de coches de policía, también en la apisonadora y la pala retroexcavadora. No entendía por qué no podía llevarse al colegio sus coches, así que metió la mano en su bolsillo y sintió el tacto metálico de uno de ellos, escondido u olvidado, lo mismo da. Un camión verde para cargar la arena. Lo sacó con cautela y lo hizo rodar por la pared. El viaje duró poco, porque fue requisado por la maestra.
           Ahora el niño estaba solo en un pequeño despacho. Era la hora de religión y mientras el resto de sus compañeros recibían la instrucción que les conducía por el camino recto, el niño, descristianado por voluntad paterna, ardía en el infierno del ostracismo. Un severo maestro, masticando un bocadillo, abría la puerta de vez en cuando y le inspeccionaba de arriba abajo, para cerciorarse de que seguía vivo. Poco más aprendió el niño durante aquella hora. Deseaba que empezara la clase y volver al rincón para pensar. No en su infancia reconducida, sometida a presidio, si no en el pelo suave de su madre, que le rozaba las mejillas al besarle y la galleta que escondía debajo de la almohada.
            Precisamente al tocar el timbre, la maestra abordó a la madre. El niño no hace caso. El niño no come. El niño se aguanta el pis y se lo acaba haciendo encima. El niño no aguarda en la fila y se pelea con sus compañeros. La madre, abrumada, sentía cada frase como un martillazo y miraba a su retoño, arduamente concebido, criado con todo el amor incondicional que ella podía darle, arrastrando su camión sobre la arena, ajeno a todo. Bueno, no del todo. El niño digería aquellas miradas de desaprobación, las órdenes que caían sobre su cabeza, la celda que los mayores llamaban “aula”, donde las normas debían acatarse para no sufrir tormento. Se encolerizaba. Lloraba por las noches. Se volvía retraído y tímido. La madre lo condujo a casa de la mano, pero el tacto era frío y su cuerpo, suave y blando, donde al niño le gustaba arrebujarse, estaba tenso como si fuera de madera. El niño entonces cerró los ojos y vio a su maestra, riendo y abriendo a la boca y su lengua desenrollándose y atrapando su cuerpo, rodeándolo como una boa y engulléndolo por fin.


13.- Entre sueños mojados

Déjame dormir, déjame flotar…
-Laura Restrepo

 

           Abro los ojos, me levanto de la cama y trato de ir al baño. Estoy bien apurada. ¿Llegaré? Se me dificulta levantar las piernas. Veo unas rollizas serpientes rodeando mis piernas. ¡Con razón! Tengo los tobillos amarrados rígidamente con unas obesas sogas que se sumergen por el piso y cruzan el océano Pacífico. Siento cómo me halan desde el otro lado. ¡Ya los veo! ¡Ineptos navegantes! Están utilizando todas sus fuerzas para tratar de remolcarme. Tiran de las sogas tratando de anclar la embarcación. El mar está turbio, el barco está desbordándose con la pesca del día: corvinas, langostas y cangrejos. Las sogas se van a despedazar. Los hombres siguen halando una y otra vez. Se les brotan las venas del cuello, pujan y pujan. ¡Suéltenme ya! La presión que sentía en la piernas regresa a mi vejiga. Debo cruzar el pasillo, son solo algunos pasos hasta llegar al baño.
           Trato de moverme. Todo lo que está a mi alrededor me repele. Empujo el cuerpo hacia el lado y la cama me rechaza. Me impulso hacia atrás y la mesa de noche me esquiva. Si me dejo ir hacia el frente el gavetero evita que me acerque. Una fuerza mayor me domina. El mobiliario de mi cuarto me elude. No tengo control de mí misma; cada fragmento de mi esencia hace lo que le place. Mejor me acuesto. Mi cerebro se rinde torcido en este nido de pensamientos.
           Se moja mi frente. Abro los ojos. Las gotas del techo me caen sobre la cara. Debo levantarme antes de que se moje algo más. Quiero pararme: mi cerebro lo ordena. El cuerpo no reacciona. No puedo ni moverme. Cierro y abro los ojos; es el único reflejo que responde a mis mandatos. Aquí estoy en mi cuarto, lo sé. Siempre he estado aquí. ¿Qué pasa? Ahora me elevo. Desde arriba observo mi cuerpo postrado en la cama. Duermo. ¿Duermo?
           Me siento liviana, más bien hueca. Me traslado entre las partículas de polvo que se han acumulado en el ambiente. Los pies no tocan el piso. Los brazos fluyen caprichosamente entre los ínfimos rayos de luz que invaden la penumbra. Floto, suelto y me dejo ir. Soy libre. Paso por alto descubrir lo que sucede, sólo sé que se siente divino.
           Atravieso el pasillo y ¡no me detuve en el baño! Debe ser que me siento ligera, no lo puedo explicar. Estoy en la cocina. Por un momento pienso que podría comerme unas galletas de chocolate con un vaso de leche, pero mejor continúo mi paseo. No quiero que un antojo frustre este liviano recorrido. La puerta está cerrada. Aún así, salgo a la calle. Quiero llegar al mar. Sólo tengo que pasar dos cuadras y allí estará ese anhelado charco que me acompaña hasta en los sueños.
           Ya está amaneciendo. Por fin llego a la playa. Mi playa. No logro que la arena me envuelva los pies. Siento que el océano me llama, me invita a seducirlo, a penetrar en él. Voy hacia mi amado, que me rodea de algas y corales. Me acerco y bailo a su ritmo.            Sumergida en este mundo, donde cada movimiento se desborda de paciencia y sutileza, fijo mi vista en los abanicos violeta, que se contonean al sentir la barracuda pasar. Las flautas abren y cierran cuando se acerca receloso el pez ángel. Más adelante, el plateado pez se queda inmóvil esperando a su presa angelical. Confundida entre la arena y las piedras, la picúa abre sigilosamente la boca y se traga al apuesto pececito de escamas doradas. Continúo nadando entre las imágenes que flotan en mi mente. De repente, y para mi sorpresa, percibo una corriente tibia entre las piernas.
           Abro los ojos, me levanto de la cama y descubro una sombra húmeda sobre las sábanas.


14.- La buena pesca


Unos fuertes golpes, le despertaron, dio un brinco y abrió la puerta:
-¿Qué queréis a estas horas¿
_.Sal, acompáñanos  ._esperad que me vista, ¿no?, no  querréis que salga en bolas,
_No hace falta, no vas a necesitar la ropa, ¡No pierdas tiempo!
Con los brazos y pies sujetos, por las zarpas, de aquellos gorilas de mar, que lo balanceaban mientras contaban, ¡A la una, a las dos, y… allá va!
 Se encontró volando, hacía el mar, lo ultimo que pudo ver y oír,  antes de caer,  fueron las risas, de aquellos bárbaros, y los ojos del extranjero, que miraba atónito, sin dar crédito a lo que veía.
La noche anterior, se corrieron una gran juerga, para celebrar, la generosidad del mar en sus redes. Comieron y bebieron, hasta muy tarde, acompañados por el  acordeón de Zelmar, que tocaba tristes melodías de su tierra. Él, era distinto, no tenia la tez morena, ni ojos oscuros, y sus ademanes, nada tenían que ver con el resto de la tripulación.
 A Eibar le gustaba escuchar de su voz, aquellas melancólicas canciones desconocidas. Todos, bebieron en exceso. Cada vez que levantaba la cabeza, tropezaba con la insistente mirada del muchacho, que parecía, dedicarle sus melódicas canciones. No habían cruzado palabra, desde que el barco zarpo de Laredo, Zelmar, se enroló, a falta de algún trabajo mejor, aquí, no necesitaba conocer mucho la lengua, solo entender de arreglar pescado, limpiar fogones y barrer. El marinero cogió dos copas, las lleno de vodka y levanto el brazo, invitando al músico, que no dudo en dejar el acordeón en una silla y acercársele. Mucho, no podían hablar, tampoco lo necesitaban, las miradas les bastaban para entenderse. El olor a alcohol y a humo, invadían la estancia, algunos yacían tumbados en el suelo, impregnados de su propia vomitera, otros apoyados en el barra miraban con muecas burlonas, haciendo suspicaces comentarios ; el ambiente  era casi  irrespirable, Eibar hizo un gesto, que el músico capto, y salieron a cubierta. El aire fresco de  la noche acariciaba sus rostros enrojecidos por el vodka… ¿o era otro el motivo del sofoco? apoyados en el mástil, se miraban a los ojos, la luna era el único testigo de aquella  mágica escena,  olo el tejido mojado de las camisas de algodón, separaba los dos cuerpos, que se exploraban, como quien espera encontrar, algún tesoro oculto bajo la piel.  Intentando disimular se dirigieron al pasillo uno detrás del otro. Eibar, hecho una escudriñada mirada a su alrededor, antes de entrar en su camarote (sabía como se las gastaban sus compañeros) sobre todo Igor (el pata palo) todos sabían su tendencia y el motivo por el que perdió el pie, pero nadie se atrevía a meterse con el, cuando quería reírse un rato, utilizaba su lengua viperina y no le hacía callar nadie.
El camarote no tenía mucha luz, pero podía verse la cama hecha,  y  el chubasquero colgado en una percha, que había detrás de la puerta, un quinqué y el reloj, encima de la mesilla de noche,  y en el suelo, un viejo radio casete, del que sonaba el  “Ne me quite pas” de Bertor Brek. Zelmar fue  esplendido,  en abrazos y caricias, que Eibar devolvía con creces. Fue una explosión de sentimientos, almacenados mucho tiempo, esperando la persona, el momento y el lugar.  Rendidos  llegaron a ver los primeros claros del día, Zelmar, se retiro a la bodega, donde tenía su saco de dormir. Eibar se durmió placidamente.
Allá, se había quedado Arantxa, la novia de toda la vida, fueron al la “ikastola” juntos y siempre congeniaron, los padres de ambos, estaban encantados, tenían planes de futro, y los dos, apellidos de la tierra, por eso no entendieron,  que en lugar de hacer la tesis, decidiese enrolarse en la marina.  Tampoco él pudo explicarlo, pero se ahogaba, y sin agua.Aranxa  fue la única que le animó,! ella si que le entendía!.
Era buen nadador, llevaba chaleco y habían otros pescadores cerca.  sabían que saldría, pero querían darle un buen escarmiento. En está época, las aguas no están muy frías. Después de estar una  hora bregando, con el mar, una pequeña embarcación, le hecho  un salvavidas, quedaron boquiabiertos al verlo con sus encogidos atributos masculinos
._!Pero… hombre de Dios! ¿Que te ha pasado? menos mal que aquí no hay tiburones, anda sube, sube  y  tomate un buen trago de aguardiente, y cuenta, cuéntanos que te ha pasado. después de acurrucarse, envuelto en una manta que le ofrecieron. Tomó una buena taza de caldo bien caliente,
_ Que me va a pasar, que son unos brutos, no tengo costumbre de beber y bebí mas de la cuenta, y como ellos tampoco estaban muy cuerdos…no se les ocurrió otra cosa, de no ser por que me habéis encontrado…no se  que les dirán a mis padres, cuando lleguen, mi padre, no es de los que anda con bromas? Y vosotros de dónde venís?
_ De Santa Pola, somos de alicante, con este cascaron viejo no podemos ir muy lejos, yo por edad, no tenía que salir, pero mi chico está sin faena, y mientras no tenga otra cosa mejor,…a veces tenemos suerte sabes, como por aquí se quedan pocos, aunque la pesca de hoy ha sido especial
Pasó varios días, con aquellos dos hombres, compartió sus penurias  e incluso se puso el mono de trabajo y les ayudo, tenía grandes conocimientos en la pesca de altura, y aun no siendo la misma, pudo ayudarles y mejorar las tareas. Aquel hombretón de profundos  surcos en el rostro, intentando sobrevivir del mar, y seguir la tradición con el muchacho en un viejo cascarón, le infundía gran pena. Si la gente de tierra, no tiene ni idea de lo duro que puede ser el mar. Sí, todos los hombres que viven de la tierra, llevan una vida dura, mineros, agricultores, ganaderos, pero los marineros se llevan la peor parte.
 (Y aun dicen que el pescado está caro…)


15.- DESPEDIDA


           La persona que ha escrito estas líneas advierte que el diálogo que se detalla a continuación pertenece a una conversación real entre dos personas que se quieren y que, por circunstancias personales, han tenido que cortar su relación. Empieza hablando ella y luego él le contesta.

—oOo—

           Tanto me duele la cabeza que me va a terminar por estallar. Dicen, que cuando conoces a tu media naranja, el tiempo que gira a tu alrededor no importa, e incluso llega a pararse, porque no existe nada más en ese instante, también dicen que un beso puede alimentarte durante horas porque es el placer más intenso que puedas sentir.
           He preferido coger el ordenador y, mientras corren lágrimas por mis mejillas, decirte aunque ya lo sabes, pero con más intensidad, que mueves mi mundo.
            ¡Qué cursiladas se pueden llegar a decir cuando una siente que se ha enamorado! Pero claro, eso sólo lo puede decir alguien que verdaderamente haya tenido esa sensación en su cuerpo, ese calambre que puede llegar hasta el dedo meñique del pie e, incluso, que puede erizar el vello. Tantas mariposas puede revolotear en mi estomago que, de la única manera que quedan reflejadas en algún sitio, es en el brillo de mis ojos, e incluso, el más cuidadoso músico podría escuchar los latidos de mi corazón e interpretarla como la más bella de las sintonías que jamás hubiera compuesto.
           Esta noche el corazón me late mucho más rápido, como si mi vida intentase ir más deprisa para saber que pasará, si seguirás agarrándome la mano o tiraras la toalla como yo. Ya sabía yo que era cobarde pero… ¿tanto? Sí, cobarde por querer escapar del amor, y mira que dicen que de eso es de lo único que no se puede escapar, y claro que no, bien lo sé yo, que manía tengo con querer meterle una paliza al tal AMOR ese, y ahora que van y me lo presentan, resulta que me giro y echo a correr.
           Qué fácil cuando se mueve el mundo entre dos personas… ¿A que sí? Saber que lo mueven al mismo ritmo, porque tú, si TÚ, eres el complemento perfecto, como esas cosas que nunca pueden faltar en el bolso de una mujer… ríete, pero es la verdad.
           Llevas razón cuando dices que los humanos hacemos difícil lo que resulta más fácil, pero me gustaría salir de aquí y llegar a un sitio nuevo donde no me conociera nadie, donde sólo tú me conocieses, y dejar volar la magia, esa que tenemos los dos dentro y que por fin se han encontrado. Ahora mismo es lo que más deseo. Quizá estamos equivocados y sólo sea ilusión, pero no puede ser, no, no puede ser, cuando EL AMOR es tan fuerte y tan intenso, por lo menos para mí.
           Necesitaba relajarme, necesitaba parar los latidos de mi corazón, te necesitaba a ti, pero no te tengo al lado y quizás sea una buena forma de darte los buenos días, esos que me gustaría darte cada mañana al despertar
           Ya que tengo escrito esto te lo mando. Espero que no te moleste y que sepas que tus latidos también laten en mi muñeca, porque “si pulsera viene de pulso” tengo tus pulsaciones muy presentes en mi día a día.

—oOo—


           Hola muy malos días. Acabo de leer lo que me escribiste anoche y no tengo palabras. No puedo decir nada. O no sé si quiero decir algo.
           Si tu decisión es "apartarte", la respeto pero no la comparto. No sé si necesitamos tiempo o quizá es tiempo lo que nos ha sobrado, pero no me arrepiento del mes y medio que hemos pasado juntos. Me gustaría tenerte aquí a mi lado ahora mismo. Para darte los buenos días. Para desayunar juntos. Para andar en pijama los dos por la casa. Para calmar las mariposas que tengo en el estómago desde que te conozco.
           ¡Yo qué sé!
           Decía al principio muy malos días. No son buenos para mí. No he pegado ojo en toda la noche pensando en lo que podíamos haber llegado a ser los dos. Me queda la duda. No sé si volveremos a quedar o no. No sé si volveré a probar el néctar de tus labios y los fluidos que siempre me ha ofrecido tu sexo y que se han vuelto veneno porque tengo la extraña sensación de no poder vivir ya sin ellos.
           Te dije que he estado nueve años sólo. He estado vagando todo ese tiempo en un túnel. Como ese que dicen que se ve cuando te mueres.
            Quizá es que he estado muerto.
           No sé.
            Y tú has sido la luz que he visto al fondo.
           Cada día que he pasado contigo, ha sido un paso adelante, hacia esa luz que cada vez se hacía más grande. Pero la luz se ha vuelto a apagar cuando estaba llegando a ella. No sé si es que alguien ha vuelto a cerrar la puerta o es que la bombilla se ha fundido. Pero me gustaría, para terminar si es que tengo que terminar contigo, volver a quedar y sentir el pulso de tu corazón latiendo junto al mío. Haciéndote el amor como lo hemos hecho.
           Si tu corazón necesita un músico que componga una partitura, el mío necesita con urgencia un cardiólogo de guardia para que vuelva a recomponer los pedazos de este mi maltrecho corazón, que no volverá a ser, con nadie, el mismo que ha sido contigo.
           TE QUIERO, así, con mayúsculas y con toda la plenitud de la afirmación.
            Quiero que sepas que has sido, eres y serás lo mejor que me ha pasado en la vida, por muchas mujeres que vengan después si es que vienen, porque no quiero a ninguna otra que no seas tú.
           Espero haber ayudado, con estas palabras, a que tus mariposas, esas que te corren por el estómago y el pecho, revoloteen con más intensidad por tus venas.
           Si de algo me arrepiento es de no haberte dado más amor.
           Sabes que me tienes para lo que quieras y para cuando quieras.
Te deseo que encuentres a alguien mejor que yo, o al menos que te de todo el amor que siempre te he dado yo y que ahora mismo tengo guardado esperando que me pidas que te lo de.
           TE QUIERO y no me arrepiento de quererte.
            Sé feliz. Hasta siempre.


 

 

16.- DÍA DE SAN VALENTÍN

 

           Pau era español, se había tomado un año sabático para recorrer América Latina. Conoció a Ida en pleno Carnaval de La Pedrera. El flechazo fue instantáneo: sintió amor a primera vista y siguió detrás de ella hasta Punta del Diablo. Ida había alquilado allí, junto con su hermano Ney, una casita modesta durante todo el mes de Febrero. Aunque era cien por ciento montevideano, a Ney le gustaba presumir de ser un gran conocedor del balneario rochense y, ante las múltiples preguntas que le hacía ése al que él denominaba su “cuñado gallego” (aunque fuese catalán) cuando no sabía alguna respuesta… ¡la inventaba y chau! ¿Quién lo iba a descubrir?
            Tras contemplar un espléndido atardecer sobre la Playa de la Viuda, Ida y Pau continuaban muy abrazados en el pequeñísimo balcón de la casa.

    - ¿Pero qué es eso? – preguntó Pau, de pronto.

    - ¿Eso qué? – Ida no comprendía de qué cosa le estaba hablando

    - ¡Ahí le tienes otra vez! – insistió él, señalando un destello de luz blanca que, cada seis segundos exactos, aparecía sobre el horizonte.

    - ¡Ah, eso! – respondió ella – Es el Faro de aquel cerro que está al final de la playa. Creo que, en realidad, se llama Punta Palmar pero, por acá, todos los conocen como el “Cerro de la Viuda”.

           Pau estuvo a punto de preguntar algo más, pero los labios carnosos de
Ida se cerraron ávidamente encima de los suyos, dejándolo sin aliento y sin palabras. Ya  podría interrogar a Ney, en otro momento más propicio,  para despejar aquella duda…

            Muy avanzada ya la mañana del 14 de Febrero, Ida comenzaba a preocuparse: Pau no aparecía por ninguna parte. Subió al balconcito con unos prismáticos… ¡entonces lo divisó! Venía jadeando por la Playa de la Viuda, cubierto de arena y chorreando sudor de la cabeza hasta los pies. Su rostro, habitualmente sereno, estaba infinitamente más rojo que las franjas de la torre de fibra de vidrio, de doce metros, de ese faro que se elevaba a sus espaldas.

 

- ¡Está caliente  mi “cuñado gallego”! – rió Ney, uniéndose a Ida en el balcón.

- ¿Qué le hiciste, pedazo de un anormal?

- ¡No le hice nada! – replicó él, cada vez más tentado de risa – El “gallego” me preguntó si eso de “Cerro de la Viuda” era porque en la casona funcionaba alguna especie de sucursal de la famosa Confitería española, le dije que sí ¡y el loco se largó hasta allá! ¡Ja, ja! Quería darte una sorpresa comprándote una caja de bombones para el Día de los Enamorados…


   17.- “María, su hermana…y la Guardia Civil”           

                                                                         
     Ya se escucha el sonido, la verja de la entrada está abriéndose, no tardará en aparecer María. Ese chirriar lo estaba esperando tanto como lo estaba temiendo, porque significaba que ella llegaba.

    Desde el día que me abandonó, más de un mes hace, no la había visto. No respondía a mis llamadas, intenté por  amigos comunes que me quisiera escuchar, que habláramos, que me permitiera explicarme, poder pedirle perdón por mi grave error. Ni caso. Por sorpresa, sin que  albergara esperanzas de verla otra vez, me llamó, distante y fría, ─”quiero hablar contigo en persona”─, dijo. Intenté entablar conversación, pero ella cortó tajante, ─”solo dime cuando nos podemos ver, nada más” ─. Quedamos al día siguiente y ahora está a punto de entrar en casa.

    María y yo nos conocimos rayando los treinta, compartimos cumpleaños hasta tres veces. Ella era más joven, yo más gilipollas. Todo fue bien, maravilloso, nos queríamos y en el sexo nos partíamos el pecho de tanta pasión que destilaban nuestros momentos. Yo trabajaba desde casa, escribía contenidos para internet, ella era profesora adjunta de Sociología, experta en comunicación social. Nos encontramos una tarde en una librería y fue un enamoramiento mutuo, nuestras conversaciones sobre literatura, la comunicación y la nueva forma de relacionarse por internet, nos cautivaban. Solo el sexo nos hacía dejar nuestras charlas, y una buena botella de vino con algo de aperitivo...para acabar en la cama.

    Pero un día su hermana menor quiso estudiar Bella Artes. Vino a la ciudad a vivir con nosotros. Era inteligente, despierta, sin tabúes ni inhibiciones y su atractivo, magnético. Destilaba erotismo innato y su cuerpo era una provocación para los sentidos. Yo estaba enamorado de María. Punto.

      La convivencia entre los tres era encantadora, divertidos, dicharacheros, su opinión siempre  certera y sus veintidós años le salían como hormonas por todos sus poros. Ya dije, ella no tenía tabúes y yo, llegó el momento que no tuve vergüenza. Pasábamos demasiados tiempos solos, ella no empezaba aun las clases, y pintaba. Un día, por cosas de trabajo, María no vendría a dormir.

Cenamos, charlamos, bebimos…y follamos. Creo que por ese orden. Follar con ella fue un nunca acabar, deliciosa, impúdica y en el fondo ávida de descubrir todo lo que el sexo pudiera enseñarle. No sigo,  esto no es una novela erótica, pero sí que fue un drama cuando a media noche para darme una sorpresa, ¡menuda sorpresa!, llegó María. Entró sigilosa en la habitación, la estupefacción se la llevó ella, nos pilló aun en faena. Gritó un ─”¡¡cabrones!!”  ─, desgarrador y se fue.  A su hermana le cortó el rollo, a mí la respiración. Al día siguiente su hermano mayor vino, recogió sus cosas y a su hermanita, ignorándome se marcharon. Desde entonces, destierro sentimental, arrepentimiento, autocompasión, chorradas. La cagué sin remisión, qué inmensa cabronada le  gasté a la persona que más quería…con su hermana.

    La puerta se abrió, no había puesto la llave, entró, muy guapa, más cabreada. No quiso sentarse, se  acercó, me escupió en la cara, me dio una hostia de campeonato y  dijo:

    ─Mi hermana está embarazada. Mi padre es muy antiguo y Teniente Coronel de la Guardia Civil como sabes.  Te casas o te mata. Tú decides.

    Me dejó el teléfono de su padre para cerrar  detalles y se fue, la puerta no la rompió porque me costó un pastón,  el portazo que dio casi lo consigue.

   Me he quedado sin palabras, y el panorama, desolador. Padre con pistola,  tricornio,  niña embarazada, el galán gilipollas…no se qué haré.


 

18.- EL PROFESOR 


            Había algo de impostura en la impresión que el profesor dejaba al entrar en la sala. Debajo de aquel aspecto que resumía a la perfección los estereotipos que se le atribuyen al que enseña filosofía,  ̶ desaliño en el vestir, aire despistado, mirada meliflua, gafas con montura de carey ̶  se escondía en realidad un tipo ordenado, previsor y rutinario.
            Aunque el tiempo había minado una gran parte de sus creencias en el poder terapéutico de la filosofía, aún conservaba un fondo redentor que le llevaba a comenzar cada mañana con moderadas dosis de optimismo. Aquel día, además, iba a explicar la moral kantiana, uno de sus temas preferidos.
            Tenía organizado perfectamente su discurso. Sabía cuándo tenía que ilustrar la teoría con ejemplos, y lo haría como si se le hubieran acabado de ocurrir, fingiendo un ingenio del que carecía. Eran ejemplos actuales, periodísticos, dirigidos a adolescentes, siguiendo las indicaciones de un pedagogo que había impartido un curso recientemente – taller, lo llaman ahora  ̶  sobre Enseñanza y motivación. En su cabeza revoloteaban frases, citas, que ayudarían a pensar a sus alumnos, pero vivía instalado en la duda respecto a sus métodos. Tenía algún complejo respecto a sus compañeros por no llevar un ordenador para hacer presentaciones con gráficos y letras de muchos tipos. Tenía miedo de haberse convertido en un clérigo en una época posterior a la religión.
            El reloj anunciaba la hora de la primera clase. Salió de la sala de profesores y enfiló el pasillo arrastrando los pies, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo un par de libros y una libreta de notas. Sus colegas solían llevar una lustrosa cartera de cuero y, los más aseados, una bata blanca en la que aun permanecían las huellas del planchado. Antes de llegar a su aula se cruza con dos alumnos que forcejean. No sabe si se pelean o están jugando. Opta por simular que no los ve y sigue andando. Entra en su clase. Los alumnos no se inmutan aunque, poco a poco, van tomando posiciones en su sitio. Hay un murmullo constante. Como el de un avispero. Sube dos escalones que lo elevan a la tarima. El efecto psicológico de tener a alguien que te mira desde arriba no funciona en los muchachos, que siguen a lo suyo. Los cajones de la mesa del profesor penden abiertos como bocas que bostezan. Los cierra y se sienta en la silla que rechina ligeramente. Después posa los libros y la libreta de calificaciones sobre una mesa verde, los libros a un lado y la libreta al otro.  Dicen que el verde es un color relajante, que por eso se utiliza en el mobiliario de los institutos. “¡Menos mal!”, piensa con ironía.
            Cuando en una tregua advierte que hay algo parecido al silencio, comienza a explicar la crítica kantiana a las éticas materiales. La tregua duró poco y se produce   una algarabía más propia de un mercado que de un aula. Había oído decir a los pedagogos el valor de la horizontalidad frente a la altura intimidante de la tarima y baja al foro. Mientras explica, camina por los pasillos del aula moviéndose como un guisante dentro de un frasco. Ni caso. Habla, y los alumnos lo miran sin verlo. Adopta una posición estoica y se niega a reconocer que está indignado ante tanta indiferencia. Se engaña a sí mismo pensando que así aprende la virtud de la humildad. Piensa que el que enseña aprende la lección más dura, mientras que el que va a aprender, no aprende nada. Recuerda con envidia las lecciones andarinas de Aristóteles, el peripatético, con sus discípulos a su vera tomando notas y preguntando. Él, en estos momentos, revisa sus propias contradicciones. Defiende con ahínco la enseñanza universal y obligatoria a la vez que añora los tiempos en que los discípulos acudían a la llamada del maestro por el afán de aprender, de saber más. Claro que, si ahora las cosas se plantearan de esa guisa, él se quedaría en el aula solo, sin oficio, sin sueldo.
           Volvió a centrarse en sus explicaciones con la esperanza de que, cuando llegase el primer ejemplo,  desataría una profunda curiosidad en la alegre muchachada, pero el resultado que produjo sobre la audiencia fue un rotundo fracaso y el ruido de fondo no se redujo ni un ápice.
            Siguió hablando y observó que, allá en la cuarta fila, un alumno le miraba atentamente a la vez que asentía con la cabeza, haciendo movimientos continuos hacia arriba y hacia abajo. Dio al resto de la clase por perdida y avanzó hacia él explicando, por fin, a alguien que mostraba interés.
            Al llegar a su altura vio cómo dos finos cables pendían de sus orejas y se camuflaban en el interior de una sudadera. Tiró de ellos  con un movimiento brusco y una música atronadora inundó la clase. Los alumnos repartieron su reacción entre los que estallaron, sin pudor, en sonoras risotadas, y los que, como el chico de los cables, cabeceaban siguiendo el monótono compás de dos por cuatro que salía del mp3 camuflado.
            El profesor de filosofía se giró y se dirigió a su mesa, fingiendo hacer algo en la libreta de notas. Sacó disimuladamente del bolsillo interior de su chaqueta picassiana una petaca de  whisky, y echó un trago. Después abrió la ventana, subió el tono de voz, y siguió explicando dirigiéndose a la calle. Por si a alguien le interesaba.


 

 

19.- TRANSFUGUISMO GEOSOCIAL

 

            Mi amigo Aitortxu es un noblote chicarrón del norte que se jacta orgulloso de sus siete apellidos endémicos para presumir de autenticidad en una sociedad plagada de camelos y sucedáneos.
            Está enamoradísimo de su tierra y no cambiaría la montañosa y verde Euskadi por ningún paraíso  conocido, ni aun instalado en los maravillosos mares del sur y a gastos pagados.
            Y es que, para él, todo lo vasco es único y sin parangón posible en ningún otro lugar; sitúa las mejores playas de Europa en Zarautz y Getaria (para no provocar más rencillas entre vizcaínos y guipuzcoanos, o viceversa), aunque él siempre veranea por las costas de Almería y Granada, o, como este año de restricciones, pasará una quincena en Noja o en Isla, que aún no lo tiene decidido, casi como en casa de tanto paisano que se solea por allí.
            La más jatorra zona de txikiteo la enclava en el casco viejo donostiarra (sin olvidar las Siete calles del botxo, o viceversa), claro qué, como una gran mayoría de coterráneos, se pierde pocos fines de semana sin trasegar por su entendido coleto buenos caldos riojanos en Haro, Casalarreina, San Vicente de la Sonsierra y otras santas parroquias de su enántica devoción.
            Que no hay embutidos semejantes a los de Orozko por su calidad y elaboración lo sabe la generalidad de mortales, pero en su despensa se cuelgan piezas de Jabugo o Guijuelo, y cuando la estrechez aprieta por encima del ombligo no se recata en hincarle el diente a los cantimpalos segovianos o a las celebradas charcuterías de León y Burgos, que tampoco están mancos y resultan menos gravosos a la economía.
            Que, para piparras las de Gernika, y se atiborra de pimientos de Padrón y del piquillo navarros.
            En cuestión de carnes las portadoras del Eusko Label y Euskal Okela son bocatto di cardenali, aunque pierde su fe de creyente ante un chuletón de Ávila, un corderito de Aranda de Duero o un tostón de Segovia.
            Por supuesto, las más exquisitas conservas y escabeches se producen en Bermeo y Mutriku (sin viceversa), aunque no menosprecia a las de Santoña y Vigo.
            ¿Patatas?, ningunas como las alavesas, y sin embargo se surte de bolsas y bolsas de carísimas y especialísimas patatas francesas compradas en el Eroski.
            En cuanto al idioma considera que el euskera es exclusivo y debe prevalecer como nexo de comunicación entre vascos de toda clase y condición, pero se siente comodísimo con el castellano y comprende que todos a su alrededor saben de lo que habla y se relaciona perfectamente en cualquier ambiente.
            Y para terminar, dos apuntes: que en el País Vasco se vive como Dios, pero está todo carísimo, y que como las neskas autóctonas no existen mujeres semejantes, si bien él está casado con una chica colombiana, vive en Miranda de Ebro y sus dos hijos nacidos en Santander sólo saben decir aitá en la lengua vernácula, ¿se estará convirtiendo a la universalidad común a la que tiende la raza humana?
RESPUESTA: ¡A la fuerza ahorcan!

Seudónimo: Erramún

 


 20.- El sueño de laisa


      No tocaran aún las siete en el viejo reloj de la estación de autobuses. Un hombre va corriendo por toda la estación con la esperanza de que su bus no haya salido todavía, en el andén está a punto de tropezar con una joven que no lo vio llegar distraída en sus cavilaciones. El hombre, sin aliento, le pide disculpas a la joven y le pregunta alterado:
        –  Buenas tardes. ¿Sabes si ha salido el autobús que va para Madrid?
        – No lo sé, creo que no lo han dicho por megafonía – le dice la joven –,  pero no me hagas mucho caso, la verdad es que ando un poco distraída.
         –   ¡Maldita sea ¡  – dice el hombre viendo como  su bus salía de la estación. –    He perdido el bus para la feria del libro de Madrid, menos mal que no empieza hasta dentro de una semana.
              – Ah –  dice la chica distraída. – ¿Le gusta  ir con tiempo a los sitios?
              – No, es que aprovecharé para pasar unos días con mi hermana. He tenido  una sobrina y aún no la conozco. Así desconecto, estoy un poco aburrido de la ciudad ¿sabe? Siempre es lo mismo: las mismas calles, los mismos edificios, la misma rutina distraída entre risas y pasatiempos.
                – ¿Preferiría distraerla entre lamentos?
                –  Yo no digo eso; pero me fastidia ver como la gente pierde el tiempo con tonterías cuando hay cosas tan importantes en que pensar.
      – A veces lo mejor es no pensar.
      – No lo sé, desde luego es lo más cómodo, pero también  puede considerarse una actitud cobarde. Me llamo Iago
        – Yo Laisa ¿Cobarde? Si yo te hablara de cobardes– ¿Tú acostumbras a pensar en cosas importantes?
         – Yo intento no pensar en chorradas, porque perder el tiempo por perderlo, sin sacarle ningún logro  me parece desaprovecharlo.
        – ¿Te  parece que lo que estamos haciendo ahora mismo es perder el tiempo?
        – Yo lo que he perdido es el bus –dijo Iago riendo – Estamos esperando el bus para ir a alguna parte Laisa, eso no es perder el tiempo, se supone que a la  llegada a nuestro destino alguien nos estará esperando.– ¿Tú que bus vas a coger Laisa?.
           – Uno que me lleve a cualquier sitio. A mí nadie me espera
           – ¿Qué te parece si vamos a tomar un café a algún lado?
      – No tienes pinta de violador. ¿Tú que eres?
            – No. Yo hay cosas para las que no valgo. Soy periodista.
           – ¡Un periodista¡ Nunca he conocido a nadie que escriba, los hombres que conozco no son muy de letras. Está bien, vamos a tomar ese café Sr. periodista, puede ser interesante. Quiero contarte una historia.
     Salieron de la estación y fueron a una cafetería que estaba al lado. Al llegar pidieron un café, estuvieron un rato en silencio y al fin, Laisa, mirando desde el azul de sus ojos a Iago,  comenzó a hablar:
 Te voy a contar una historia real que puedes escribir:
    La chica de la que te voy a hablar acababa de cumplir los diez años, era amiga mía, aún recuerdo el nombre de su muñeco favorito: Pandorco. Era su mejor amigo. Siempre le escuchaba callado cuando llorando le contaba lo monstruosa que era su vida. ¿No te parece que la infancia debería ser un lugar feliz, donde poder volver cuando eres adulto y la vida te enseña los dientes? .Esta es la historia de la cueva del Coido, donde fue violada una niña de diez años por su propio padre.
     – ¿Conocías a esa niña?     
  Si la conocía, era mi mejor amiga.  ¿Puedo pedir otro café? – preguntó Laisa – El último dinero que tenía lo emplee en comprar un billete para el pueblo. La verdad es que no tengo adonde ir. Ahora no tengo dinero, pero  hubo un tiempo en que no me llegaba sólo una vida para despilfarrarlo, así que,  regalé la mayor parte de mi fortuna.
      – Seguro que te salieron amigos hasta de  debajo de las piedras–  ¿Puedo saber a quién  le regalaste el dinero?
       – A todos los que conocía para agradecerles que hicieran de mi infancia un infierno. ¿Sabes? Cuando vinieron las vacas flacas mi amiga tuvo que dedicarse a la prostitución. ¿Tú podrías querer a alguien como ella?
        – Si quiero a alguien no lo juzgo. – contesto Iago
      La historia de mi amiga y la mía son la misma historia, una sola historia. Yo ahora estoy a tratamiento psiquiátrico, dicen que padezco un trastrorno bipolar, eso quiere decir que sufro etapas de felicidad o euforia y de decaimiento de la noche a la mañana, puede que sea cierto, pero de momento no he matado a nadie, no te preocupes. Yo, normalmente esto no lo voy contando por ahí. La gente no confía en los locos ¿Tú te atreverías a invitarme a dormir a tu casa ahora qué sabes que padezco un trastorno?  Mi ex novio me decía que yo no podía amar a nadie, a lo mejor es verdad. Mi sueño es que algún hombre llegue a amarme de verdad, por eso voy probando con muchos de  los que me encuentro; pero hasta ahora no he tenido suerte– ¿Sabes Iago?. Mi primer amor se mato en una moto que le regalé yo. El me decía que yo no sabía lo que buscaba, que perseguía una quimera…creo que esta noche va a ser mejor que vuelva al hospital, necesito una cura de sueño. ¿Te importaría acompañarme?
    Cuatro años después, los dos  están juntos en el mismo banco de la estación de autobuses con el carrito de un  niño.
      – ¿Recuerdas Laisa?. Aquí fue donde nos conocimos.
     – Si. Han pasado ya cuatro años.
      – Recuerdo que una de las cosas que me decías aquella tarde es que perseguías un sueño, después estuviste curándote un par de meses en el  hospital.
      – Y tú viniste a verme todos los días, esperaba tu visita con impaciencia y no me daban pasado las horas hasta verte aparecer por la puerta. Nunca supe que fue en realidad lo que te llevo a hacer aquellas visitas.
      – No lo sé. Creo que quería ser parte de tu sueño. ¿Has alcanzado por fin lo que perseguías?
     Ella miró al interior del carrito de bebe y miró a Iago
  – Es posible que los sueños no se alcancen, sino que se construyan a base de esfuerzo, de lucha, que tengas que caer mil veces, llevar mil golpes para reunir la fuerza para ponerte en pie
     – ¿Te encuentras bien? Vamos para casa, quiero que descanses un poco mientras le doy la merienda al niño
      – Los sueños se hacen a medida de las necesidades de quien los sueña, a veces se cumplen y a veces no. Lo que importa es vivirlos por completo mientras duran, sin tener miedo de enfrentarse al despertar cuando se extingue la magia de la noche. Habrá más noches, la magia volverá a flotar sobre nuestras cabezas al oscurecer y habrá otros sueños si no nos gusta lo que hemos soñado; pero si es así, solo hay que acordarse de alimentar esos sueños todas las noches, para continuar su andadura al amanecer. ¿No te parece Iago?
       – Seguramente, nunca me he parado a pensarlo. Yo desde que te conozco también  vivo en un sueño, tu sueño cariño, el sueño de Laisa.

 


 

21.- LA BÚSQUEDA DE TEÓRBELES

           Los dos chiquillos, entorpecidos por el barrizal provocado por la intensa tormenta otoñal pretendían con todas sus fuerzas encajar la losa que daba acceso a la pequeña cripta. -Están muy cerca, ¡tenemos que cerrarla ya o se lo llevarán todo!- gritó exhausto el niño rubio ansiando la reacción de su compañero que, inmóvil y aterrado por el miedo, solo tenía ojos para la inquietante silueta de toro que vislumbraba en el fondo de la tumba. -¡Empuja con todas tus fuerzas, yo tiraré desde dentro!-añadió decidido mientras, cada vez más cerca, se oían los ladridos de los hostigadosperros que perseguían su pista. En el último intento, desesperados y casi rendidos por la fatiga, la piedra empezó a ceder poco a poco y se acopló apenas unos segundos antes de que los ladrones y sus canes hallaran la tumba.
           El muchacho, aterrado por el recuerdo de aquella figura que en la penumbra había clavado sus ojos, fríos e inertes, en los suyos, erró en su tentativa de hallar de nuevo el mausoleo y liberar a su compañero.

Amigos


           Ambos críos, cuanto menos, resultaban una pareja peculiar. Josete, el más alto y espigado, de piel oscura y gafas de gruesos cristales objeto de burlas en la escuela, era taciturno y remolón ante cualquier desafío, lo cual contrastaba con el más pequeño y vivaracho, un rubio de tez muy pálida que siempre, sin temerle a nada, conseguía salirse con la suya. –Por cierto, me llamo Teórbeles, por mi abuelo, pero todos me llaman Teo- explicó, el día que ambos se conocieron a comienzos del estío.
           En aquel verano agonizante, los días llegaban a su plenitud de luz, pero para los niños todos y cada uno de ellos parecían saberles a poco. A un paso de la adolescencia, su vida se desarrollaba entre un gran interés por el entorno natural que los envolvía y enigmas del pasado que podían ser resueltos siempre que gozaran del empeño pertinente. Gustaban de caminar sin rumbo fijo por la vereda del rio, deambular por las dehesas cercanas al acecho de reses bravas, que tanto parecían interesar al benjamín del dúo, y perderse entre los vestigios de lo que un día debió ser su pueblo, una floreciente villae agrícola que germinó del camino, antaño usado por legiones, conocido como vía Heraclea o camino de Aníbal y que unía los pueblos del sur con las colonias griegas del Levante, cuyas ruinas y mosaicos frecuentaban a hurtadillas.
            Tras duros días en el campo ayudando en lo que fuera menester, Josete acudía raudo a la cita con su cómplice de aventuras, las cuales se sucedían día tras día. Alcanzado el lugar pactado, Teo lo esperaba sonriente y, si bien era habitualmente locuaz, evitaba hablar de su vida y el otro, de por sí parco en palabras, aceptó gustoso el tácito acuerdo de no preguntar, limitándose a disfrutar de su compañía. Una vez el ocaso hacia acto de presencia, se despedían en busca de un merecido descanso y energías para nuevos episodios.

La búsqueda


           Nadie conocía a Teo y por aquella época la recogida del grano continuaba, aun así el pueblo se volcó en vano, durante un par de semanas, en las batidas organizadas con el fin de localizar la fosa donde pudiera estar atrapado. La Guardia Civil, tras recibir aviso, puso en conocimiento de la comandancia de Albacete lo acaecido con el niño aunque nadie, nunca, denunció su desaparición. A partir de las indicaciones del chico se peinaron, sin éxito, las tierras adyacentes al municipio y las cercanías del rio. Todos tenían a Josete por un chico formal y responsable, incapaz de inventarse semejante historia pero, a pesar de que juraba y perjuraba que no mentía, la abundancia de trabajo fue menguando el interés y la solidaridad de la gente hasta que un día se decidió dejar las cosas como estaban y poner fin a los esfuerzos. Aún así, durante gran parte del otoño, cuando la escuela y los estudios dejaron hueco, Josete buscó desesperado y en solitario a su único y verdadero amigo de su infancia, aunque eso no podría discernirlo hasta muchos años después.
            Tras aquellos fatídicos días, el muchacho vivió atormentado por el remordimiento de haber podido hacer más y cerciorarse de que Teo hubiera conseguido escapar ileso tanto de los espoliadores como de aquella losa. El párroco del pueblo tras escuchar la súplica del padre, seriamente preocupado por la apatía y el desconsuelo de su hijo, se hizo cargo de la situación y así el niño a primeros de enero, partió rumbo a la capital de provincia donde estudiaría bachillerato aunque, durante todos los veranos, tenazmente, continuó su búsqueda deambulando por la aldea, las ruinas y sus campos. Solo bastantes años después siendo ya un hombre, emocionado y tembloroso, apartó la piedra que daba acceso al sepulcro y, uno a uno, fue bajando los escalones de acceso hacia el fondo.


Epilogo


            Dado lo ilustre de la visita, el director del Museo Arqueológico de Madrid recibió al anciano con un sincero y afectuoso apretón de manos. Si alguien merecía admiración y respeto era su predecesor en el cargo dado que Don José, aquel viejo reservado y espigado, tras una vida dedicada casi en exclusiva al museo, había conseguido atraer importantes mecenas y fondos, abrir una cátedra de investigación y recuperar buena parte del patrimonio arqueológico saqueado durante años en los que aquellos tesoros no importaban a nadie.
            El antiguo director atravesó sosegadamente las estancias donde se exponían las colecciones a las que había dedicado su vida. Caminó con placer entre mosaicos romanos y pinturas rupestres, contempló útiles de guerra, higiene o labranza y otros pequeños tesoros, rituales u ornamentales expuestos, enfilando emocionado el pasillo que había de guiarlo hasta La Bicha de Balazote. Allí, sobre un pedestal, como la primera vez que la vio en la cripta junto a su apreciado Teo, el animal reposaba mirándolo a los ojos. Posó una mano sobre su lomo, frío y rugoso, y recitó de memoria la ficha educativa que acompañaba la efigie:
           Figura androcéfala, del siglo VI antes de Cristo, con cuerpo de toro y cabeza humana, perteneciente a un conjunto funerario íbero de la ciudad de (…), ahora Balazote (Albacete), en cuya inscripción tallada inferior puede leerse “Aquí yace el hijo del rey de Oretania, el pequeño príncipe Teorbeles”


22.- CIEN PESOS POR ONE DOLLAR

           La tenencia de dólares estaba penalizada y su precio clandestino llegó a estar a 150 pesos cubanos cada uno. Yo tenía un vecino que se llamaba Pablito, era un muchacho joven que se desempeñaba con habilidad en los negocios ilícitos y el mercado negro. “En esa época todo era ilegal, porque todo estaba prohibido”.
           Pablito hacía negocios con los técnicos extranjeros de países socialistas, que accedían a unas tiendas especiales para ellos, en las que podían adquirir cualquier tipo de artículos o mercancías. También hacía bisnes con turistas, que compraban con divisa en los comercios a los que solamente ellos y los diplomáticos podían entrar. El mercado negro estaba en pleno apogeo y las tiendas en moneda nacional permanecían en bancarrota.
           Yo ganaba buen dinero como artesano, principalmente haciendo calzado de cuero que, dada la escasez, se había puesto de moda y tenía gran demanda. Se vendía en dólares, aunque estaba penalizado, porque la moneda nacional había perdido el valor. Un par de zapatos o sandalias podían costarle al cliente entre 15 y 20 dólares, lo que llegó a tener la equivalencia de 2.500 y 3.000 pesos cubanos.
           En una ocasión vino a mi casa una putica del barrio que se llamaba Marisol, con un muchacho que decía era su novio. Estaban vendiendo 350 dólares a 100 pesos cada uno. Era una ganga, porque estaban a 150. Yo no los necesitaba, ni tenía treinta y cinco mil pesos para comprárselos. Los mandé a ver a Pablito, que vivía frente a mi casa, pero no quisieron ir, porque no lo conocían. Marisol me convenció, para hablar con mi vecino. Le interesó la compra y me entregó un paquete con los 35 mil pesos cubanos que contó delante de mí.
           Volví a mi casa. Subí al dormitorio con el muchacho que parecía paranoico. Mientras tanto, Marisol se quedó abajo. Hicimos el cambio de forma sigilosa, a pesar de que estábamos solos en mi cuarto. Cogí los 350 dólares y me los eché en el bolsillo. Le entregué los 35.000 pesos, que no tuvo rigor al contar, porque estaba apurado. Se marcharon enseguida y fui para la casa de Pablito a llevarle el dinero. Este, apenas tuvo en sus manos los tres billetes de cien y uno de cincuenta me dijo:
           —Estos billetes son falsos.
           Me quedé atónito.
           Efectivamente: eran billetes de un dólar a los que le habían pegado encima del número uno la cifra de cien y de cincuenta. Todos tenían la cara de George Washington y, al dorso, bien grande, la palabra ONE.
           Me explicó que esos números se recortaban de billetes cubanos emitidos antes del canje realizado por la Revolución en 1961, que estaban desvalorizados y les llamaban Felipe Pasos: el nombre del presidente del Banco Nacional de Cuba cuando fueron emitidos.
           Salí de allí deprimido y desconcertado. Traté de recuperar el dinero, o tomar venganza. Contraté a un delincuente del barrio, pero resultó ser un fanfarrón pendejo. La cuestión fue que nunca lo recobré, ni volví a ver a los estafadores.
           Como resultado, estuve varias semanas trabajando para devolverle a Pablito sus treintaicinco mil pesos. Una vez, un vecino me dijo que aquella estafa la había preparado el propio Pablito, pero no pude verificarlo.
           Yo había hecho los papeles de estúpido y de imbécil varias veces, sobre todo borracho, pero nunca me había costado tan caro.

 


23.- MADERA DE ÉBANO

 

 De regreso a casa, Minerva, observó su fachada bicolor. Nunca se había percatado del gran contraste: Ladrillos blancos para los pisos superiores y centrales, ladrillos negros para el resto.
Tenía que apresurarse, después de volver de la compra, sus retos: Comida, plancha, colada… Pero  algo llamó su atención e hizo que su mirada se desviase  hacia el piano abandonado en el centro del salón. Madera de ébano pulida apoyada sobre robustas patas. Su silueta, la de una pantera negra adormecida. Quería ver al felino despierto. Abrió la tapa, y al igual que entonces, comenzó a deslizar sus dedos sobre varias teclas. Las blancas, los dientes afilados de la bella pantera; las negras, su suave pelaje de ébano. Pensó en componer una melodía ayudada por el intervalo de los dos tonos. Una lluvia de soles alumbró la estancia. Una cantinela de “la, la, la” puso fin al silencio de la tarde.
La mujer se dispuso a realizar sus tareas. La bella pantera observaba su ritmo. Ahora los píes de Minerva eran los que se deslizaban; la comida se movió a ritmo de tango, la colada se agitaba a golpe de jota; en la plancha había una discordancia, lo achacaba al cansancio. Probó a ritmo de jazz, bolero…finalmente se ajustó a ritmo de pasodoble.
Minerva, ya cansada del trasiego del día, miró de nuevo a su bello piano y sintió lástima por él. Con un esfuerzo sobrehumano, se sentó en el pequeño banco, adornado con dorado terciopelo y apoyado sobre finas patas. El recio piano sonó como nunca, embistiendo con toda su fuerza. Minerva parecía otra, su bella pantera estaba despertando y amenazaba con clavarle sus afilados colmillos. La joven tuvo que desengancharse del felino, la quería atrapar entre sus garras sin intenciones muy halagüeñas. Rápidamente se levantó, cerró con fuerza la tapa del piano y como si alguien le fuese persiguiendo, salió del salón despavorida.
No entró en esa habitación hasta el día siguiente. Al levantar la persiana para que el sol inundase la estancia, vio con asombro que la tapa del piano estaba levantada, recordaba haberla cerrado. Quiso bajarla de nuevo pero un grito sordo se ahogó en su garganta; las teclas estaban arañadas, como si una gran zarpa las hubiese lesionado.  

 

seudónimo: PÚA DE CRISTAL


 

24.- UN EXTRAÑO PROCESO   


                         
     De verdad que no hay derecho, con lo que me costó conseguirlo. Cuando logré, después de numerosos intentos, estar limpio y fui consciente de que había conseguido vencer uno de mis peores instintos, ocurrió lo inesperado: un día de funesto recuerdo, por la mañana temprano, comencé a notar los primeros síntomas. Al principio no les di excesiva importancia, había oído decir o había leído en algún lugar que podían experimentarse sensaciones extrañas, pero pensé que siempre serían pasajeras. Estas, sin embargo, lejos de aminorar, iban en aumento; cada vez era más evidente que algo no marchaba como era menester.    
    No tardé mucho en descubrir que mis brazos y piernas se acortaban y mi fina cintura de ratón de gimnasio empezaba a expandir su circunferencia de manera alarmante. El timbre de mi voz mutaba a pasos agigantados sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Al mismo tiempo, mi estatura menguaba y el cabello comenzaba a caerme. Ante tal acumulación de síntomas, comencé a preocuparme de verdad y acudí al médico. El hombre, al auscultarme, exclamó que apenas me quedaba un hálito de vida ya que los latidos de mi corazón correspondían más bien a un moribundo desahuciado, aunque deduzco que por mi aspecto no andaba yo muy lejos de esa situación. Sobre el acortamiento de mis extremidades y la casi perfecta redondez de mi cintura, así como del sonido metálico de mi voz y la frialdad extrema que sentía en lo que me quedaba de dedos, no supo qué decir; yo notaba su azoramiento, su impotencia al comprobar que poco o nada podía hacer por mi. Con toda seguridad, mi caso era, por goleada, el más extraño que había contemplado en su larga carrera como facultativo.
   Sin saber muy bien a qué atenerse, el pobre hombre me acabó despachando con volantes para todas las especialidades médicas habidas y por haber, hasta la de psiquiatría, cosa que no acabé de asimilar, porque no era un psiquiatra lo que necesitaba, precisamente. Me confesó que estaba desorientado por completo. Recuerdo que, poco después, al levantarme con muchas dificultades de la silla donde estaba, me miró de nuevo de arriba a abajo con verdadero espanto, mucho más que cuando entré; sin duda, mi aspecto había empeorado de manera terrible en tan solo unos minutos.
     Entré en el ascensor para bajar a la calle y cuando me contemplé en el espejo que tenía dentro, se me vino el mundo a los pies; ya no me reconocía. Pero lo peor vino al llegar a casa. Mi familia parloteaba como si yo no estuviera presente; decían algo sobre presentar una denuncia por mi desaparición. Yo esta angustiado, intenté protestar, llamar su atención porque no había desaparecido, estaba allí, pero fue inútil porque ya no tenía voz. En ese momento, alguien me levantó por los aires y me colocó en una mesa. De inmediato comencé a comprender lo que me pasaba.
     Ya me estoy haciendo a la idea, qué remedio. Pero lo peor es que al cabo de todo este tiempo, he vuelto a mi vicio preferido y no le hago ascos a cualquier cosa que me caiga. Lo mismo me da que aplasten contra mí un rubio emboquillado de Virginia, que un Celta corto o un puro habano, o que me echen encima el contenido de la cazoleta de una pipa. Lo único que temo es que un día, mientras me limpian de ceniza y colillas, me caiga al suelo y me haga añicos.


 

25.- La magia y el ayer.


Si, lo perdí, maldita sea, lo perdí.


Aquel hombre, que ya peinaba canas, se encontraba sentado en la plataforma de los pescadores, que hay al pie del rio. Observaba  con cierta abstracción  el tránsito del agua lenta, con parada quietud y en su alma, trataba, sin  la más mínima posibilidad, que aquello se mantuviera así, lento, casi parado, al menos el tiempo suficiente para que pudiera encontrar, alguna explicación  a su pérdida.

Parece que fue ayer, pensaba, cuando corría por aquí, sí, ayer… cuando andaba en bici, cuando  nadaba en verano, alrededor de la barca, cuando jugaba con sus amigos, cuando veían, en las obligadas paradas, de esos juegos, a los pastores, maniobrar con sus atajos de ovejas, para que abrevaran del rio y luego…, otra vez a jugar.


¿Fue ayer? O me estoy volviendo loco, si fue ayer, cuando en aquel mes de agosto, a la vuelta de una correría nocturna, de las  de Peñafiel, la besó por primera vez, era de noche, claro…, desde el coche de su padre…, rápido como se hacen esas cosas, para que no te de demasiada vergüenza, si sale bien, bien…, sino hasta mañana, de forma que, si te da calabazas, no se la vuelves a ver, hasta el vermut y así no se pasa, demasiado mal. Y  no, no señor, no le rechazo. ¡Dios mío y todo eso fue ayer!, diez millones de aventuras. Y lo perdió, murió y lo perdió. Lo perdió, aquel verano que no vino, porque quería volar, o aquel otro que no acudió a la cita, por estar ya volando y volando y volando, se le murió y lo más triste, es que entre vuelo y vuelo, ni siquiera  acudió al entierro. El entierro,  eso fue un acto sórdido, solitario, frio, distante, si,  sobre todo muy distante. Tan buena persona, tan amigo de sus amigos, tan comprometido con las causas, sus causas, justas o no, pero  por lo menos, con el corazón, las creía buenas. Su pensamiento , ese ser interno, que hacía que aquel viaje, ese vuelo del subconsciente, fuera así de triste , melancólico y triste, como corresponde a una pérdida, de esas dimensiones.


Murió definitivamente. Con lo bien que le quedaban los pantalones vaqueros, los zapatos deportivos y la ropa de sport. Murió sin más remedio, por desidia, como suele suceder las cosas, que no tienen remedio, ni vuelta atrás.  Y mascullo: “el otro día  vi; a Pedro a Quique a Luis y Javi, a ellos les pasó lo mismo y ahora tienen que cargar con sus fantasmas”. Creo, que por lo que me han contado, sucede así sin darte cuenta, de repente, vas y caes en la puñetera realidad de que, ese joven que llevabas dentro, ese que hacía que te levantaras por las mañanas, dando un salto mortal, el que te decía que no hay problema, cuando había problemas, el que nunca hacia ascos, ni a la última copa, ni al último bar, que es el principio fundamental de los que hemos estudiado en colegios Sabinitas. El que se apuntaba voluntario los turnos de noche, porque pensaba que siempre se podía encontrar, una estrella, que nunca nadie, hubiera visto. Ese, si, ese...


Ya empezaban a salir las estrellas por detrás de los árboles de la orilla, los del otro lado, los de la dehesa. El rio era todo un enorme espejo, donde salían retratados todos los objetos que la naturaleza, ponía a su alcance, de vez en cuando saltaba un barbo y rompía la quietud del cristal, en esa zona, que solo en segundos recuperaba su aspecto mágico y señorial.


“bueno ya es tarde, tendré que regresar, pero tú no te preocupes zagal, volveré y seguiremos la conversación”. Cuando terminó de decir eso, se dio cuenta, de que tal vez, solo tal vez…, dentro de muchos años, si fuera posible, regresaría y tendría que hablar con dos fantasmas, el de antes y el de entonces, porque el mañana es tremendamente incierto, pero extraordinariamente atractivo. Miro al rio y a todo lo que lo rodeaba y dijo en la voz, alta que nadie escucho. “hasta pronto…, nos vemos”.

 

SEUDÓNIMO: “EL ZAPATERO MAS PEQUEÑO QUE HAY”


 

26.- La última gota


Me di cuenta de todo el día que subió la vecina llorando. Era casi medianoche y el timbrazo me asustó.
Cuando abrí la puerta, la vi tan desolada que la mandé pasar al salón.

─ Vaya Antonia, entra mujer ¿Qué ocurre?─ le pregunté poniéndome en lo peor.

Luis apareció solícito y se mostró muy amable con alguien a quien conocía desde hacía doce años pero con quien apenas había cruzado cuatro frases.

─ Llegué a casa y me encontré a Morgan tirado en el sofá, me extrañó que no fuera a recibirme como siempre y cuando me acerqué vi que estaba muerto─ hipó Antonia desconsoladamente. Yo no tenía ningún cariño a aquel fox terrier blanco y negro que nos gruñía amenazadoramente siempre que nos veía en el portal, pero puse cara de circunstancias.

─ Pedro lo va a sentir mucho, no sé como se lo voy a decir, menudo disgusto cuando llegue del viaje de estudios...se lo había regalado yo cuando su padre y yo nos separamos.

Entonces Luis se levantó, la abrazó, le acarició el pelo y le dijo que no se preocupara, que podía contar con nosotros para lo que quisiera. Yo me sentí incomoda porque era muy tarde, tenía que madrugar y me parecía que Antonia olía demasiado a alcohol, pero lo que me desató una furia sorda fueron los gestos cariñosos que mi marido tuvo hacia ella.

─ A mi no me has acariciado el pelo así nunca─ . Le reproché nada más que la vecina terminó su tila y se largó.

─ No seas boba mujer, era para quitarla del medio y que nos dejara dormir─ Añadió Luis con un bostezo sonoro cuando le repetí de nuevo que había estado muy amable con la vecina. No es que yo sospechara que tuviera algún rollo con Antonia o que aprovechara la ocasión para poder tenerlo, es que en esos doce años, jamás me había abrazado así, ni cuando tuve el accidente de coche, ni cuando nació María ni mucho menos cuando murió mi madre.


“Menudo cínico, todavía me acuerdo cuando decía que era poco dado a las manifestaciones de cariño y que había que aceptarlo así; todavía me acuerdo cuando un día le dí la mano en la calle y me la soltó porque dijo que la tenía fría”.

Mi cabeza empezó a recordar cuando se le pasó el décimo aniversario de boda y del día que se dejó a Juan en la guardería tres horas. También de la discusión que tuvo con mi hermana a la que calificó de estrecha y rancia y para remate de todas las funciones de colegio que había evitado ir con disculpas tontas.

Empecé una cuenta atrás que hacía tiempo tenía reprimida y se abrió la caja de todos los truenos . Le había acariciado el pelo a una extraña. ¿Qué tenía su pelo? ¿O no era tan extraña?
Mi cerebro empezó a llenarse de imágenes rebobinadas a toda velocidad.

 

A las cuatro de la mañana, un hombre llamó al 112. Comentaba algo de un perro muerto y de una mujer loca que le estaba atacando con un cuchillo. Cuando llegó la policía al inmueble sito en la calle Miguel de Cervantes 34, se encontraron con Luis Ronquillo, famoso abogado y afamado artista en el arte de ocultar sus sentimientos a su mujer aunque todo el vecindario sabía de sus expansiones en exceso con vecinas llorosas.

Afortunadamente para ambos, la venganza solo había consistido en dejarlo en calzoncillos.

Marina

 


27.- ERNESTINA


Lema:   BCN


     Me había acercado a la Cámara de Comercio, en cuyo salón de conferencias se celebraban unas jornadas didácticas de nuevas tecnologías para docentes. Como todavía no estaba preparada la documentación de mi contrato, para entretenerme, zascandileé por los pasillos y vine a dar en la sala de conferencias.
     En torno al módulo central se hallaba una docena escasa de participantes. Dos de ellos manejaban el cotarro; el resto seguía afanoso las explicaciones, sin entender gran cosa de ellas. A punto de alejarme, mis ojos se detuvieron en una cuarentona elegantísima, que devoraba al ponente con la mirada. Vamos a ver, me dije; marido ¿político? (sí, tal vez de Convergència); ¿ingeniero, constructor, financiero?. Miré sus zapatos: se encuentra separada desde hace poco; ha cambiado de ciudad, trae con ella a los hijos, tres (en esto acerté de pleno). La madurita seguía con fruición las palabras del líder, hasta llegar a producirme envidia (no sólo se la tira; seguro que lo mantiene con el dinero del ex).
     Salí de la reunión y realicé las gestiones que me habían llevado a la Cámara. En la puerta volví a encontrarme al grupo, expulsado sin misericordia por los conserjes. La cuarentona me preguntó angustiada si había entendido algo y yo jugué a ser Sócrates: "sólo sé..."; comenzamos a reír, y con la marea de otras voces nos fuimos desandando Via Laietana hacia Urquinaona.
     A la altura de la catedral comenzaron las despedidas; por no perderla, propuse al grupo que nos tomáramos un café antes de separarnos. Buscamos el primer bar al paso (no sabía si venía, tampoco me volví). Nos sentamos en una mesa alejada del bullicio y emprendimos un diálogo por zonas. Alguien informó de las próximas subidas y el de mi izquierda, ya en confidencia, me comunicó que había reñido con su amigo y que se encontraba en la calle. A Ernestina la monopolizaba un catedrático de griego que le estaba recitando su tesis doctoral sobre el espíritu áspero y las haches aspiradas en el habla del sur de España. Nos miramos, y me sonrió.
     Terminado el café nos dispersamos. En la entrada del metro estreché efusivamente la mano del profesor de griego y le despedí sin miramientos. Continuamos por la ronda de Sant Pere, ya solos y en silencio. Le propuse un nuevo café y ella volvió a sonreírme: "quizá una tónica". Me contó que había venido de Madrid, que la hija de 17 años presentaba los problemas usuales de la adolescencia, "no así Aleix, ni Marianna". Hablaba del marido en presente, pero los dos sabíamos.
     Se rió cuando le hablé del conferenciante: "es que soy muy miope y parece que me estoy timando con la gente, pero ni siquiera la veo". Le pedí que se pusiera las gafas, ella se resistió; lo hizo, y me deshice por dentro.
     Hablamos de la neurosis de cambio. "Cada cuatro o cinco años emprendo una actividad distinta, o cambio de pareja, o me traslado de ciudad", le comenté. Asintió. Me dijo que en todo traslado, como en todo amor nuevo, hay como un afán de reescribir nuestra biografía, vernos bajo un prisma inédito que nos permita soportarnos. Le dije que era soltero por convicción. Ella me contó su infidelidad en Inglaterra, el miedo que le había producido quedarse al poco tiempo embarazada de Marianna. Le pregunté si tenía amigos. Me retrucó si era feliz. Me aconsejó que no tuviera prisa en enamorarme; le pedí que no se resignara a vivir sin amor (pero parece que ama, al menos eso me dijo atropelladamente). Por debajo del manto que las palabras formaban sobre nosotros, los dos íbamos entendiendo que estábamos entrando en ese proceso de cambio radical en el que cada uno se ha de dar la vuelta para regenerarse y seguir vivo, a menos que sólo pretenda languidecer, como si se hubiera concedido vacaciones de la vida.
     A las doce y media comenzaron a cerrar la cafetería. La acompañé hasta una parada de taxis y nos despedimos rudamente, sin darnos siquiera la mano. Quizás habríamos podido intercambiar nuestro teléfonos, quedar algún día a cenar. Supimos callarnos. Cerró la puerta del taxi y dio su dirección, mirando fijamente hacia adelante.
      Yo ya había cruzado a la acera contraria.

 


 

28.- INCONSCIENTE COLECTIVO



El inconsciente colectivo, sin que sea necesario recurrir a los genes, es simplemente el conjunto de prejuicios, de mitos, de actitudes colectivas de un grupo determinado.


Frantz Fanon


De tiempos inmemoriales, se han tenido registros de que la humanidad a lo largo del desarrollo de su cultura, ha realizado viajes a lo largo del mundo. Este hecho, es el producto de la herencia y evolución que han tenido las civilizaciones con el correr de los años. Es una realidad pero que siempre ha tenido representaciones e ideas, en la mente del ser humano, vale decir con sus respectivas imágenes simbólicas en el pensamiento, expresadas por medio del lenguaje. Y estas ideas hacían soñar a Cristóbal, que deliraba con conquistar el mundo. Porque en medio de sus estudios, que eran su fuente y pasión a los que dedicaba su vida, se nutrían sus sueños de navegante. Porque Cristóbal tenía ya sus propias divagaciones personales; que lo hacían soñar con encontrar un nuevo mundo, y así convertirse para la posteridad de la humanidad, en un héroe. Además en lo que serían sus futuros viajes marinos, Cristóbal pensaba encontrarse con dragones, serpientes, demonios, aves,  monstruos de leyendas nunca vistos, y por supuesto con enormes e imaginarias bestias de los mares, por lo que debía ir preparado para tales travesías. Claro que dichas ideas y sueños que tenía Cristóbal, no eran compartidos por las masas, sino que eran contenidos muy propios de él, íntimos e individuales. En los que radicaba su espíritu de creerse un futuro héroe, con un valor que tendría posteriormente; y que soñaba con ser universal; por ser sueños muy personales e idealistas. Porque la meta que tenía Cristóbal de ser héroe, en contraposición y contradicción a lo que le planteaban las masas, tenía por finalidad expresar su más profunda genuinidad, vale decir autenticidad y de esta forma demostrar que su imaginario legado, algún día servirá para la humanidad dando expresión a un aspecto del alma humana individual, hacia lo universal. Debido a que lo que planteaban las masas, era que los proyectos que exponía Cristóbal, sólo eran un legado de su imaginación, vale decir correspondientes a sus desbordadas fantasías propias del campo de los mitos, por consiguiente creados por el hombre. Claro que eran tantas las divagaciones y sueños de Cristóbal, que en más de una ocasión, las masas lo tildaban de trastornado, por creer que sus contenidos  abarcaban todos los tiempos y lugares del mundo, representados por símbolos desconocidos eran sólo producto de su desbordada imaginación, vale decir contenidos de la psique humana que están más allá de la razón. Y dichas materias trascendían todo lo conocido convencional y culturalmente por las masas, que tenían sus prejuicios arraigados fuertemente a la religión católica. Ya que las masas eran muy dogmáticas, en lo        que se refiere a sus planteamientos de religión; debido a que los sueños de Cristóbal tenían total relación con la naturaleza inexplorada por el hombre. De esta forma las masas sostenían que si Cristóbal hiciera realidad sus proyectos, sería como enviarlo por medio de un metafísico  viaje hacia la luz, o hacia su muerte; existiendo la posibilidad de encontrarse con lo desconocido porque no sabría con qué se encontraría al final de él. Si con monstruos de leyendas, hombres, riquezas, o si es que volvería de tan arriesgada, inviable e instintiva empresa. El planteamiento que tenían las masas, debido a su dogmatismo era objetivo e incuestionable; frente a las ideas  personales de Cristóbal, por ser estas, de naturalezas personales y subjetivas, propias de un soñador, ya que ellas albergaban sus propios deseos personales, y de esta forma consideraban a Cristóbal como un quimerista irreflexivo. Y como todo soñador incorregible, Cristóbal anhelaba con cruzar el mundo, llegando al lejano oriente desde Europa navegando por el Atlántico rumbo al oeste, por exponerla a las masas sus teorías consistentes en el tamaño de la esfera mundial más pequeña de lo que realmente es; y creyendo estas especulativas exposiciones plantearía que existirían tierras más cercanas a Europa. Entonces Cristóbal fue el primer navegante en llegar al nuevo mundo, estableciendo el comercio y el nutriendo de alimentos que no tenían las masas, como tabaco, maíz, papas, cacao, pimiento, zapallo y poroto entre otros; logrando ser un héroe para las masas, y también uno universal para toda la humanidad.

fin

Seudónimo: Jorge Santhos.

 


 

                  29.- SUEÑOS DE AMOR

Rosita, nació en un apartado pueblecito, era de estatura pequeña, la mirada triste como campanadas de media noche y con unos ojos de botón mal cosido que bizqueaban tras unas gruesas gafas de pasta negra, colocadas más por antifaz, que por necesidad. Una naricilla historiada como mascarón de proa y una pequeña cicatriz que la montaba guardia en el mentón, terminaban de cincelar su rostro. A veces esbozaba una sonrisa doliente que denunciaba una tristeza infinita, acompañada de un aire con leve porcentaje angélico. Era delgada como un sarmiento y tan escueta en la palabra como parca en el alimento. Casi no pensaba y apenas intuía. Tenía un padre albañil y una madre mártir que hacia milagros guisando con el escaso presupuesto. Con suerte, las monjas la enseñaron a coser y bordar, y una vez adquirida la habilidad monjil y después de haber intimado un tanto torpemente con las cuatro reglas, a sus dieciocho años, y con más suerte todavía, sus huesos y poca carne fueron a dar a un taller de modista en la capital. Rosita, no era guapa y no exageraba escote, tal vez por eso el amor todavía no había llegado a ella, lo hacía con una tardanza del que su barato reloj era fiscal. Rosita, se imaginaba el amor, pero con su poca imaginación, imaginaba bien poco, por más imaginación que ponía. Algunas veces sacaba lágrimas del estuche de sus ojos, pero lloraba de ojos para abajo que es como más duele llorar. Con resignación de clientela de dentista, y angustia de pez recién pescado, se consoló con la lectura, y de tanto leer, incluyó en sus sueños, amores, aventuras y piar de pájaros. Rosita, nunca encontró el amor y se enfrentó de palabra y obra con su destino que no había solicitado.

Seudónimo: Esteyner

 


30.- Tú y yo

 

Hace demasiado tiempo que vienes llamando mi atención. Al principio era simple curiosidad, intentaba acercarme a ti con el propósito de fortalecer nuestra extraña relación, pero pronto me di cuenta de que era tarea imposible y ese mismo motivo hizo que mis pretensiones degeneraran en obsesión. Hiciste que mi corazón se hinchara y te persiguiera día y noche. Pero… ¿noche? ¿He dicho noche? ¿Qué es eso? ¿Quién es el privilegiado que puede disfrutar de semejante lujo? No seré yo, un individuo condenado a retirarse cada día a la puesta de sol, un ser que nunca ha salido después de la caída de la tarde, momento en que se encierra en su madriguera y no se deja ver hasta el siguiente amanecer. ¿Eres una nocherniega, una crápula, una noctívaga? ¿Y yo, qué soy, un madrugador, un tempranero, un amante de la luz del día? Permíteme dudarlo. Al menos mis propósitos van más allá de todo eso. No hay nada que ansíe más que salir de noche y conquistarte, besarte, hacerte el amor. Porque te quiero, porque no puedo vivir sin ti. Pero Él, el Todopoderoso, el que rige nuestros destinos, nos creó para vivir situaciones diferentes, nos hizo incompatibles. No podríamos llevar la misma vida por más que nos dejáramos la piel en el intento. Porque lo tenemos prohibido. Porque lo que a ti te alimenta a mí me enferma. Porque estamos hechos de energía y materia diferentes. Es nuestra penitencia. El sexo entre nosotros está visto como algo sucio y escandaloso. Pero nunca me cansaré de seguirte, de ir detrás de tus faldas, de llevar con resignación la cola de tu vestido de boda en una eterna luna de miel que me va apagando con el paso del tiempo, porque mi vida, como la tuya, tiene un límite. He de ser sumiso, lo sé, y aceptarlo a regañadientes, pero lo sufro por las noches, cuando te veo salir espléndida, repartir tu luz blanquecina a cada pareja de amantes, iluminarlos con tu destello azulado. Y yo, por mucha prisa que me doy, nunca consigo alcanzarte. ¿Te gusta mirar desde arriba a los enamorados? ¿Te gusta espiarlos? Cualquiera diría que disfrutas haciéndolo. Sé que derrochas amor, que te ofreces en cuerpo y alma sin pedir nada a cambio, que regalas tus sentimientos y tus emociones… a todos menos a mí. Sin embargo, creo que se te olvida algo: nunca podremos estar juntos, pero tampoco podremos ignorarnos. Nos necesitamos. Nos alternamos, eso es todo, nos complementamos. Somos la noche y el día, el sol y la luna. Nos tenemos el uno al otro, aunque siempre sea a distancia, con la limitación que imponen el tiempo y el espacio. Pero hay un momento, corrijo, dos momentos a lo largo del día, que nos pertenecen a ambos, en los que puedo hablarte de tú a tú, en los que permites que ponga mi brazo sobre tu hombro y te haga la corte, aunque solo sea por unos minutos.
          Benditos momentos.
          Bendito amanecer.
          Bendito anochecer.


 

31.-La muerte del soldado Miguel de Cervantes

 

El mar os recuerda esta noche que sois humanos.

Hasta hace unos días nada podíais perder, y el miedo no habitaba en vuestro vocabulario, sin embargo de vuelta a España después de cinco años de cautiverio en Argel, la vida ha cobrado de pronto un nuevo valor. Mecidos con furia entre maderas, en algún lugar a medio camino de todos los lugares, teméis no llegar a disfrutar en tierra de la recién recuperada libertad. Ese es el motivo por el que, encerrados en la bodega, habéis decidido contar por turnos historias que os alivien la angustia. El primero en hablar es Alonso, un manchego recio, alto y seco en carnes, de rostro enjuto, largos bigotes caídos y nariz corva y aguileña. Narra cuentos de caballerías, hazañas de un hidalgo loco que se enfrenta con gigantes. Celebráis, entre aplausos y risotadas, sus ocurrencias, que se hilvanan en cascada durante horas.

Entonces sucede.

Te giras hacia tu compadre Miguel, y en su rostro, en lugar de una sonrisa, encuentras un gesto nuevo, indescifrable, que atribuyes a la emoción por el regreso a casa. En realidad, si algo conocieras de pintura, o de filosofía, o de religión, habrías asociado la mandíbula desencajada de tu amigo, sus labios temblorosos, y sus cejas arqueadas, a la imagen de un asceta al que le estuviera siendo revelada una verdad incuestionable, o a la de un viajero que descubre el camino hacia un mundo inexplorado del que ya nunca podrá escapar, y habrías sabido, pues aún no lo sabes, que en este preciso momento, ante tus ojos, está muriendo el soldado Miguel, y está naciendo el genio Cervantes.

 

Seudónimo: Voynich


32.- MIS ENCUENTROS CON LA FAMILIA

 

        Ya conozco a todos los miembros de la familia.

        Mi primer contacto fue con ella, nos encontramos una tarde lluviosa de mayo de mil novecientos noventa y cuatro en la Feria del Libro de Madrid. Me cautivó al instante con su mirada dulce, emocionada y la sonrisa siempre prendida de los labios. ¡Una romántica total!

        Con él conecté meses más tarde, cuando se hicieron novios. Acababa de terminar la carrera de matemáticas y tópicos aparte, se le notaba. Además de tímido era serio, pausado, me observó con curiosidad e interés como un buen analizador. ¡Me gustó!

        La nueva generación es distinta, totalmente diferente: otra historia.

        Conocer a su hijo mayor, el alocado adolescente, ha sido todo un reto. La experiencia me ha dejado profundamente marcado, con una huella «indeleble».

        Su hermana gemela, aunque tenga los mismos años es más equilibrada y madura. Me ha tratado con mucho cariño. Me consta que le he caído bien. ¡Ella a mi también!

        El benjamín, preguntó ayer mostrándome a su madre: «Oye mamá, ¿Quién es Platero?».

        —Un borriquillo encantador, léelo, te gustará.

        ¡Qué emoción! Ahora estoy en sus manos, me está leyendo. ¡Todo comienza de nuevo!  

 


33.- SENTIDOS AGUDOS


Nos conocíamos tanto que ya habíamos empezado a fastidiarnos. No hablábamos, no era necesario, cada uno sabía lo que el otro estaba pensando. Queríamos golpearnos hasta desaparecer el rostro como si intentáramos pintar la imagen de la muerte con sangre sobre un óeo imaginario. Conocíamos muy bien nuestra forma de vender, el tiempo que demorábamos en hacer la digestión, el número de veces que exhalábamos mientras se vaciaba la vejiga y los sentimientos de los personajes que merodeaban por nuestros sueños.

Su nombre y el mío eran socios en la escritura de la casa, su colchón y el mío formaban uno solo y, rodeados de silencio, su cuerpo y el mío se ataban bruscamente cada noche como la manera más eficaz de mostrar nuestro desprecio. Lo peor de aquellos días era que habíamos comenzado a parecernos más de loq ue alguna vez nos hubiera gustado. En la oscuridad, con los ojos abiertos, los corazones se confundían en los oídos; a pesar de unos centímetros de distancia no lográbamos distinguir entre sus latidos y los míos. Parecíamos un solo ser cuando no había luz y solo bocas cerradas: sentía aún su saliva en lamía y ella mi sudor impregnado en sus entrañas. Nos parecíamos tanto que, a ratos, me perdía sin darme cuenta en su extrañeza, mi cuerpo reposaba en el de ella y su mente divagaba en la mía.

Por la mañana todo era calma en las miradas, pero eso tan solo era un efecto en la luz del sol. Al llegar a la cocina, donde la iluminación era muy poca, veíamos la silueta del enojo en el fondo de nuestras expresiones. Sabía que el tiempo lo perdía compartiéndolo con ella, así que decidí enfrentar la rutina de mis días asegurando un nuevo trabajo y una nueva casa. Fui así que, al cerrar la puerta de la calle, volteó a verme y se lo dije como si le hubiera vertido aceite caliente en la nuca, me mudo. Se fue con prisa, con los pies más agitados que el día anterior. No la seguí. Entré a la casa y, en una bolsa, guardé un libro, un pantalón y una camisa. Mi plan era volver a la mañana siguiente por más ropa. Me peiné cuidadosamente y puse la peinilla de nuevo en el bolsillo del pantalón. Al salir del cuarto la vi en el comedor con ojos de sapo y actitud arrogante. Enseguida se levantó y arrugó el mantel con una mano. Mis ojos no lloraron con los suyos por lo que mi esfuerzo iba bien. Mis rodillas tampoco se desplomaron ni mi garganta estalló en gritos desesperados. Había recuperado la individualidad.

Se sumergía en lágrimas mientras cubría su rostro con las manos y aproveché  que no me veía para dirigirme hacia la puerta de la calle. Ahora gritaba más fuerte. Lo hacía con tanto empeño que la puerta tambaleaba al compás de su alboroto. Le lancé la bolsa rápidamente y después de que su nariz, por desgracia, se rompiera me puse el sombrero que había colgado en la pared. La puerta aún se movía de manera asombrosa, así que me paré en la punta de los pies y, sin pensarlo más, dejé entrar al puma y cerré con cuidado. Nunca más supe de Sara.

 


 

34.- Nunca hablamos de Brahms

       —Nunca hablamos de Brahms.
       Conste que Brahms me importa un rábano, pero de alguna manera debo iniciar la conversación sin parecer un energúmeno. Impensable atacarla con: “¡Pero mirá que tiempo loco! Este calorcito en pleno invierno”, cuando todos sabemos que en Junio siempre llega una semana de calor a contramano. Por eso hablo de música, una materia en la cual puedo improvisar sin hacer el ridículo frente a Nidia, a pesar de que ella es una concertista internacional y yo apenas un dilettante. Porque siempre nos unió fue la música. Aún a la distancia. Aunque exagero al decir “unir”. Nuestra “unión” se limitó a tocar el violín (ella) y escucharla (yo) en un estado de hipnótico arrobamiento. Y menciono a Brahms mientras cumplo con los saludos, con las fotos y con las bromas del reencuentro de egresados del bachillerato, para evitar nombrar a Dvorak. Temo que ella remonte veintidós años, y recuerde mis ojos nublados de ensueños al escucharla ensayar Humoresque acompañada por un disco de pasta dura girando en el Wincofon. Escucharla, y al mirar sus cabellos resbalando sobre sus hombros decidir que ella será mi amor eterno, con el frágil concepto de eternidad que disponemos a los quince años. Y jurarme que se lo declararía, algo que nunca hice; ni esa tarde ni ninguna otra. Por lo tanto, mejor evitar Dvorak. No conviene invitar a fantasmas que nos reprochen antiguas cobardías.
       —Recuerdo este árbol. Sí, lo recuerdo.
       ¡No hay caso! ¿Para qué habré pulido con tanto empeño mis primeras palabras? Esquivó a Brahms como a una baldosa floja. ¡Y por un árbol! ¡Qué sé yo de árboles! Si apenas distingo un pino de un plátano. ¿Y ahora, cómo seguir?
       —¿Cruzamos?
       No se me ocurre otra cosa. Sólo caminar. No sé a dónde. La tomo ligeramente del brazo para cruzar la calle. Ahora bien, admito algo que, no digo que me avergüenza, pero casi. Nunca antes la había tocado. Jamás. Jamás de los jamases. Y al tomarle el brazo me sacude un temblor eléctrico. Me creía inmune a este tipo de chiquilinadas, pero los ataques de nostalgia no respetan edades. Respiro profundo para rehacerme. Caminamos por la costanera. Hay un viejo absorto en su pesca. El río está manso. Los sauces acarician la corriente dormida. Enfundo mis manos en los bolsillos de mi campera. “¡Qué lindo encontrarte!”, exclamé. Tal vez no sonó tan bobo como parece al leerlo. Ella sonrió. Unos minutos atrás, al desperdigarnos al término de la ceremonia, le dije “Te acompaño”. Podría haberse rehusado, pero para mi suerte aceptó. Nos alejamos del bullicio para caminar por un laberinto de veredas angostas, ligustros, y recuerdos en tono sepia.
        —¿Querés caminar hasta el colegio?
       Esto tiene un solo nombre: regresión. ¡No puedo ser tan infantil! Pero ya está dicho. Cruzo los dedos y espero lo mejor.
       —¿Por qué no? ¡Sí!, buena idea. Vamos.
       Intento enhebrar recuerdos. Alguna estudiantina, algún amigo en común. Hago memoria, pero al bajar un pie a la calle un auto a toda velocidad pasa a centímetros de mi nariz. El sobresalto deshilacha la nube en la que viajaba.
       —¿Vos no te volviste a casar, no?
       Dispara su pregunta mirándome a los ojos. Titubeo. Hubiera preferido que me atropellara el auto.
       —Eh… No. No se dieron las… ¡Qué sé yo! Esas cosas, ¿viste?…
       Respondí a medias. Odio hablar sin decir nada. ¿Qué no se dio? ¿Qué cosas? Expliquemos. ¡No! Mejor no explicar nada.
       —Te dio miedo a empezar de nuevo, ¿verdad?
       ¡Qué bonito, eh! Meter el dedo en la llaga. ¡Así no vale! Sí, tenés razón. Tuve miedo, ¿y qué? Tuve miedo de volver a creer en alguien. De confiar. De equivocarme otra vez. No contesto. Prefiero callar y asentir con un matiz de melancolía.
       —Yo también tuve mis buenas metidas de pata. —Dice despreocupadamente, como si confesara un aplazo en geografía. Ella no lo sabe, pero acaba de redimirme.
       —¿Vos nunca te fuiste, no? ¿Siempre te quedaste en el pueblo?
       Otra pregunta a quemarropa. Respondo con una sonrisa indefinida que podría ser de orgullo, pero que es de arrepentimiento por las oportunidades perdidas. Anhelé viajar, conocer, arriesgarme. Quizás convertirme en otra persona. Pero los cobardes siempre encontramos excusas razonables.
       —Yo, en cambio, viajé demasiado.
       Un perro nos asusta con ladridos a traición. Respondo con un insulto destinado a él y a sus antepasados caninos. Caminamos. El viento nos golpea el rostro. La despeina, pero a ella no le importa. Se oye una sirena lejana.
       “Siempre te esperé”, murmuro por lo bajo. ¡No! Miento, sólo lo pienso. Lo callo como lo hice ante aquella niña de cabellos color miel, que en una siesta de noviembre interpretó la música de Dvorak como un aprendiz de ángel. ¿Por qué no confesárselo ahora? ¿Qué más puedo perder? Reímos. Nos miramos. Estoy a punto de decir una tontería. Me contengo. “Siempre te esperé”. Retengo la respiración, tomo fuerzas, pero ella mira su reloj.
        —Tengo que volver. Me quedaron varias cosas por hacer, y el viaje es largo.
       Tartamudeo. Dijo “Eh... sí... claro...” Palabras sin conexión.
       —Lo pasé muy bien. —Es inevitable, siempre alguna zoncera se me escapa.
       —Yo también. —Responde con amabilidad. Tengo miedo que quizás sea una respuesta más amable que sincera.
       —Tendríamos que repetir este paseo, ¿no? Pero con más tiempo. Tomar un café. Hay tantas cosas de las que me gustaría hablar.
       La miro. Permanece suspendida en el aire, en el tiempo, en mi vida.

       —Sí, sí, claro. Cuando quieras. Además, como vos dijiste, nunca hablamos de Brahms... ni de Dvorak.

Seudónimo: Aníbal Molinero

 


35.-


36.- Hablemos de luces​
 
 


 
Voy​ a contar otra vez todas y cada una de las lucecitas que se ven desde este cuarto. Una, dos... Novecientas quince, novecientas dieciséis... Ochocientos diez mil tres, ochocientos diez mil cuatro... Son más de quince millones de lucecitas; cómo dices que se llama esto. Ciudad de México.
           Peinando el monte con perros, helicópteros y demás faramalla policial, apareció por fin uno de los uniformados que, con voz hiriente para el oído, gritó: Aquí está, aquí está. 
           Si vienen por ti no los voy a dejar. ¿Escuchaste? No voy a dejar que te lleven. Vamos a quedarnos juntos, juntitos. Tú eres el único que me quiere. Tú y nadie más, no voy a dejar que te lleven, nunca nos van a separar.
            Las luces mordieron con rapidez aquel rostro estupefacto. Tanto la policía como los empleados del hospital escanearon en un instante los arbustos.
           No te voy a dejar, no te voy a dejar.
           Los perros ladraban entre los claroscuros del monte nocturno, pero el plenilunio era delator y la tela de la araña luminosa envolvía a la presa.
           Voy a bajar, cambio, dijo el primero de los policías. Unos cuantos enfermeros bajaron también, detrás suyo. Las cámaras seguían sus movimientos. El cerco se estrechaba. La periodista no pudo acercarse. Los helicópteros sobrevolaban la zona.
            No, no se lo lleven, no se lo lleven. No voy a permitirlo. Diles, explícales que eres lo único que tengo. Regresa. No... No se lo lleven…
           Entre varios empleados lo treparon a un helicóptero del hospital y, tan rápido como llegaron, se fueron. La policía duró más tiempo para tranquilizar a la horda de periodistas molestos que no habían conseguido ni una toma. Después, como por arte de magia, ellos también se esfumaron en la niebla.
           Polvo en el rostro, rimel, labial. La señorita se acomoda el cabello, saca el micrófono de su bolso y mira, cara a cara, al camarógrafo. Detrás de ellos, de escenografía, el sitio de la detención. Cuatro, tres, dos…
           — Hace apenas unos momentos fuimos testigos de la captura del prófugo del Centro para Pacientes con Trastornos Mentales, que llevaba día y medio afuera de las instalaciones. Elementos de Protección Civil, con uso deliberado de la fuerza y, me atrevo a decir que hasta con brutalidad, nos han despojado de cámaras y equipo informativo sin el cual no podemos realizar nuestro trabajo para informarles a usted en su hogar. Sin embargo, esta reportera, arriesgando su propia vida, se metió en las entrañas mismas del suceso. Somos el único medio informativo transmitiendo la captura... A punta de palos, dando dentelladas como bestia, tirando golpes a todos los elementos... Pero ya está camino a la clínica de rehabilitación. El momento crítico ha pasado, podemos salir nuevamente a la calle…
            Y... Corte.
           — ¿Sabes que con esto te vas a ir para arriba? —le dice el camarógrafo mientras, con una gran sonrisa marcada en el rostro, la periodista coge un pequeño espejo de su bolsa. Ve su cara reflejada en él y entonces pregunta: ¿Cómo estuve?
           En el helicóptero, ya amarrado por una camisa de fuerza, el hombre mira su faz deformada en ese metal plateado.
           … Ya jamás te voy a dejar. Vamos a quedarnos juntos. Siempre voy a estar contigo, contigo. Vas a ver. Nadie nos separará nunca. Te quiero...


 

37.- Arlequín

 

Lorena dobló sus rodillas y con sus manos enguantadas sostuvo entre sus dedos el papel. En él había escrito una lista con muchos nombres. Sus ojos aguamarina recorrían una y otra vez la nota, como si mezclando las letras diesen otro significado, pero no lo encontró. La lista, repleta de nombres femeninos tachados, no era más que la lista de sus víctimas como de aquel quien hace la de la compra.

Con un gesto manual de Lorena, cuatro agentes de policía entraron a investigar la escena del crimen. Aquel sótano era un auténtico espectáculo, que solo era mostrado en las más cruentas películas de terror. En medio de la enorme estancia, un sofá lleno de manchas entorpecía el paso. El relleno de los cojines estaba tirado por el suelo. Por las paredes, letras escritas en rojo atrajeron las miradas de los policías. Lorena prefería pensar que solo era pintura.

El suelo de piedra estaba lleno de grietas, comida podrida y pintadas blancas. Lorena pudo divisar el juego de la rayuela dibujado en tiza, y un poema incompleto de Bécquer. En un corcho en la pared izquierda, las fotografías estaban sobrepuestas. No había hueco en dónde poner más. Todas ellas eran de niñas de entre cinco y diez años.

Lorena comenzó a ojear nuevamente la lista, paralizada.

-María García, Sierra Fernández.-Susurró en voz baja los dos primeros nombres de la lista, mientras comenzaba a recordar.

El Jueves, 12 de Marzo de 2013, el asesino conocido como “Arlequín” esperaba en la puerta de un colegio. Arrastraba un carrito de dulces que ofrecía a los niños pequeños. Todos ansiaban cada jueves su llegada. Arlequín auguraba que alguna niña entre ellos viniera sola, y fuera lo suficiente ingenua para caer en su trampa.

-Te cambio un caramelo por una sonrisa-Decía en tono amigable hasta que la niña caía en su trampa.

-Alba González, Susana Crespo.-Lorena continuó pronunciando los dos siguientes nombres

Cuando Arlequín conseguía ganarse su confianza, llevaba a la niña de la mano hasta lugares similares al que estaban pisando en este momento. La niña, impaciente, preguntaba por sus dulces prometidos. Pero en lugar de dulces había cadenas, en lugar de sonrisas un silencio que duraba meses, y en vez de amabilidad, tristeza.

-Lucía Rivero, Cynthia Álvarez.-Prosiguió, llegando a los penúltimos dos nombres.

Los meses pasaban y Arlequín nunca pedía recompensa. Él solo quería una compañía que le hiciera sonreír, y cuando esta le aburría, acababa con su vida de la peor manera posible. No pasaban más de cinco meses hasta que el cuerpo inerte de una inocente niña aparecía en un claro del bosque, debajo de un puente o en las aguas de un río turbio. Siempre estaba intacta, salvo por una sonrisa permanente grabada con la punta de su cuchillo. Era desgarrador. Cada joven sufría el mismo destino sin remedio, sin posibilidad de pedir plegarias.

Salvo una, que logró escapar de aquel infierno y actualmente daba la vida por encontrar al lunático que le había hecho saber lo que era el dolor a la edad de siete años.-

Lorena leyó los dos últimos nombres.-Celia Márquez, Lorena Pérez.-Este último era el único que no estaba tachado.

En ese momento, el latir de la agente de policía parecía estar masticando cristales. Sus manos temblaban a la vez que sus recuerdos aparecían fugaces en su memoria.

-No hay nadie aquí, lo siento-Su compañero le informó. Arlequín no estaba en aquel sótano, y su misión de vida volvía a fracasar como los tres anteriores intentos. Aquel hombre huía y se escondía mejor que nadie, y Lorena estaba segura que volvería a aparecer algún día. Si cerraba los ojos,  podía recordar su aspecto psicótico. Si agudizaba el oído, podía escuchar su risa tan clara como su propia respiración. Tenía miedo de que al volver a abrir los ojos, pudiera notar su mirada desde algún punto recóndito de la habitación.

A prisas se marchó, tirando la nota en el suelo. El resto de agentes de policía no tardaron en seguirla y acordonaron con cinta amarilla el lugar. Una mano pálida agarró la nota y después tachó el último nombre de la lista.

Una risa estridente hizo eco en la estancia.

Seudónimo: MadamNegra


 

38.- VENTOLERA


Viento,  alguna veces  oxigena donde hay calor, pero otras veces arrastra y se lleva todo lo que encuentra, a veces ese viento sacude el corazón de quien se lo encuentra sacudiendo su vida, sacudiendo su historia…

Y así fue como el viento llegó a nuestra vida, a nuestra tranquila de vida, de un pueblecito del interior de la península, así fue como sacudió todo lo bueno que había en nuestro hogar, así fue como con su sonido se llevo nuestras risas e implanto su silencio, porque después del viento, solo queda miedo…

Este viento llegó a nuestra vida convertido en mujer, en una bella mujer que se hospedaría en el pueblo, con una pequeña maleta para quedarse solo unos pocos días, pero que se convirtió en viento huracanado, que se convirtió en nuestra ventolera…

Ventolera que se coló por las ventanas de mi hogar, el día que yo, María, la recibí en mi casa como una forastera,  ella era representante y solo iba a estar  unos cuentos días, quizás como mucho unas cuentas semanas, por eso me pareció un gesto de hospitalidad brindarle mi amistad y mi casa.

Pero el viento es caprichoso, y no entiende de límites ni de lo que está bien o mal, pronto esa ventolera, puso sus ojos en mi marido Carlos, él era un hombre de campo, de piel morena y de aspecto fuerte, nunca se había cuidado ni ido al gimnasio como los hombres de la capital, para él su gimnasio era su campo y su vida yo y mi pequeño hijo, pero aquella ventolera pronto muy pronto le sacudiría el corazón, o quizás más bien le sacudiría la piel.

Esta ventolera de ojos verdes y de aspecto refinado, pasaba horas y horas en mi casa, sobre todo por las tardes que no trabajaba, juntas compartíamos momentos de risas y muy pronto de confidencias, yo estaba feliz, por fin había llegado al pueblo alguien diferente, alguien con ese soplo de aire fresco tan necesario, alguien con quien poder compartir buenos momentos, lo que nunca pensé es que ese aire fresco fuese adueñarse de todo, de todo lo que yo amaba.

En verdad esa era su intención, en nuestras charlas a menudo me preguntaba por Carlos, fue poco a poco, como el viento sigiloso, colándose por las rendijas, extrayendo más y más detalles, conociéndolo un poco más a través de mis sinceras palabras, y así en esa toma de confianza, me comentó un día que su mayor ilusión al trasladarse a un pequeño municipio rural, era conocer sus costumbres y sus tierras, y con un tono dulce, como la brisa del mar, me preguntó si a Carlos le importaría llevarla cuando pudiera a enseñarle las labores típicas del campo, a mí no me parecía mal, era lógico una chica de ciudad se sentiría atraída por todo lo nuevo que ahora la rodeaba, y por supuesto rápidamente acepte su propuesta.

Esa noche cuando Carlos llegó del campo, le propuse que se llevará algún a nuestra particular ventolera, él al principio, reconozco que no le gustaba mucho esa idea, pero Carlos por aquel entonces era el esposo generoso y complaciente del que yo me enamoré, y él que no me podía negar nada, así que finalmente aceptó a llevársela al campo.

Esa tarde, la recuerdo perfectamente, llegó a la casa preguntando por Carlos, para que le enseñara el campo, iba especialmente bonita, especialmente perfumada, como el viento en primavera, pero tampoco no le di mayor importancia, y desde la ventana los vi marcharse…

Pero esa ventora, cambió algo en Carlos aquella tarde, cambió algo en nuestra vida, que no sabía en ese momento explicar, pero sé que cuando llegaron él me miraba diferente, estaba diferente al resto de los días, como si el viento se empezará a colar en su corazón.

Y ya se sabe, el viento aprovecha cualquier resquicio para meterse y asentarse, y así esta ventolera se fue ganando el corazón de Carlos, al principio su amistad, pero luego fue su amor, yo diría que su devoción, o quizás su obsesión.

Carlos ya estaba impaciente y nervioso por su llegada, ahora ya quería verse más joven, se cuidaba más su imagen personal, y yo me fui dando cuenta que aquel viento había llegado para quedarse y llevarse por delante los cimientos de mi hogar.

Pero ya se sabe, el viento va y viene como quiere, y no tiene dueño ni le gustan que lo enjaulen, y así nuestra ventolera pronto se cansó de Carlos y buscó en otro chico del pueblo, nuevas diversiones, nuevas compañías, y ya no tenía tiempo para sus paseos por el campo.

Carlos enfurecido, corrió por todo el pueblo, como jamás lo había visto, y enzarzándose en una pelea, acabó con la vida de aquel mozo del pueblo, pronto llego a mis oídos la tragedia, y entre lágrimas corrí a visitarlo en su celda, Carlos entre llantos me confesó que se había enamorado de aquella forastera, que algo lo enloqueció y como un fuerte viento le sacudió el corazón, yo  simplemente le prometí cuidar a nuestro bebé y hacerlo un buen hombre, más no podía ofrecerle…

Ahora ya han pasado veinte años desde aquel día, nuestro bebé ya es un hombre que huye de los vientos, de Carlos no volví a saber nada de él desde que salió de prisión, según él mismo me dijo en su última carta, no quería volver al pueblo, y nuestro hogar ya estaba roto, o quizás como me dijo era el momento de cambiar de vida, de reinventarse de nuevo, o de simplemente buscar otros vientos…

 


 

39.- LAS NIÑAS

           Los niños de la escuela lo habían aprendido bien: “Todos somos iguales”. A pesar de su corta edad, se lo habían repetido tan insistentemente que no cabía lugar a dudas, porque eso era una cosa muy seria y si lo decían los mayores debía de ser así.
            Hasta la fecha nadie había reparado en el asunto, y todos vivían todo lo felices que se puede vivir en uno de los países más ricos del mundo. Sin embargo, un día, en una de esas maratonianas y habituales jornadas en donde se preparan actividades lúdicas de todo tipo para alejar a los niños de los libros, no sea que se vayan a traumatizar, hicieron volar un dron sobre el patio del recreo para tomar unas imágenes que quedarían muy bonitas para luego decir en la página web que el cole era un lugar muy chupi. Sin embargo, cuál sería la sorpresa de la superioridad cuando alguien se percató de que la mayor parte del patio estaba ocupado por los niños —futboleros en su mayoría—, mientras que las pobres niñas, que apenas se veían, estaban arrinconadas sin acceso a un espacio común que, en puridad, era de todos.
En un santiamén, un tuit apareció en las redes sociales con una fotografía que demostraba la ominosa situación y las redes antisociales ardieron de verborrea impronunciable y elegida democráticamente. Se criticaba al colegio, se criticaba el dron, se criticaba al gobierno regional, al ayuntamiento, al ministerio, a los profesores, a los niños…
           Al día siguiente, cuando ya nadie se acordaba de nada, los lentos y burocráticos senderos que se bifurcan de la Administración se pusieron a trabajar para atajar tan peregrina y machista situación. El gobierno regional contrató a una consultora externa para que analizara la situación; el ayuntamiento mandó un equipo de psicólogos para entrevistar a padres y maestros y realizar informes sobre el día a día en el centro; los inspectores educativos analizaron meticulosamente el Proyecto Educativo de Centro, el Plan de Formación, el Plan Lector, las Normas de Convivencia, la calidad de los bocadillos de chorizo que llevaban los niños, la ingesta de calorías de la bollería que portaban en sus mochilas, cómo de afilados estaban los lapiceros que portaban en sus estuches, la calidad del agua que salía de la única fuente del patio y la temperatura en las aulas para hallar respuestas ante semejante aberración estadística. Por último, aunque no menos importante, los maestros hubieron de realizar tantas reuniones que algunos de ellos optaron por dormir con un saco y una esterilla en un aula asignada, pues tantos informes debieron redactar que no les quedó otra.
            Muchos padres se manifestaron a la puerta de la Delegación del Gobierno para exigir igualdad real en el patio del colegio. La foto se exhibía como prueba irrefutable de que el mantra de la igualdad era tan solo una mentira repetida mil veces.
            Finalmente, y en decisión salomónica, se gastó un buen dinero que el colegio no tenía para pintar una raya de colorines que delimitara a la perfección la exacta mitad del patio. Se tardó un tiempo en que hubiera consenso sobre qué mitad debían ocupar los muchachos de cada sexo, pero un informe no vinculante realizado por la magna universidad de la ciudad dejó zanjada la cuestión: la parte este sería para las niñas y la oeste para los niños.
           Entretanto, el curso pasaba y el tiempo iba transcurriendo inexorable. Doña María estaba triste y a la par alegre, se jubilaba ese día. Convidó a sus compañeros a un ágape, estos le regalaron un bonito cuadro pagado a escote y, con una palmadita en la espalda, doña María se iría a su casa.
Estaba a punto de atravesar la cancela del colegio cuando se dio media vuelta y regresó a las aulas. A decir verdad apenas había prestado atención a la investigación sobre el “patio gate”, como le llamaban algunos compañeros. Además, como su jubilación era inminente apenas le habían dado la tabarra con el asunto, pero se había quedado con una duda.
           Fue a la biblioteca y, como siempre, estaba llena de niñas, tan solo pudo ver a un par de chavales. Fue al aula de música y la vio también llena de niñas, tocaban una pieza para el festival de final de curso. Las saludó con cariño, como siempre, y ellas le devolvieron con sus sonrisas la generosidad con la que ella había llevado a cabo su tarea durante toda una vida.
Les dijo que la perdonaran por ser tan pesada y que ya estarían hartas de contestar a tantas preguntas sobre el patio, pero que les quería hacer una cuestión. Las niñas respondieron a coro que nunca nadie les había preguntado qué les parecía que los niños lo ocuparan todo con sus partidos de fútbol. Doña María apenas se sorprendió, simplemente confirmó sus sospechas.
           Tras su pregunta, las niñas le contestaron que les daba lo mismo lo que hicieran los niños con sus baloncitos: “se pueden quedar con todo el patio, ya nos quedaremos nosotras con el mundo”, le contestó una de ellas.
Doña María se fue feliz a su casa, con la grata sensación del deber cumplido.

Seudónimo: El Pasicos

 


40.- Novia por…


Amaranto se agarra la cabeza, sentado en la mesa de su bar favorito. Resolvió tomarse una semana libre en los rodajes. Le viene bien tomar un poco de aire puro. Aunque de puro no tiene mucho; muy por el contrario, le atraen los excesos.
Mientras termina su cerveza se le acerca una gringa solitaria. Él le suelta las primeras palabras que le salen. Ella deja aflorar toda su engañada y pisoteada vida sentimental. Quiere olvidarse de aquel execrable tipo. Él le presta el oído. Ella se acerca a susurrarle con su extraño acento; agradecida, con la delicada mano le acaricia las apretadas motas de mulato. Él termina de prestarle el resto de su cuerpo; por una noche de consuelo no se va a negar.
Tres días después, ya instalada en su casa y en su cama, lo invita a formalizar. Él es muy consciente de la parte que le toca con el asunto de los engaños. Amablemente la invita a irse, diciéndole que él para eso es un pésimo partido. Ella se retira, seca, sin hacer escándalos. Él casi se arrepiente, pero se muerde la lengua para no remorderse la conciencia. Ahora es él quien se siente desengañado. Qué raro el aire que respira. Ahora es Amaranto que trata de olvidar, sintiéndose despechado por la vida.
Otra velada en un bar diferente. Mientras Amaranto sorbe con sus gruesos labios la segunda copa de un trago bien fuerte, se le acerca una chica que se había colado. No tendrá más de catorce. Lo conoce de verlo a hurtadillas en las pantallas. Se muere de ganas por pedirle que la inicie. Le clava los chispeantes ojitos de almendra, le sonríe para derretirlo, le arremolina el cabello rojizo. Él pierde la cabeza.
Esa larga noche, él pone todas sus artes al servicio del placer de esa chica, que aprende rápido a dejar de ser una primeriza. Casi no hay chismorreos, no se entienden sus idiomas. Pero es tan fascinante la vivencia que, por gestos, ella le pide cada vez más cosas. Sin saber que él está de verdad enloqueciendo.
La resaca del día después es espantosa. Ella ya se fue. ¿O la habrá soñado? Las marcas color ciruela de lápiz labial en la sábana y debajo de su cintura no dejan lugar a dudas. Ahora puede venir cualquier cosa, desde una noticia de embarazo hasta un juicio por corrupción de una menor. Se siente tan vacío y depravado que poco le falta para caer en una depresión. La cabeza se le llena de chismorreos baratos que le taladran los oscuros sesos.
De pronto, una llamada lo saca de su tremendo pozo.
En cuatro horas lo necesitan para filmar.
Punto.
A trabajar.
Amaranto se apronta. Se sumerge en un baño lo bastante largo y espumoso como para borrar de su piel achocolatada todo rastro de esas cosas raras de los días libres, cuando las aves de paso se hacen reales por poco.
Un mes después, cuando los rodajes con chicas profesionales se vuelven a hacer rutina y aquella licencia licenciosa queda casi en el olvido, se cruza con alguien en un parque. No hay caso, siente debilidad por las gringas. Ébano y marfil. Polos opuestos. Se gustan, se olfatean, se hablan, se enamoran. Pronto la tiene viviendo con él, hasta empiezan a decirse «te amo».
Ella sabe es que él es actor de profesión, no le pregunta nada más. Le alcanza con entender que el corazón de Amaranto es solo para ella. A él tampoco le interesa entrar en detalles. Hasta allí llega su sentido de la decencia. Porque los ojos de almendra clavados en su mente como recordatorio de la inconsciencia de una loca noche duelen mucho más que ocultarle a su novia que trabaja en películas porno.

 


 

41.- Avalancha

_ ¡Yo quiero volver a ver a mi mamá!


El viejo permanecía erguido y con la mirada puesta en la senda desolada. Su brazo tembloroso apenas podía sostener al nieto de tres años. Estaban bañados en barro como si hubieran sido pensados por el Creador. El barrio se había derretido en una colcha espesa y putrefacta sepultando la casa de su hijo y su nuera. Ahora estaban allí aferrados el uno al otro.


_ Abuelito, camine nos bañamos en el río.


Las lágrimas del abuelo se agrietaron en sus mejillas dejando una estela blanca y delgada en su rostro. Tuvo la serenidad para sujetar a su nieto en su regazo. Tan pronto como se reconfortó, dirigió su paso en dirección al río teniendo la certeza de no perder a su nieto. Ya en la rivera, lo pudo observar imponente y profundo.


_ Los ríos tienen memoria _Balbuceó.


Metió una de sus manos temblorosas en la espesura fría y con una voz de cuna empezó a blanquear el cuerpecito de su nieto sabiendo que deberían estar limpios para recibir el nuevo día.


Seudónimo: Vorágine

 


42.- LA GINEBRA DE LOS RECUERDOS


Estoy solo aquí en el boliche, mi refugio para las “ricordaciones”, en la “mesma” mesa de siempre, luego de haberle acomodado una pata con un cartón para que no flameara. Pido una “giniebra”, cuando me la sirven la apuro de un trago, para calentar las tripas y pido otra, esta vez con agua.
Y los “ricuerdos” comienzan a aflorar. Los misterios y los fantasmas, que a veces me taladran la existencia. Los años en la estancia, en donde estuve casi cuarenta años. Las madrugadas, escupir el primer mate en el piso de tierra del rancho, ensillar y salir a recorrer el campo, para ver cómo estaban los “alambraos”, si se había caído alguna vaca y abrir los molinos. Tareas de todos los días.
Traje a la Vasca para el rancho y nos apareamos. La llegada de los Gurises, un casalito, como queríamos, primero el macho y luego la pequeña flor, nos alegraron la vida. Me sentía feliz, tenía todo, trabajo, familia y la vida que valía la pena vivirla.
Un día el patrón, en uno de sus viajes desde la Capital, me dijo: “Por que no té comprás un terreno en el pueblo y levantás una casa, los chicos están creciendo y en algún momento tendrán que ir a la escuela”. Le hice caso, me “juí” al pueblo, compré unos terrenos baratos, lejos del centro y comencé a levantar las paredes. Don Ezequiel, así se llamaba mi patrón, me ayudó con los materiales, fue al corralón conmigo y le dijo al dueño: “Entréguele lo que necesite, yo respondo”. Y respondió. En un tiempo la casa quedó parada. Dos habitaciones, una cocina grande y un baño, dentro de la “mesma”, comodidades más que suficientes. Una bomba, abajo del parral, para tener agua, un espacio más que grande para hacer el jardín y en el fondo el gallinero. Ramira, así se llama la Vasca, se instaló con los chicos cuando comenzaron a estudiar, yo los veía los domingos, mi día de franco, me arrimaba al pueblo, un vecino en su camioneta. Terminaron la primaria y empezaron la secundaria, los dos eran buenos pa’ los libros, así nos decían sus maestros. Yo contento y con un cacho de envidia, porque nunca había tenido esa oportunidad, lo mío fue trabajo y hacerme solo a los golpes, hasta que llegué a la estancia y ahí me enderecé. No tuve ni padre ni madre, me crié guacho. Mi defensa fue siempre el facón, por eso tengo algunas marcas en el cuero, era bravo para las peleas y me hacía valer. Hoy ya estoy viejo pa’ esos trotes, aunque si alguien le faltara a la Vasca, no sé que pasaría.
Un día nos citó el director de la escuela. Fuimos. “No me gusta algunas actitudes de Mario (Mario era mi hijo), anda con juntas que no son aconsejables para los tiempos que corren” -nos dijo-. Salimos preocupados, a la noche lo agarré en la pieza: “En que anda”, le pregunté. Me dijo: “somos un grupo de chicos y chicas que queremos cambiar el rumbo, queremos justicia y sobre todo libertad”, me respondió. Me pareció buena la respuesta, “No me haga cagada” -le dije- y me fui a descansar.
Un día me fueron a buscar al campo, Mario había sido detenido por el ejército al igual que otros compañeros, los cargaron en un camión y se los llevaron. La Vasca removió tierra y cielo, pero nada logró. El cura y el intendente se apichonaron, cuando le pedimos ayuda, se abrieron de patas los muy guachos, o sabían. Yo ya me había resignado, porque el patrón me lo había adelantado, “Remigio -así me llamo- tenés poco para esperar y más de estos hijos de mil putas que matan hasta por las dudas”. Nada le dije a mi compañera, pero a partir de ese día sabía que había perdido un hijo.
Ramira, desesperada por ignorante, comenzó a “dir” a la iglesia los domingos, un domingo la acompañé y fue basta para mí. “Ese cura miente y apaña a los que se llevaron a nuestro hijo” -le dije-. Ella agachó la cabeza y permaneció en silencio. Al rato largó “prienda”: “Sabés lo que pasa, yo no voy a escuchar al cura y menos a rezar porque no sé, a ese lugar sagrado voy a hablar con él, ese es el lugar que elegimos para encontrarnos, porque sé que no volverá por que él me lo dijo”. Avancé unos pasos y la abracé y comenzó a llorar, era la primera vez que la veía en esas condiciones, tuve que sacar “juerzas” de donde no las tenía para pasar el mal trago, por que es dura la Vasca. “Si es así le pondré una cruz en el jardín, para que podamos “ricordarlo”, sin tener que mostrar nuestras miserias” -le dije- y aceptó.
Un día el patrón me dijo: “Sé que tu hija es inteligente, ahora que terminó el secundario, me la llevaré a la Capital, para que ayude a mi señora con la casa, tendrá su sueldo y también que estudiar”. Así partió María, ese era su nombre. Solamente la veíamos en el verano en las vacaciones. Y el patrón cumplió de nuevo. Se recibió de letrada y tiene su propia oficina. También la casó con el hijo de una familia de su amistad, de muy buena posición y nos dieron dos nietos.
La primera vez que nos visitaron, pienso que ella habrá sentido vergüenza del rancho y pararon en un hotel en el centro. Cuando vinieron a la casa, mi yerno quedó encantado, con el jardín, el gallinero, la bomba, el parral, vio la cruz pero nada preguntó. “La próxima vez nos alojaremos aquí, María. Aunque antes haremos unos arreglos, quiero que ese hijo que llevás en la panza, conozca a sus abuelos y su forma de vida que es maravillosa”. María lo abrazó y le dijo, “gracias querido”. Fue decir y hacer, aparecieron de la nada dos nuevas habitaciones, la cocina de leña fue pa´l galpón. Colocaron un calefón y pusieron el baño de primera. Una estufa grande y revocaron el frente. A mí me molestó, pero que lindo es bañarse con agua caliente, sin tener que calentarla. Ahora cuando vienen los nietos, los llevo a la huerta, les enseño a plantar los cebollines, cosechar los tomates para la ensalada del día. Vamos a juntar los huevos al gallinero y también a pescar al arroyo. Por eso el mayor llora cuando deben regresar a la Capital. Ramira los visita seguido, yo fui un par de veces, pero no es pa’ mí la “ciudá”. No la entiendo.
Aquí estoy “ricordando”, mientras apuro la segunda giniebra, en este lugar que es mi segunda casa, donde siempre están los “mesmos”, gente grande y pensativa, como yo, todos tenemos dolores y acá uno encuentra respuestas ayudado por el alcohol, sin necesitar compañía. Le he tomado cariño al boliche. Ahora debo dejarlo y a veces me cuesta hacerlo. Es como un hermano que nunca tuve, nos hablamos con el silencio que los solitarios conocemos muy bien, antes de ir a comer la “pulenta” con salchicha que, hoy, me prometió la Vasca. Cuando salgo, no miro para atrás, porque tengo miedo que sea la última vez que lo vea. Macana, que a los viejos, por ser viejos, nos taladra la cabeza.
Más allá de todo, vivimos bien, no les conté que un día nos llamaron del estudio de un notario por que el Estado nos dio una plata grande, por la desaparición de Mario. Y fue volver a vivir todo lo malo del caso. Mi hija lo colocó en un banco y nosotros retiramos mes a mes lo que necesitamos, que no es mucho. Tuvo que morir mi hijo, para que nosotros viviéramos un poco mejor, me parece alto el precio que pagamos. Aunque otros, en cambio, se mueren de hambre, con o sin democracia. A veces pienso: y  si mi hijo tenía razón. Pagué, me acomodé el poncho pampa, compañero que nunca me abandona, menos en esos días de vientos furiosos y fríos que castigaban mi osamenta, y salí del boliche. Antes cerré bien la destartalada puerta para que no “dentrara” el fresquete de “ajuera”, “pa” dentro.
Ni bien salí, el aire me pegó “juerte” en la jeta. Hace frío. Miré a lo lejos, o lo intenté al menos, mi  vista también ocicaba, no daba “pa” más, que unos pocos metros. Me acurruqué con el poncho y comencé a caminar, lento o todo lo rápido que mis huesos me lo permitían, según se mire.
Siento mucho frío también. . . En el alma, en donde el calor de mi poncho no llega.

 


43.- AMANTES DE AGUA

         

   Lo había esperado toda la noche aún impregnada de su cálido olor. Ansiaba su cuerpo, su silueta desvanecida en el espesor de la oscuridad que los envolvía como si fueran seres de bruma. La noche siempre había sido su cómplice, pero hoy la había abandonado. La había dejado meciéndose en un columpio de soledad que nadie empujaba.
   La luna comenzaba ya a ocultarse entre sus húmedas caderas deseosas de haber sido invadidas por la piel del otro. Porque así podría haberlo llamado, el otro. Pero para ella era él sin más. Un rostro furtivo que aparecía cada viernes atravesando puertas y paredes como si se tratara de un fantasma. Había llegado incluso a pensar que no tenía cuerpo, que no tenía huesos, que flotaba en el aire y penetraba en su cuerpo convertido simplemente en oxígeno. Que con sus manos etéreas exprimía cada uno de sus poros hasta convertirla en una alfombra de sudor.
   Su presencia inundaba la estancia y la hipnotizaba con la destreza de un mago. El sólo verlo aparecer erizaba su vello entre escalofríos. Notaba milímetro a milímetro cómo se acercaba. Un fuego interior se iba avivando con la proximidad de sus pasos.
   Primero tocaba la yema de sus dedos. Luego su cara varonil y áspera. Rápidamente sus lenguas se buscaban transformadas en enloquecidas sierpes que se contoneaban sin parar. Su boca era cálida. Su saliva dulce como el almíbar. Sus brazos fuertes como una muralla milenaria. Esos brazos la aprisionaban y la empujaban hacia el abismo de su pecho, que olía a lluvia de abril y a aire de madrugada. En él se perdía. Las manos no alcanzaban a abarcar toda su grandeza. Después se desvestían presurosos y se entregaban al placer, un oasis húmedo de gozo. Notaba cada uno de sus latidos, tanto fuera como dentro de ella. Los jadeos se habían convertido en la sinfonía de esos encuentros. Un denso vaho era la única manta que los cubría. Giraban, trotaban, retozaban una y otra vez durante toda la noche sintiéndose más y más uno parte del otro.
   Pero esa noche no fue así. Las puertas y paredes de la casa no crujieron advirtiendo su presencia. La cama en la que lo esperaba parecía mucho más pequeña, como si hubiera encogido en medio de un aguacero de agua hirviendo. Los minutos se salían del reloj convertidos en enormes dinosaurios que tropezaban y se tapaban el paso. Un minuto, otro, otro, otro… Toda la vida de ella se había desplegado ante sus ojos como un gran abanico. Había tejido y destejido los segundos cual una Penélope enfurecida. Intentó en vano dejar la mente en blanco para olvidar la angustia de la espera, pero las campanadas del gran reloj caían sobre ella asfixiándola en un océano de plomo. Recorrió la casa, abrió puertas y ventanas llena de un ansia que la carcomía por dentro, incapaz de asumir que, por primera vez en un año, él no estaba. Al final, cansada, se quedó dormida.
   Los primeros rayos del alba la despertaron besando su piel desnuda. Él no había venido…¿por qué? Se dirigió al baño y preparó la bañera. Necesitaba relajarse. En el agua tibia depositó con sumo cuidado sales aromáticas y pétalos de rosas. Se fue sumergiendo poco a poco dejando que el agua lamiera su cuerpo insatisfecho y se dejó llevar por su íntima calidez. De repente, un escalofrío la recorrió desde la cabeza a los pies.  Era como si él estuviera ahí…
   Abrió los ojos. En efecto, él estaba ahí. Pero no tenía carne ni huesos como ella ya se había figurado en otras ocasiones. Era un ser de agua. Un ser lascivo y voluptuoso que la torturaba con su lengua. Sus piernas se abrieron para dejarlo entrar, y de repente ella también se sintió agua. El agua la inundaba, la hacía parte de ella. Sus venas ya no contenían sangre sino agua. Su pelo alborotado ahora eran ondas revueltas. Sus caderas eran líquidas también. Sus jadeos sonoros desbordaron la bañera incapaz ya de retener una sola gota más. El agua salía cada vez con más fuerza. En torrentes cayó por las escaleras y llegó hasta la primera planta que quedó inundada en cuestión de segundos.
   El agua invadió la calle y rápidamente el pueblo, que quedó completamente sepultado bajo una masa de líquido caliente. Un líquido sagrado que latía en rítmicos espasmos y se convulsionaba al ritmo de los dos amantes. Un veneno sensual que arrasaría todo lo que se pusiera en su camino.

seudónimo: GABRIEL WOOLF


 

44.- Futilidad


Los cantos de las aves paseriformes envolvieron a la humanidad, en sus primeros encuentros con sus bosques y selvas perennes. Así fue. La humanidad se insertó en un continente nuevo, escarpado, lleno de trampas y calores. Desde el frío polar del norte de América, hasta el frío ártico de Argentina. Los Homo sapiens, en su andar, aleatorio, estocástico, vago, dirigieron el paso sobre los hielos que alguna vez conectaron a Asia con América. Se movieron no con sumo cuidado, de hecho, lo hicieron arriesgando sus vidas ¿En busca de qué? En busca de nada tal vez.
Se tostaron, sí que lo hicieron. Al paso por la América nórdica, los hielos comenzaron a descender y con ello las masas continentales a disminuir, ocultadas por grandes mares. Esos humanos se tostaron. La piel más blanca podía enfermarse, podía quemarse, podía pulverizarse en limos, en fragmentos de tierra olvidada. La humanidad caminó sobre los montes, sobre los volcanes, por encima de las sierras y a través de los ríos. Traían consigo la mortalidad y la fertilidad. Hijos morían, hijos nacían. Las valoraciones morales actuales, no marcaban la tristeza social. La muerte si bien nostálgica, no era traumática como en nuestro siglo XXI.
Se debía ser duro, tener unos párpados gruesos, tener una boca dura y ancha. La tempestad no es algo que deba de tratarse con miedo ni sigilo. Nuestro mundo no se concibió como un continente. Esa palabra no existía aún. La existencia humana, como en otras ocasiones pudo haber quedado erradicada. Podía simplemente no continuar en este punto azul en medio del cosmos. Las pisadas con los pies descalzos al calor de la arena se despellejaron. Las pieles recias resistieron el calor de los matorrales xerófilos.

No debes preocuparte por esas sierras, no tienes que aquejarte por los dípteros comiendo a pedazos tus glóbulos rojos. No debes pensar que morirás deshidratado. Puedes respirar ese oxigeno sin desvanecerte en el intento en la cima de una montaña.

Yo lo miré mover sus proyectos y sus ideas, yo lo vi. Lo vi, aunque fuera insignificante en este mundo, aunque a nadie más le importe. Yo pude estar ahí para cuando él hizo algo para sí mismo. También le vi temeroso. Él, mi hijo, lo vi partir en un destello, lo vi irse a caminar, lo vi soñar y lo vi transformar cada una de sus pensamientos, en pensamientos vacuos tal vez, pero hermosos a mis ojos.
Esa vez que yo te dije que te quería, lo hice de verdad. Cuando miraba tus labios gruesos y tus párpados pesados, gruesos, duros, con esa nariz ancha, sentía la necesidad de tomarte entre mis brazos, de besarte. Quería que estuvieras tan cerca de mí que no hubiera otra luz en mi camino. Ese hijo tuyo creció poderoso, lleno de bondades, sí con sus defectos de timidez, con sus problemas de miedo e inseguridad, pero también con posibilidades para superarlos con sus ojos grandes y saltones. Ese hijo tuyo y mío. Más mío que tuyo cabe aclarar, lo vi alejarse entre los peñascos de la sierra, lo vi tomar su camino al mundo de la actual vida citadina. No le acompañé, porque mi sitio es este. Yo sé perfectamente a donde pertenezco. Pero él, nuestro hijo, debe buscar su sitio.
Se volvió un joven muy listo, lleno de habilidades hermosas. Su piel morena y firme se adentró a ese mundo dónde la gente arremete con potencia y calibraciones. Se verá entristecido, yo lo sé, pero ¿Sabes? Él lo decidió, y estoy orgullosa de él, yo le dije: “Yo soy tu madre, y sabes que puedes contar conmigo, que puedes regresar con unos golpes, con unas fracturas, pero yo no te curaré de ninguna forma. Puedo acompañarte en tus dolores, cuando tú así lo decidas. Pero no cuentes conmigo para sanar tu cuerpo, porque tu cuerpo deberá alzarse y cicatrizar solo, como las cicatrices de los Ahuehuetes”. Me costó un poco de trabajo decírselo. Nadie le dice eso a un hijo. Sin embargo, yo no soy una madre débil. No parí a un hijo endeble o doblado por las ráfagas de los vientos marítimos. Yo di luz a un hijo de Quetzalcóatl y Xólotl, un hijo con los huesos formados de barro y agua, de fuego y vida emplumada. Así que lo revitalicé con las palabras de una fuerte humanidad. Una que cruzó los glaciares, los ríos, las sierras, los matorrales y las selvas medias.

Tal vez él olvide a su madre, tal vez sus nuevas relaciones borren las anteriores. No hay razón para ajustarse al pasado. No hay espacio, en ocasiones, para detenerse en un relato que no se vive.

No me recordará y tal vez yo tampoco lo haga. Estoy segura de ello, porque apenas miro las estrellas y reconozco lo que me dijo mi madre alguna vez. “Esas son estrellas, y son brillantes porque hay miles de dioses mirándonos desde el cielo. Ellos se encuentran allá. Cada una de esas luces son un cuerpo que dejó la tierra. Sí haces cosas buenas e importantes, entonces quedarás para siempre en nuestro cielo”. Puedo mirar su rostro y saber que le conozco cuando viene de visita. Estoy segura de que me quiere cuando le veo. Tiene un cuerpo grande, con una mente gentil. Lleva consigo el caminar del monte, determinado. Él sabe que yo le quiero, aunque a veces olvide su nombre, yo sé que él es mi hijo. Yo sé que él me cuida en la lejanía. Él se fue alguna vez, para nunca regresar, caminando por ese camino lleno de magnolias, cactáceas y matorrales. Su cuerpo joven cruzó la flora entre los cantos de las aves paseriformes, me dijo “Buscaré la cura del Alzheimer para ti madre” y sé que hoy en día la busca. Busca que no olvide los pies que cruzaron las tierras altas nórdicas. Porque con el tiempo he olvidado a los que me rodean. Sus rostros me sonríen y tratan con gentileza. Ellos dicen mi nombre, y parece que me conocen, pero yo les he olvidado.

Mi hijo es fuerte. Él me cuida. Las estrellas son su estancia. Ahí puedo mirar que ella me mira. Él era muy joven cuando caminó hacia la colina. Lo veo ahora fuerte y potente. Yo era madre y perdí a mi hijo. “Así es” me dice él, y no me mira con desprecio ni tristeza como los demás. Él sonríe, él sólo quiere que yo esté bien. Yo sé que tuve un hijo y que le dije que se fuera, para encontrarse, para saberse. Él pensó que se iba por mí. Él en realidad se iba por él, se iba a buscar la cura para que yo le recordase siempre. Lo que él nunca supo, es que yo sólo quiero que él no me olvide nunca. Porque él es nuestra piel tostada, esa que no se partió en limos fragmentados de una fútil humanidad enclenque.

 

seudónimo: Anicca


 

45.- Bar FM

 

Paco Fernández Martínez es Paco FM, el propieta-
rio del bar FM. Su perra se llama Luna y nunca será tan
vieja como él. Así es, en el bar siempre está puesta la ra-
dio y él es un hombre viejo que sabe algunas cosas. Sabe
cortar jamón y queso. Tiene paciencia. Es tan viejo que
sabe que todo lo que esperaba ya no llegará. Su rostro es
una piel curtida y arrugada como un fruto resquebrajado.
Si lo que soñó durante mucho tiempo llegase improvisa-
mente, y no llegará, sería muy tarde. Ya no le serviría.
Hay que ser muy paciente para no esperar nada.
Para trabajar de camarero hay que tener mucha templanza.
Paco FM aguanta nuestras visitas porque cada
vez tiene menos clientes y un día no muy lejano tendrá
que cerrar el bar. El día en que le salga más rentable que-
darse con Luna en la casa donde viven, entre las mon-
tañas de la sierra, y ya no tenga que limpiar más su local
a medianoche. Nosotros le pedimos que abra la botella
de coñac Napoleón y no sabe qué precio cobrarnos por-
que no recuerda cuánto pagó por ella cuando la compró
muchos años atrás. Nadie le pide ese coñac y nos alegra-
mos porque sentimos que le hemos estafado. Creemos
estar bebiendo una exquisitez a precio de ganga.
Paco fue ciclista profesional cuando era joven. Tie-
ne una fotografía detrás del mostrador que lo atestigua.
Su carácter era el de alguien que envejecerá a solas. Es
un viejo sin familia ni compañía, aparte de Luna. ¿Luna
estará muerta mientras escribo esto? ¿Vivirá Paco? Nos
atiende con toda la tristeza que transmiten sus grandes
ojos castellanos. Es un viejo castellano. Nos repasa por
encima la situación de crisis económica, el inminente
cierre de lo único que tiene, su bar. Nosotros somos dos
golfillos jovenzuelos y ebrios en el amparo de la noche y
en el calor del Napoleón que nos sirve Paco.
En una ocasión nos llevamos una sorpresa cuando
entramos en el FM. Había una mujer que podía ser la
nieta de Paco atendiendo a los clientes. Era muy joven,
más joven que nosotros, mucho más. Tenía una cadena
con un crucifijo colgando del cuello y la mirada perdida.
Recogía los platos y barría el suelo. No hablaba, no
podía hablar. Paco la mandaba a hacer recados. Por fin le
preguntamos a Paco de quién se trata. Nos dice que es la
hija de una vecina. Bueno, pues nos lo creemos. Unos
meses más tarde la niña ya no está. Sólo está Paco, con la
camisa blanca y el delantal atado a la cintura. Cortando
jamón y queso.

 


46.- “IN-JUSTICIA”


 - Pero… ¿Le ha pegado?- interrumpe, el juez Molina, el alegato de la abogada, mientras fija en Carmen su mirada.

A Carmen la pregunta la deja noqueada a pesar de ser obvia en un juicio de violencia de género. Su abogada ha expuesto todas las pruebas que ha conseguido reunir. Pero al parecer, no es suficiente. No cuentan ni los correos amenazantes, ni las llamadas de madrugada,  ni las fotografías de su coche rayado o de la puerta forzada de su vivienda. Tampoco que haya relatado como la asedia a diario, al salir del trabajo, cuando va sola a comprar… De hecho ya no va sola a ningún sitio. No, desde que se lo encontró una noche esperándola en el rellano de su casa. Si no llega a aparecer un vecino…

Es todo “circunstancial” alega el abogado defensor de Carlos. “No hay pruebas que señalen a mi cliente”. Es cierto: las llamadas son de un número oculto, los correos de cuentas falsas y nadie lo ha visto importunándola en la calle. Y el coche y la puerta, “actos de vandalismo”.
¿Será que no se ha preparado bien? Parece que se lo invente y debe justificar su miedo y su angustia con pruebas que no tiene. Son sólo indicios, sospechas. No hay nada determinante. Las tornas han cambiado y ahora es ella quién debe defenderse y Carlos quien aparece, como la víctima de un ultraje. 

Y como colofón está  ese “pero” que anticipa la pregunta del juez. Carmen titubea y responde que no. “Pegarme no. Sólo…” El juez Molina no la deja acabar:

- Entonces, si no le pegó…

 


             47.- MAGIA 

 

           Vuelvo cada vez que puedo, es una adicción difícil de controlar. Un apego enfermizo que me hace arañar minutos a las horas y volver una y otra vez.
            Es una sala diáfana y luminosa dónde los cuadros lucen con todo su esplendor. Pequeños puntos de luz a modo de sombrero rematan una contemplación única. Es un lugar tocado por la magia dónde el tiempo se detiene y los lienzos hablan a gritos a través de las pinturas. Trazos gruesos para temas poderosos, rasgos vigorosos para imprimir carácter, pinceladas suaves para rubricar verdaderas obras de arte. Y en medio de tanto primor, un talento sin parangón abre al mundo una inspiración difícil de igualar.
            Barcas a punto de hacerse a la mar rodeadas por un cielo gris y peligroso dónde la imaginación huele la sal de un océano revuelto por la tempestad.
           Prados verdes manchados de múltiples colores copiando flores y paisajes envueltos por espectaculares cielos pintados de azules robados a la más pura realidad.
           Árboles esplendidos, majestuosos, soberanos. Olores de bosque que se ven y que la imaginación, o la magia, o la fascinación exhalan. Y que por este sortilegio alcanzan, no solo la vista, sino también el olfato, el tacto y el gusto.
           Señoritas distinguidas enfundadas en ricos vestidos y vistosas pamelas, paseando con llamativos parasoles del brazo de apuestos caballeros. Y de fondo, preciosos salones de época dónde se sorbe el café y la vida a partes iguales.
           Pícaros niños con aros alrededor de la cintura a los que casi se les oye la algarabía de sus juegos. Madres que chillan, perros que ladran, feriantes que gritan sus mercancías. Mercados repletos de los más variados productos  pregonados a gritos en medio de un caos de chillones colores.
           Cuadros que hablan, que huelen, que transforman lo ficticio, en real, la pintura, en movimiento, el arte, en la más sublime manifestación de la vida, un cuadro, en un universo de agitación, color y sabor. Una técnica, una habilidad, un milagro que solo unos pocos privilegiados saben transmitir y plasmar con tanta realidad. Un gozo al alcance de quien sabe apreciar el talento de aquellos que se esfuerzan en conseguirlo.

 


48.- APENAS LO IMPOSIBLE

 

 

- Tiene usted un glaucoma severo.
- ¿Y existe algún tratamiento que permita poder recuperar la vista?
- Me temo que hoy por hoy no.

 

           Diez años han pasado desde ese terrible diagnóstico. ¿Por qué recordar una fecha así y no desterrarla de la memoria para siempre? Cuando uno se vuelve ciego ya de mayor, algo pasa con la medida del tiempo en su cabeza. De pronto todo parece detenerse y los segundos son horas. Uno tiene que prestar todo su cuidado a que un movimiento no sea un tropezón o una quemadura y los sentidos se subliman. Algo sucede también con el pasado que vuelve como el zorro de noche al gallinero; amenazante y asesino de nuestros buenos recuerdos que se vuelven tristes e irrepetibles. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que lo dejamos? Siglos; tú serías capaz de dar la fecha concreta, el tiempo que hacía. Yo sólo recuerdo tus lágrimas, resbalando hasta el vaquero ajustado que redondeaba tus muslos, el reloj de esfera cuadrada, los labios que te mordías. Tantas causas y en realidad ninguna ahora, con tantos años encima como la tapa de un pozo.
            Me gustaría que vinieras de repente ahora a mi casa, ahora que las gotas de lluvia percuten en los cristales como tachuelas, que te sentaras a mi lado en el sillón mullido que se hundiría suavemente a mi lado, que apoyaras la cabeza en mi hombro dejando resbalar tus cabellos finos y dúctiles que hace tiempo cosquilleaban mi mano. Entonces yo te hablaría de mi soledad; te contaría de cómo mis pasos se arrastran como los de un galápago ya aplastados por mi peso y parecen rascar el suelo. Me preguntarías, siempre tan atenta a los detalles más particulares, “¿cómo te las arreglas?” y yo te diría que bien, sin añadir más. Tu cuello limpio y terso desprendería ese olor suave, ése que nos hace pensar en el terciopelo, como invitándome a que lo besara. Y te contaría mis cosas, mis achaques, mis recuerdos y tú ojearías una revista despreocupada, pero yo te sentiría ahí junto a mí, como un bañista siente el sol de la playa.
            Yo te diría, “¿recuerdas aquella película?, sí hombre, ¿cómo se titulaba? Ella se marchó y se escribían y él fue a buscarla a la otra punta del mundo”; y tú no la recordarías. Y yo te daría más detalles y simplemente para ti fue una de tantas. No te gustaba el cine.
            Me gustaría que pasearas conmigo por la calle, nos cogeríamos simplemente de la mano y caminaríamos rápidos. En tu seguridad yo no encontraría obstáculos y el frío aire me refrescaría. Y yo tendría la necesidad de decirte cosas graves y melancólicas, grandes palabras que me liberarían y que escucharías pendiente del ruido de los trenes que huyen de la estación, de las luces de los escaparates, de los hombres que te miran. Posiblemente al rato de nuestro paseo dirías que te cansas mientras mi mano entrelazaba tus deditos finos y delicados rozando la sortija que gira sobre su eje en ellos, mientras tu olor a jazmín se pegaba a mis pensamientos como el rocío de la mañana al musgo. Y yo estaría pendiente de esa maravillosa costumbre que tienes de no dejar de reír por las cosas más simples, con esa deliciosa música que acompaña al síncope de tu risa.
            Me gustaría que estuvieras en algún sitio cerca cuando estoy solo, como esa lámpara silenciosa del salón que no se enciende nunca, absurda en la oscuridad permanente. Me mirarías y quizás me comprenderías. Tal vez, sólo tal vez, entendiéndome llegaras a asimilar lo duro que es el silencio; verías cómo la soledad es un mueble que cruje por la noche, la sábana fría en el lado al que nos damos la vuelta, la calle sin pasos. Quizás mirarías alrededor sin entender, aburrida, con estupor pensarías que nada de esto merece la pena.
           Me gustaría que atravesaras conmigo el recuerdo de épocas felices; aquella mano estrechada, el vestido ceñido, un beso en tu costado. La felicidad de entonces y sus circunstancias, aquel regalo, la vez que te viniste conmigo, cuando lloraste y me abrazaste y en ese instante sólo existíamos los dos en el mundo. Pero estoy seguro de que pensarás en tu pobre mañana y yo estaré solo.
           Es inútil; todo esto son tonterías y tú eres mejor que yo al no pretender tanto de la vida, al no ver ninguna pega a la vida incompleta, a pensar en lo que tienes y no en lo que te faltaría. A todos nos falta algo siempre para ser felices.
            A pesar de todo quisiera que volvieras a estar conmigo; me basta con que estés cerca y yo te pueda sentir. Pero tú estás demasiado lejos a una distancia infinita imposible de salvar. Han sido muchos años. Otras risas te pertenecen, otras manos y otros labios; sonreirás a otros hombres como me hacías a mí en otros tiempos.
           Has tardado muy poco en olvidarme, apenas unas décadas; seguro que ya no recuerdas, cómo me río, ni qué bromas hago con tus palabras. Sí, lo reconozco, lo nuestro era imperfecto. “No puede funcionar”, me dijiste en cierta ocasión, fíjate si me acuerdo.
           Y a pesar de todo, cuando sé que las tinieblas me acompañarán para siempre, yo te añoro y te recuerdo. Y no hago sino pensar en ti.
            Y aunque sé que es imposible que lo sepas, quería decirte todas estas cosas.

seudónimo: Chiquiznaque

 


 

49.- NI AMOR NI ODIO

 

   Bebió un sorbo de café, se levantó de la silla y, sonriendo con la expresión neutra que invade el rostro de cera de los inocentes, le asestó tres puñaladas certeras en el pecho. Después, descorrió las cortinas del salón y abrió el ventanal para respirar. El sol templaba desde primera hora de la mañana los arriates del jardín, y ella soñó con su parcela de paraíso como un derecho natural que le perteneciera desde el principio de los tiempos. Observó el cuerpo de don Julián tendido entre la mesa camilla y el aparador de haya de la porcelana, y sintió la dulce tentación del verdugo de saltar sobre la barriga del ejecutado. Necesitaba rumiar su triunfo como un animal saciado, regurgitar una alegría olvidada, y para ello rebuscó en el arcón de la entrada su vieja Nikkon. Ver cómo sonreía el muerto, admirar el torrente cárdeno que nacía en su costado derecho y se precipitaba hasta el linóleo del suelo como un pequeño mar viscoso, tal era su única ambición en aquel instante de gloria.Recordó entonces la estaca venosa de aquel hombre santo reptando por debajo de la sotana como una serpiente bíblica amenazadora, y aquellas manazas incrustadas en su vientre adolescente mientras la violaba una y otra vez en la sacristía. Ni amor ni odio. Sólo sintió el reflejo liberador de una luz lejana cuando lo vio apostado en el contraluz de la ventana como un diablo que pretendiera prolongar un juego eterno y demasiado angustioso. Ni amor ni odio, la oscura escalera del destino interponía en su cabeza mil y un peldaños para que ella siguiera ascendiendo hasta ningún sitio, pero liberada, por fin dueña de la situación. Se sentó en su silla de anea tratando de barrer una tristeza infinita de sus ojos claros, pero pronto el león dormido de su pecho devoró una carnaza podrida por el tiempo. Volvió a sentir el aguijón de unos ojos clavados en ella, y cómo la luz de la alameda se ensombrecía con la carrera agitada de un sátiro con sotana negra. Jugueteó con la taza de café, sus dedos se movían como peonzas dentro del círculo de la loza, y entonces sintió un dolor antiguo tan reconocible y cercano como un paisaje íntimo. Tenía mucha faena por delante, y lo sabía. No era tan fácil limpiar las marcas de la muerte, ni olvidar el rostro sereno de aquel diablo yacente junto a sus pies. Abrió sus sentidos una vez más, y se vio a sí misma sobrevolando la rosaleda del jardín como una mariposa sin historia. El olvido, como el amor y el odio, llegaría como un tren que se espera en alguna estación sin nombre, por sorpresa. Y entonces hallaría el descanso como quien encuentra un tesoro oculto bajo el barro del remordimiento. Escuchó la sirena de un coche policial, acercándose hacia la casa, y el zumbido de una abeja que libaba el último dulzor del crepúsculo. Ni amor ni odio. Vertió aquella solución incolora en la taza de café y paladeó el silencio con una curiosidad que la hacía más hermosa. Durmió en un sueño confortable, y sólo escuchó como un eco remoto las palabras apagadas que le llegaban desde el umbral de la casa.

 


 

50.- La esgrima y la dama

           Fue  en el Madrid galdosiano de 1868,  estaba leyendo el libro de Tolstoi Guerra y Paz. En el sofá tomándome una botella de brandy esperando a la joven Adela, la chica a la cual enseñaría  el arte de la esgrima toco la puerta y abrí rápidamente. Estaba ansiosa reclamando los servicios del maestro  se le veía en sus azules ojos coquetones.

           No solo eso; además quiere que le enseñe la estocada de los doscientos escudos. Y ella me correspondió sensualmente con  uno de los movimientos más efectivos ideados  por mí don Jaime Astarloa. Luego fuimos a la cama luego de tomarnos una botella de brandy  encendidos por la pasión, lentamente nos desprendimos de toda la ropa. Hicimos el amor hasta llegar al éxtasis. Después, tomamos champán, para conmemorar el momento tan hermoso vivido, luego preparamos la cena y amanecimos juntos hasta llegar el sol, ella era de tez morena clara. Sus labios carnosos canela encendían el deseo de cualquier hombre en esta pecaminosa tierra, y su cuerpo de hembra llamaba al erotismo. Apenas terminamos, volvía a hacerlo de nuevo, su pasión no tenia limites verla sin ropa levantaba la pasión. Fue una noche de derroche de tangas y copas, y cansados del idilio nos refrescamos en la ducha más despacio.

           Ayer por la noche volvimos a tomar una botella de brandy y al mundo donde los duelos ya no se pelean como caballeros, con la espada en mano, la esgrima sería el cuarto y, en lugar de salir permanecimos y volvimos de nuevo para amarnos, como siempre con la misma pasión que mi interior no creía. Como esto ocurría, era evidente, que me amaba y se había acostumbrado a mis caricias, y mi manera de amarla con lívido deseo. Así volvía cada noche cada día viciada por el amor sin control de su cuerpo moreno y caliente que encendía mi pasión hasta estropearme el sueño. Me levanté, y tome una copa de jerez. Celebré tanto amor desgastado de tanto sexo me dirigí a la suave cama.

           — ¿Qué te pasa? —Me preguntó— ¿Ya estas cansado?
           De amarme ven descansa sobre mi cuerpo conmigo soñaras con las estrellas
Una brisa leve envolvió mi cuerpo y dormí.
           —Hola —saludó ella— ¿Vas a desayunar conmigo, amor?
           —Sí. Quien podría despreciar una botella de jerez y tan bella rosa perfumada como eres tú mi amor.
           Luego yo le comente que pronto terminarían  El general Prim acecha ya al gobierno de Isabel II y la revolución es el tema de las tertulias de café.
           —Lo haremos siempre.
           La ciudad de Madrid estaba vacía los hombres de acaballo eran pocos.
           Fue una tarde en el clase de esgrima Adela de Otero quiere que le enseñe mas recibí su visita con voz melodiosa.

           —Hola.
           —Cómo has estado amor?
           —Sí. Quieres podría ir a tu cama después de la esgrima y hablaríamos.
           Luego de la esgrima, tocó todo mi cuerpo y justo cuando la puse sobre el tablón, tocaron la puerta. Sigiloso me apreste a abrirla y blandí mi espada, un balde agua fría cubrió mi cuerpo, era el marqués de los Alumbres me confiaba un sobre lacrado con documentos de suma importancia. « ¿Por qué yo, Excelencia?», pregunte. «Por algo elemental, don Jaime. Es usted el único hombre honrado que conozco». Posteriormente, Luis de Ayala aparece asesinado de un certero tiro de florete en el cuello. La estocada precisa.

           Adela ha desaparecido estoy inmerso en un mar de confusiones, y presiento lo peor.
            Tratando de encontrar una explicación, decidí abrir el sobre lacrado, que contiene cartas comprometedoras, de traiciones y sobornos.

           Estoy obligado a ponerme en contacto con un tertuliano asiduo, liberal y revolucionario de salón, con cuya ayuda espero encontrar el sentido de todo esta correspondencia y, por ende, la pista del asesino.

           Pero él me avisa del descubrimiento en el río del cadáver de una mujer desfigurada que, según todos los indicios, puede ser Adela y sé que yo seré el próximo objetivo.

 

Seudónimo: calun4

 


51.- It´s Quiet Uptown

 

Camino descalza por la azotea y miro el cielo un momento. No hay luna, ni estrellas. Parece que en cualquier momento va a llover. Es una noche muy triste y silenciosa, es una hermosa noche para morir. Camino hasta la baranda y miro hacia abajo. Todo se ve pequeño e insignificante. Me paro en la baranda y lo veo todo, me siento enorme. Cierro los ojos y estiro los brazos, el viento me golpea con fuerza. Mi cabello se mueve libre, yo me siento libre. Una risa sale de mis labios, no puedo dejar de sonreír. Abro los ojos y veo las luces de la ciudad, veo los edificios, veo a dos señores pasar caminando, pero no veo nada.  Es solo otra fría ciudad, llena de fríos edificios que son habitados por frías personas.
Estaba tan cerca de ti y no hiciste nada.
- Ahora que estoy herida y perdida puedo escuchar tus pisadas acercarse. Pero ya es tarde… ya no soy nadie-digo en voz alta.
Vuelvo a cantar la última estrofa de la canción.


¿Puedes escucharme llorar?
¿Me puedes verme en la oscuridad?
¿Puedes? Por favor, dime si puedes…
Puedes… puedes ¿puedes?
Ya no vengas, ya es mi hora de partir…
Volare lejos de aquí


Miro la ciudad que está en silencio. Miro las casas y las luces. Miro los gatos que caminan solitarios. Miro las hojas de los árboles como se mueven al son del viento. Miro la luz que titila en el edificio de al frente. Miro a los dos señores que caminan distraídos. Lo miro todo y al mismo tiempo no mire nada. Qué triste.
-Todo se ve tan insignificante.
Vuelvo a mirar la ciudad. Cada vez que la veo siento una opresión en el pecho. Siento algo de melancolía y tristeza. Quizás porque de alguna manera, todas las noches yo me siento más sola que durante el día. Y al ver la ciudad en completo silencio y sola, no hace más que recordarme mi propia soledad. Pero de alguna manera también me reconforta. Cuando veo la ciudad pienso que no soy la única que está sola y en silencio. Pienso que hay muchas personas que se sienten solas y vacías, al igual que yo.
Necesito irme y alejarme de todo, volver a empezar. Todos nos merecemos una segunda oportunidad, quiero la mía, la necesito.
Extiendo mis brazos y sonrió.

El viento golpea con fuerza mi rostro y siento como poco a poco las cadenas que me atan desaparecen. Sonrió y me lanzo, mi cuerpo impacta con fuerza contra el mundo. Duele y siento un manto cubrirme suavemente. Todo se oscurece y siento la libertad muy cerca.

 


52.- Rollitos primavera

 

El salón estaba en penumbra cuando llegó. Los últimos rayos de luz de la tarde entraban con poca fuerza. En la radio se oían las noticias con el volumen muy bajo. Él estaba dormido en el sofá, cubierto por un ovillo de mantas. La postura del cuerpo y la mueca en la cara denotaban angustia. Encendió la luz.
—¿No deberías estar estudiando?
Abrió los ojos y la miró. Sonrió al verla. Fue una sonrisa fugaz, solo duró un segundo, después miró al vació con una expresión extraña.
—Me quedé dormido. Estaba muy cansado.
Ella se fue a la habitación sin contestar. Al salón llegaron los ruidos que hacía mientras se ponía cómoda. Dejaba la ropa de trabajo en las perchas del armario y se ponía otra más adecuada para estar en casa. Mientras tanto él se incorporó. Se quedó sentado, con las mantas desordenadas sobre su regazo, mirando un punto indeterminado en la pared frente al sofá. Ella volvió a entrar en el salón. En las manos llevaba un montón de ropa sucia.
—Voy a poner una lavadora. ¿Tienes ropa?
—Sí, voy. Querría haberla puesto yo, pero el ruido me molesta mucho para estudiar.
—Pero hoy ya no vas a estudiar más, ¿no?
—No, no. Es tarde.
Se levantó y echó a caminar pesadamente. El mundo aún le parecía hostil. Había dormido más de la cuenta y despertarse mientras anochecía le había descolocado. Entró en la habitación y del cesto de la ropa cogió algunos calzoncillos y calcetines. Los metió en el tambor de la lavadora. Ella estaba en el baño.
—¿La pongo?
—Sí, sí. En programa delicado, que he metido dos camisas de trabajo.
—Vale.
Cerró el tambor, giró la ruleta y volvió al sofá. Estaba ordenando las mantas y los apuntes en la mesa cuando ella salió del baño.
—¿Qué tal tu día? ¿Has podido sacar bastantes horas?
—Sí, pero quise dormir un rato para despejar y se me fue de las manos.
—¿Por qué no te pusiste una alarma en el teléfono?
—La puse, pero la apagué en sueños. Supongo.
—Bueno.
—¿Qué tal tu día?
—Bien. Bueno, muy cansada.
—¿Mucho trabajo?
—Sí, mucho. ¿Qué quieres cenar?
—Me da igual. Lo que quieras.
—No me apetece nada cocinar.
—Yo preparo lo que quieras.
—¿Te importa que pidamos al chino? No me apetece nada lío en la cocina, fregar y eso.
—Yo lo hago, no me importa.
—Me da pereza, no sé por qué. Me apetece un arroz tres delicias.
—Bueno. No sé si tengo dinero.
—No importa. Yo invito.
—Vale. Bueno. Gracias.
—Nada.
Ella se levantó y fue a la cocina. En la nevera, sujeto por un imán estaba el menú del restaurante chino del barrio.
—Yo voy a pedir arroz y un rollito primavera. ¿Tú qué quieres?
—Tallarines con verduras y un rollito.
—¿Pedimos un rollito para los dos? Siempre sobra.
—Vale.

Llamó, hizo el pedido en unos segundos y se sentaron en el sofá a esperar por su comida.

 seudónimo: Biagio Boto

 


 

 53.- La sombra

 

     Eres una sombra del ayer; la tristeza puebla tu cuerpo senil, mientras tus manos se aferran a amarillentas fotos que tu mente no puede dilucidar. La infame enfermedad te borró el pasado y te birló los rostros amados.

     ¿Dónde quedaron las imágenes de tus seres amados? ¿En qué rincón oscuro del cerebro se escondieron?

    Ya no sabes quién soy y si permanezco a tu lado. Tu entendimiento perdió el rumbo y sólo expresas palabras sin sentido a sufrientes destinatarios.

    Me acerco a ti, quiero acariciar tu rostro y reaccionas violentamente; no me reconoces; quiero gritarte que te amo, que soy tu hija, pero callo. Sé que todo lo que  diga se cuela por la necropsia de tu cerebro, por esos agujeros negros que invadieron  tus pensamientos, emociones y sentires.

   Me siento a tu lado y me miras como a una extraña; no sabes dónde estamos; no sabes si vives conmigo o con otros. Me detengo a observar tus gestos, otrora delicados; ahora, desconocidos. Me cuesta mirarte y aceptar la realidad, tu realidad o nuestra realidad. Por momentos, yo también navego en un mar turbulento donde no encuentro explicaciones.

   Tu cuerpo ha sido invadido por maléficos síntomas. Ese acoso  te convirtió  en otro ser; eres mi madre y no te reconozco.

  Sufro por el deterioro que te produjo el alzheimer; sufro porque me arrancó a mi madre a pesar de que sigas viviendo.

    No sé Madre que pasa por tus entrañas, si en algún pantallazo logras identificarme, si puedes sentir que me amas o si sólo soy una extraña para tu mente y para tu corazón.

Triste final, el de la demencia senil.


 

 


54.- UNAS VACACIONES EN EL PUEBLO


  Veníamos de vacaciones en familia, eso se decía, los primeros días de verano. El reencuentro y sensación de relajo después de un año de intensos estudios  en el seminario nos daba un pase de libertad. Pero San Pedro eran una puerta falsa, una coartada que marcaba un complejo programa vacacional y el pistoletazo engañoso de salida y ocupación obligada. Reencuentro con los segadores dispersos por los campos, de donde volvían de hacer sus ensayos de siega de las cebadas, que no precisamente para celebrar nuestra llegada.

El pueblo en general se regocijaba con  su trabajo, pensando en la siembra a punto de cosecha merecida. Relajados con una jornada de misa en familia, comida y siesta a pierna suelta recu-perando sueños atrasados. Merienda a puesta del sol,  sin relajo, y revisión de los equipos: hocinos y zoquetas, manta y alforja con la bendición del Santo para una actividad veraniega en puertas, prolongada y dura pero gozosa.

Para nosotros, el aterrizaje de vuelta al pueblo se materializaba alistándonos, por exigencias de las circunstancias, a las faenas de verano como “mochiles”:  visita a tus amos, considera-ciones, advertencia, presentación de servicios a tener en cuenta... Y tu jumelco, compañero infatigable de nuestras jornadas a caballo.

Al día siguiente, como en un pueblo cualquiera de Castilla, escuela de aprendices de quijotes, cabalgando por sus caminos polvorientos y ardientes, avanzan mochiles a caballo con albarda y serones sobre el rucio, cargados de comida hacia el punto de encuentro de “las cuadrillas de segadores” dispersas por los diferentes términos de localización de siega: El Pozo, Peñas de Roldán, Valdemuertos, etc, etc .Términos todos con historia.

Uno de los días, nada más levantarnos de la cama, mirando al cielo como gesto instintivo, tratando de adivinar el tiempo que nos espera, se divisaron  algunas nubes que podrían ser de calor o… ojalá, sólo eso.

La mañana fue entoldando el cielo. Nubes cargadas, oscuras, de malos presagios. Acarreadores, segadores, trilladoras, mochiles, gente en general del campo esperan, confían y recitan alguna oración en silencio. Sólo una  tormenta de verano, se dice.. Demasiado deprisa se cargan las nubes, se va nublando el sol y se oyen algunos truenos. Todo el mundo a a la calle hasta ver. Se repiten los truenos y se acerca la tormenta. Se ven rayos. Más truenos. El cielo se va tornando blanquecino y todos empiezan a intuir los peores presagios: un pedrisco.

Las madres sacan los recipientes en los que almacenan agua bendita, y las piedras remojadas del mismo agua bendita el Sábado Santo. Los hombres, desafiando el temporal, se lanzan a  echar una mano allá a donde sea necesario y se pueda proteger algo…

Se desgarra el cielo y empieza a caer granizo, que poco a poco es más bien piedra. Las manos a la cabeza. Isopar, rociar la tormenta con el agua bendita, arrojar las piedras benditas para contener el temporal, única esperanza de ciega fe popular.

Arroyos de agua, viento… Acarreadores retornando por los caminos, empapados y clamando al cielo . Segadores que hacen el deber de salir al encuentro… Trigo encamado donde la tormenta pegó de lleno. Frutales apedreados… Todo el gozo en un pozo…Qué se puede hacer… Resignación: Aprovechar lo que queda.. ¡Dios mío, qué será de nosotros! ¡Qué pecado hemos cometido para merecer esto!

 Cuando ya el verano va dejando afanes y ajetreos, llegados a los últimos resabios de la trilla y de la bielda , limpia de grano y paja; cumplido con la mañana de la siega; acarreo de la paja a carro y bieldo para enfoscar por el bocino del pajar y proveer la cama del ganado en el invierno y engaño en su dieta  de comederos, nos quedaba la sensación de brevedad vacacional y añoranza de toda esta actividad vivida en familia, compartida a tope en la convivencia del pueblo, pese a todo, apurando los momentos, aprendices de su sino.

Ese verano nos marcó con una huella especial y sinsabor que no entendíamos en el bagaje de lecciones sin aprender para llevar al  seminario en busca de una respuesta. Demasiado jóvenes para comprender.
                                          

  Seudónimo: Adaha

 


55.- La gallina puso el huevo en el cumpleaños de quince  y compró lechuga

 

          Era nuestra contraseña, nuestro secreto más cuidado; nuestra forma íntima de mensajearnos ante cualquier peligro que nos acechara. Siempre fuimos una sola persona, ella me escribía y yo no le contestaba. Cuando insistía demasiado yo le respondía OK y esas dos letras la sacaban de su eje.           Pretendíamos resguardarnos de la inflación construyendo una humilde casita en la costa. No disponíamos ni de tiempo, ni de dinero ni de planos…
          En mi buzón laboral dormían 8317 mensajes desperdigados, referidos a un  cumpleaños de quince; una gallina ponedora; y la posterior compra de lechuga. El teléfono de línea y el celular jamás los atendí. Ella me reenviaba  el último mensaje  sin respuesta y  escribía que como no tenía devolución,  me volvía  a copiar.
          En pleno cierre contable  me llegaban mails en mayúsculas, negrita y con siete signos de admiración:
           -URGENTE,  puso el huevo +  3 bolsas de cemento!!!!!!!
           -Qué!
           -URGENTE, la gallina…
           Sumaba verbos como si fuera algebra.
           -URGENTE, saca plata + salí temprano + ½ de carne picada” + 5 m3 de arena.
            Como dije, yo sólo le contestaba una vez por día a sus cataratas de mensajes invertebrados  con:
           -Ok,
           De Recursos Humanos me advirtieron que estaba recibiendo señales  crípticas  que ponían  en peligro la seguridad informática del Consorcio
            Ella arremetía y me mandaba en mayúsculas furiosas, y negritas  con signos admirados…
           -URGENTE, hoy es el cumpleaños +  Abertura con vidrio doble!!!.
            -De quién es el cumpleaños?  le preguntaba
           -URGENTE, el de quince  !!!
           Mis hijas para entonces tenían 19 y  22 años y la época de los   quinceañeros   habían  pasado.
           -URGENTE,  comprá lechuga + Índice de la construcción!
           y separaba las letras como si se las deletreara a una criatura.
            L   e   c   h  u   g   a …                 L   e   c  h  u   g   a… 
           En octubre del 2001 dijo que iban a caer todos los bancos  y que el sistema se desmoronaría…
            La tomé por loca.
            Me hablaba  como si estuviera poseída, como si una revelación divina, repentina y monetaria, la hubiera invadido, como si la única forma de escapar a la incertidumbre fueran los ladrillos.
            Me burlé, mi formación universitaria priorizaba el raciocinio. Le expliqué que existía una ley de intangibilidad de los depósitos…
            -Van a caer todos los bancos!!!… repetía apretando los dientes como si volara de fiebre.
            La llevé a la guardia del Hospital. (acusó veinticuatro de presión).
            El médico le preguntó que le andaba pasando…
            -Van a caer todos los bancosssssss!!!
            El profesional me llamó aparte y me preguntó si habíamos discutido fuerte. Nos indicaron medicación psiquiátrica a los dos.
            Ella continuó taladrando mi cabeza con sus mensajes apocalípticos…
           Finalmente cedí a su presión.
           En la entrada a nuestra mansión yace una escultura tamaño natural  de una gallina ponedora cresta roja con un gorrito  cumpleañero. En sus garras lleva aferrada una planta de lechuga francesa repollada. Tiene el pico  de bronce gastado porque la gente que acude en peregrinación no deja de tocarlo a través de la reja y persignarse como señal de buen augurio.

 

Seudónimo:  Nairda


 

56.- LA MÁQUINA DE VAPOR

Tenía que coger el ave para dirigirme lo antes posible a Madrid, donde debía acudir a presentar mi primer libro, cuando llegué a la estación del Norte vi como se alejaba el vagón de cola, había perdido definitivamente la oportunidad de defender mi creatividad ante los críticos literarios más importantes del país. Probablemente al día siguiente hubiera aparecido en las portadas de todos los diarios de tirada nacional, y consecuentemente hubiera obtenido un rédito literario, que me hubiera permitido seguir escribiendo desahogadamente el resto de mis días. No todo fue un desatino, porque este hecho crucial en mi vida literaria, consiguió retrotraerme a la infancia, donde comencé a regocijarme de las primeras sensaciones, entre el pequeño e insignificante ser humano que era yo, y todo lo que me rodeaba que era mucho.
 
Una historia relacionada con el tren de vapor, una estación, los recuerdos que yo tenía, el olvido de ese espacio mágico y único, unos raíles herrumbrosos y fuliginosos, cubiertos por la vegetación, y unos árboles borrados por el pasado, esas eran los piezas de un sueño, porque  lo que en su día fueron unos hermosos olmos portentosos, hoy claudican secos y anémicos, ante la mirada arrobada de algún esporádico trotamundos, que de vez en cuando se pierde por esos lares. El reloj de la estación no tenía cristal ni agujas y sus números apenas podían distinguirse emborronados por la lluvia. La nota escatológica la ponía las letrinas que lucían un estado ruinoso, sólo quedaba la oquedad ya  sellada donde estaba el pozo negro, pero el olor no se me había olvidado, y a pesar de su estado deplorable mi subconsciente seguía percibiendo esa sensación que no era a ámbar precisamente
 
Una vaga reminiscencia que se desvanecía en un abrir y cerrar de ojos, ante la usencia de lo que fue y el vacio lábil que descubrí. Veo ese mismo lugar muchos años a atrás en una imagen en blanco y negro, una nube alargada de humo negro y olor a hollín de varios centenares de metros que dejaba una estela sucia. Ahora sí la vieja estación recobraba en mi fantasía ese aire innovador  de entonces, llena de gente que iba de un lado para otro, todo funcionaba a la perfección a las órdenes del jefe de estación, mientras un grupo de gente vestidos con ropas oscuras de antaño esperaba pacientemente. Mi tía abuela me llevaba a ese lugar, no para viajar, sino para continuar la tertulia diaria con sus amistades relacionadas con el mundo del ferrocarril. Era un espacio abierto a la libertad de los más pequeños, que corríamos a nuestras anchas percibiendo ese olor a hollín, entre vagones estacionados en vías secundarias. Los de color azul eran nuestros preferidos, sin saberlo eran coches de primera, donde nos acomodábamos en sus pomposos asientos tapizados, ridiculizando a los otros vagones de tercera con sus literas de madera y el minimalismo de su decoración. Sin entender lo que veíamos, era sorprendente contemplar el contraste entre esos lujosos vagones y nuestros hogares, que no tenían cuarto de baño, ni frigorífico, ni televisión ni agua corriente, creando una sensación de espasmo en el instinto de unos niños provincianos.
 
El color marrón que se veía en esa fotografía cincuenta años antes, sin explicación aparente seguía dibujando ese reloj con sus números bien definidos que marcaban las horas con precisión, era uno de los pocos referentes junto al monumental reloj del ayuntamiento.

Continuaba y continuaba recorriendo el abandono de todo el trazado viario que se constreñía  al término municipal, y lo único interesante que descubrí eran los enebros y matorrales portentosos, nacidos al abrigo de las vigas de madera carcomidas, como un último esfuerzo de la sabia naturaleza para  no olvidarnos de lo que fue el camino de hierro, hoy convertido en un testigo verde recordando el trajín de sus habitantes en una época no muy lejana, donde los vecinos humildes se  desplazaban de un lugar a otro, y recibían diariamente las cartas con sus esencias, el malabarismo de letras y las palabras recomponiendo el rompecabezas de su memoria, que puntualmente recogía el cartero  cuando llegaba el correo. Perdí una ocasión única en la capital de España, pero gané para la eternidad el recuerdo íntimo de mi infancia, que volví a recordar leyendo la lejana carta que encontré en un baúl olvidado en el rincón del desván de la casa familiar y que nunca llegó a su destino: “Lentamente zigzagueaba el artilugio de color negro, salvando los obstáculos de su camino y dejando una estela que perfumaba y adornaba el paisaje…


 

57.- MAGNICIDIO

 

LEMA: LA MUERTE ES TAN LIGERA COMO UNA PLUMA, EL DEBER, TAN ALTO COMO UNA MONTAÑA

 

 

         Llegó el día tan esperado. Yo estaba allí el famoso 22 de Mayo. Agazapado, pertrechado tras una ventana con las persianas bajadas. Esperaba la vuelta del coche con mi objetivo dentro. Llevaba semanas planeando el acto, saldría bien? Me echaría atrás? Tendría valor?...los sudores me cubrían la frente y bajaban por mis axilas. Ahí estaba yo, con una misión que cumplir. Y ahí estaban los demás, un total de 23.000 agentes de las Fuerzas de Seguridad dispuestos a impedirlo de la forma que fuera. Ganarían ellos?...podría ser. Las posibilidades de ejecutar mi quehacer eran tan sólo de un 20%. Sobra decir lo que me sucedería si me cogían con vida. Mejor no haber nacido.
            En esto estalló una tormenta eléctrica, me recordaba al concierto de los Stones en 1982, ello alentó a las masas y a los propios Stones, que cambiaron su repertorio entrando con la canción “Sympathy for the devil”. Había algo en el ambiente…el olor a lluvia junto con el olor a metal de mi rifle, la gente excitada en la calle…y yo esperando mi momento pacientemente.
            Las Fuerzas de Seguridad tenían tiradores apostados en las azoteas y muy probablemente varios colaboradores que les informaban de cualquier movimiento que se produjera en las ventanas. Por eso llevaba un visor especial para aumentar la imagen y ver a través de la rejilla de la persiana. El plan era claro, habría un momento en que el vehículo bajaría la calle y yo abriría las persianas de golpe, calculo que tendría 2-3 segundos para ejecutar un solo disparo, suficiente. Por mi cabeza martillean los compases de la música de Bob Marley “I shot the sheriff”. Había elegido ese día y no otro, porque el grado de dificultad sería máximo. Se había preparado el mayor despliegue policial conocido pero ojo! Ellos mismos sabrían que nadie se atrevería a ejecutar al Príncipe ese día tan señalado, “sería de tontos” pensarían. Yo debía aprovecharme de esa relajación para ultimar mi estrategia. Tenía miedo. Si me capturaban me arrancarían la piel a tiras, como poco. El plan era claro, disparar a través de mi cristal para luego atravesar el blindaje del vehículo. Para ello no podía elegir un proyectil rompedor ni tampoco explosivo puesto que se expandiría al chocar con el vehículo y el resultado sería herido leve. Elegí un proyectil normal de origen alemán. La pregunta era que porcentaje de desviación tendría el recorrido del disparo al impactar con el cristal. La potencia de mi rifle lo atravesaría sin problemas pero…se desviaría aproximadamente 0.5-0.6 mm al salir del cristal de mi ventana en dirección a su objetivo y…cuánto con el cristal del vehículo?. Yo calculé un 5-8%...”no más de 10 cm” pensé. Suficiente, el daño sería mortal y el sujeto no sobreviviría.
            Llegó la hora. Abro la persiana y disparo. Le he dado de lleno, rápidamente me descuelgo por la ventana interior y una vez abajo acciono el explosivo previamente colocado con el fin de borrar huellas.
            Me introduzco en la alcantarilla presa de un manojo de nervios. Estará vigilada? Este era otro riesgo a superar. Sabía que la habían registrado pero…estaría controlada durante la boda? Sospeché que no , y no me equivoqué. Seguí el plano previamente diseñado y llegué a mi destino.
            Huí, me escabullí como una rata de cloaca, eso es lo que era en ese instante. En mi cobijo no me apetece seguir las noticias, me volvería loco. Tomo somníferos para conciliar el sueño. En el suspiro que separa el sueño de la vigilia me despierto. He dormido casi 20 horas y los medios afirman que el Príncipe ha salido indemne. Su chaleco antibalas y un giro inesperado de su cuerpo en el momento de la detonación le han causado heridas leves, al parecer luxación de clavícula. Se pondrá bien. El autodenominado “Príncipe de Asturias” ha ganado la batalla y saldrá reforzado de esta situación. Los medios lo presentan como “el triunfo de la democracia contra el terror”, lo esperado. Olvidan que esa democracia que alardean está representada por una Institución de extrema derecha católica que ha sido impuesta al pueblo por la fuerza. Que no están ni han estado nunca legitimados por el pueblo. Total, las urnas no les interesaban mas que para romperlas en mil pedazos, en vez de llenarlas con sus votos.
            No recuerdan que en el 23-F el “Rey de los españoles” estaba al tanto de la intentona golpista y tenía preparado otro discurso con traje de paisano por si la rebeldía prosperaba.
            Espero un tiempo prudencial a que las aguas se calmen. Huyo del país. Sin embargo, mi regreso no será un camino de rosas, como se preveía. He de rendir cuentas a mis responsables y el colectivo al cual pertenezco no suele perdonar las negligencias. Nunca había fallado en misiones de estas características pero…me da que mi destino es el que tenía reservado al Príncipe. Contraproducente, verdad?
            En mi presumible entierro no habrá farándula de ninguna clase. No dispararán salvas en mi honor. Probablemente yaceré en el fondo de un mar o enterrado quién sabe dónde. Unos dirán “era un plebeyo”, “era un buen chico” espetarán otros. Qué más dá.
Es todo.

 

Seudónimo: Esperanza

 


 

58.- Alegría


    La vida me tenía planeada  una experiencia que yo jamás la hubiera sospechado.  Ella, la existencia, había tenido en cuenta, entre sus planes y los míos, un solo detalle en común. “El tiempo”. Este era el mismo, que por mi lado, yo estaba  planeando para hacer mis vacaciones de agosto, en Alegría un hermoso pueblo costero en Colombia.

Pero los hilos que tejían mi vida,  lograban unas puntadas  muy diferentes a las que yo planeaba para mi viaje a Alegría. Puntadas  dolorosas, agujas que entran y salen traspasando mi corazón, nudos  firmes sin esperanza de ser  desenredados, hilos que no se dejan cortar,  ni con las hojas  finas,  de una tijera, mucho menos con mis dientes apretados de rabia y desasosiego. Colores de hilos amalgamados entre el rojo sangre y el blanco puro inmortal, espejos difuminando entre la vida y la muerte. Tejidos que a simple vista se enuncian bellos y perfectos, pero que si se giran, por su  otra cara, son nudos impenetrables, caóticos desenlaces, maraña de enredos y turbaciones.

Envié por Whatsapp a Alicia, mi hermana,  la lista de las cosas para no olvidar llevar al paseo: Libros para leer, muchas veces nos turnábamos la leída, así que  los temas o escritores debían identificar el gusto de las viajeras. Llevar toallas de playa. Sabíamos que no había sombrillas ni esterillas en la playa. Alegría es un pueblo  virgen y la blanca arena se pegaría en nuestra piel haciéndonos  salpullido. Llevar ropa en buen estado para donar. El pueblo es pobre y cuando llegamos con ropa y zapatos en buen estado, ellos lo agradecen infinitamente.

Alicia, me escribió diciéndome que todavía no había  podido hacer la maleta. Igual teníamos ya reservado los pasajes y habíamos pagado por adelantado la casa de  la playa en Alegría. Por mi lado, había hablado con Rafaela y su esposo Jacinto, los mayordomos de la casa, donde iríamos  a veranear para que nos tuvieran el sancocho de gallina listo.

Rafaela, se levantó el domingo muy temprano para mercar en la plaza del pueblo. Regateaba el valor de la yuca con el tendero Fredis.  Le aseguraba, además, que el ñame estaba viejo. Fredis, sacó de una caja de madera otro ñame, lleno de tierra y recién cosechado, y se lo entrego a Rafaela. Con esto contentaba a la mulata y aseguraba una compra más prometedora.

Rafaela,  se subió  a su hombro el costal del mercado, dejo ver sus pechos mientras acomodaba el pesado saco. Tomó  la gallina, que había comprado, por sus patas, y vio como los  pequeños ojos del ave escudriñaban su pollera viva de colores naranja, rosado, amarillo y  verde limón. 

Pasé la calle Belmira, entre en la sastrería, entregue mi recibo, y la costurera me dijo que mi traje de baño estaba listo.  Entre al vestier, deje caer mi falda, desabotone mi blusa y deslice mis piernas por entre el vestido de baño de una sola pieza. El bañador olía a sal, algo de humedad y su color naranja ya no era tan intenso, en el borde de la parte trasera, del bañador,  había arena y sal del último paseo.  

Para calmar las ansias del viaje,  tomé al azar una película de la biblioteca, la coloque en el ordenador y me senté en mi sillón preferido, con una taza de arroz soplado, para amenizar la película.  En esas dos horas de cine mi mente veía, por un lado, a mi hermana Alicia sentada en el comedor de madera muy al frente de la ventana que mira al mar, y a Rafaela trayéndonos el sancocho, hecho de la gallina que había sido cautivada por su pollera colorada. Veía a Alicia sonreírle a Rafaela desde que la veía llegar  con la bandeja y los dos platos de sancocho, la miraba como cuando se mira a la madre y se reconoce en ella el amor infinito. Y, por otro lado, me dejaba llevar por las escenas románticas de la película.

A la mañana siguiente, faltando solo un día para salir de viaje y tomar el vuelo No. YP567 con salida a las 10:30 A.M., mi hija Perla, gritaba desesperada, por un dolor en su estómago. Comenzó a ponerse pálida y a quejarse continuamente. Solo faltaba unas horas para tomar el vuelo, pedir una copa de vino blanco y dejar expuesta nuestra piel blanca,  con ganas de ser  bronceada por el sol.

Pero la vida me tenía planeada  una experiencia que yo jamás la hubiera sospechado.  El vuelo salió solo con Ana, mi silla A10 fue remplazada por una silla  de urgencias en una clínica. “Peritonitis”, fue el diagnóstico que dieron los médicos, al cuadro de mi Perla.

Me zambullí en un mar turbio, toque el fondo lodoso y frio de su suelo, abrí la boca sabiendo que nadie  escucharía mi desgarrador grito de dolor. Salí del agua, acaricie el cielo gris, mientras que mi vuelo rosaba, con sus ruedas, la pista informal del aeropuerto de Alegría. Rasgue el firmamento y llore la muerte de mi hija Perla.

Seudónimo: Yandita


 

59.- VAIVEN DE OLAS

 

El sol desfilaba junto con todo su séquito, aves, viento, aromas, muy pronto
deseé tener en mis manos un café caliente, recuerdos, niñez, juventud, al parejo
de mis compañeros desayuno sin mucha prisa, noticias que se mezclan con
rumores, sobre las voces está latente tu ausencia, tu risa, tu forma, tu sombra
triunfal que se arroja a los atardeceres, a tu estrechez de territorio amurallado,
en ese tiempo derrochábamos juventud paseando por el malecón de la paz
ascendiendo entre risas y caracoles, nos sonrojaban las olas, te invité a las
nieves, jugué a la galantería con poco dinero, no cabe duda que el amor se
atesora cuando se ha vuelve sal y arena, ¿Por cuánto tiempo llevaré esta luna?
-Hoy la pesca ha sido buena, que no paisa?

Sonrío con la buena cara, el Segundo es un hombre sediento de juego y vicios,
sin embargo no he conocido a nadie más hábil para este negocio, es un hombre
abierto por timón a los excesos, me sorprendo con una gran necesidad de
conversación , la inercia acompaña la alineación de los astros, busco a orión en
su persecución de las pléyades, tengo miedo de soltar mis amarras.

¡ cuidado¡ ¡atrás ¡ atrás¡ Sentía tantos deseos de romperle la quilla, que se fuera
al fondo marino a acompañar a la eternidad, no, no podía explotar de esa forma,
solo somos un puñado de hombres con nuestras alas pegadas de salitre. La
maniobra había fracasado, pude protegerme con el brazo, el poste me lo partió
en dos, llamada de emergencia , helicóptero de rescate, de nuevo vuelve el rictus
de dolor. Es un accidente a cualquiera le puede pasar.

En aquel mundo tibio eras un paciente con aborto repentino, tu madre
entristecida, la flor de sus ojos estaba ausente, tan jóvenes e irreales, no había
lugar para nosotros, tenían que salvarte, yo llegué suspendido, incluso a mí me 
ocultastes tu estado, cuando te vi llamé la atención, tus hermanos me atenazaron
con sus brazos de cangrejos, eras el ego de tu padre hecho niña, pusieron un
mundo de por medio, silencio amenazas y un par de buenas golpizas, como
quisiera que la realidad solo fuera un sueño. Pasaba el tiempo y me hice a la
mar marinero, a buscar tus secretos que moldean océanos, a encontrar puertos
ganados a buen precio.

Ahora con mi brazo partido en dos, aprendo de la vida, de mi piel curtida al sol,
Del cielo claro y del naufragio, cierro los ojos comienzo a soñar, fija el rumbo
timonel.
Diálogo etéreo

Él –¨ la verdad es que no encuentro claridad en las palabras¨

Ella-¨no te preocupes el tiempo no ha sacado ventaja de nosotros¨

ÉL -¨tendría que estar donde nunca he estado¨

Ella-¨no te preocupes en el vaivén de estas olas somos iguales¨

 


 

60.- La Caja de Hierro

          Cuando su familia se mudó al viejo apartamento de los suburbios, tenía cuatro años de edad y aunque el apartamento estaba sucio y era oscuro, el niño estaba feliz porque la gente que antes vivía allí, había dejado, tal vez olvidado, un viejo televisor.
           Anteriormente vivía en una pequeña habitación de una pensión del centro de la capital, allí, no había TV, ni espacio para jugar. Pero ahora al fin podría ver televisión y tenía todo el apartamento para jugar.
             El televisor era una caja de hierro color verde oxidado. Tenía  patas, antenas retráctiles, un lomo enorme, monitor abultado blanco y negro y selector de canales de perilla. El niño estaba feliz porque además de la Pantera Rosa, que había conocido viendo TV durante una visita a los abuelos, en la caja de hierro que encontraron en el viejo apartamento, conoció también a otros personajes como el Gato Félix, Fantasmagórico, Goldar y Simbad el Marino.
             Pero todo ese mundo mágico que entraba en la casa a través la caja de hierro, se esfumaba a las ocho de la noche, pues a esa hora los jóvenes padres mandaban a los niños a dormir con la excusa de que la programación a partir de ese momento era para adultos.
           Esta frase: “programación para adultos” despertó curiosidad en el niño. ¿Qué era eso?, ¿por qué los niños no podían verla? Día a día crecía aquella curiosidad. Una noche, antes de quedarse dormido pasó horas pensando en el asunto y dando vueltas en la cama. Despertó noche cerrada y sueño espantado. Miró hacia su ventana: cielo sin estrellas, luz de un farol. Miró hacia el pasillo que conducía a la sala: resplandor plateado de la caja de hierro. Percibió un leve murmullo que venía del fondo. Era la programación para adultos.
             Aunque temía a la  oscuridad, y a las sombras que acechaban a su amparo, le apremiaba develar el misterio de lo que era "programación para adultos". Encomendándose a Dios, se levantó sigilosamente  y caminó de puntillas descalzo por el pasillo, sin hacer el menor ruido, para que sus papás que estaban al final, en la sala, de espaldas al pasillo y de frente a la tv no lo escucharan.
             Sentía la respiración acelerada,  estaba a punto de descubrir el misterio.  Sus padres no hablaban, y su corazón, a cada paso le latía más y más fuerte: ¡tucún, tucún, tucún!.
            Llegó  al final. Asomó la cara y vio  a sus papás desde atrás, sentados uno junto al otro, concentrados en la TV. Los observó  con miedo, con detenimiento. Tenía la seguridad aterradora de que de repente girarían el cuello por casualidad y lo sorprenderían.
             Entonces por fin sus ojos se posaron en la TV, ¡qué decepción!, vio una pareja, hombre y mujer, hablando trivialidades sentados a la mesa de un restaurante.
             Metió la cabeza, dio media vuelta y se devolvió  decepcionado mientras trataba de entender por qué una pareja sentada a la mesa era “programación para adultos”. Cuando pasó frente a la habitación de sus padres para llegar a la suya, los vio  acostados durmiendo plácidamente. Detrás de él, seguía la caja de hierro inundando el pasillo con su luz plateada, el murmullo de las voces a bajo volumen y sus padres mirando la tele.
             Todos los pelos se le pusieron de punta. Apresuró el paso, se lanzó a la cama y se hundió entre las sábanas.

Seudónimo: Carlos Herrera


 

61.- RESCATANDO RECUERDOS JUNTO AL RÍO

 

            Sentado en un banco voy liberando letras que hablan de celos, de amores, de dramas, de vidas olvidadas. Al pasar sus hojas brillan sus pupilas sintiendo como los personajes descubren paisajes, sentimientos y nostalgia. Es joven, lleva pantalones con jirones, el pelo largo y zapatillas de caminar más allá del paseo.
            Al levantar la vista se detiene en las incipientes hojas que anuncian la primavera prometiendo sombra para el verano, después se pierde entre nubes blanquecinas que adornan un cielo azul lleno de la claridad de la mañana. Recuerda cuando su padre, allá en el pueblo, le hablaba de trigales verdes, de cosechas, de vacas, del tiempo, del barbecho, donde fue entendiendo de vidas ajenas y promesas.
            Se ha levantado despacio, el libro bajo el brazo, y se ha acercado a contemplar el río lleno de vida, como los plátanos, agradeciendo con el rumor de sus aguas la lluvia derramada lejos. Aprieta las letras, quiere que sigan estando encerradas en el libro hasta que vuelva a soñar con sus historias, alegrías y llantos. En su pueblo no había biblioteca, ni librerías, apenas vida quedaba junto al pilón cuando marchaban al mercado del pueblo grande donde escuchaba historias y veía libros en una tienda, siempre cerrados, esperando, sin conseguirlo, alguien que liberara sus letras.
            Ahora pasea recordando las tardes en que sus manos acariciaban otras manos y aquel banco donde recitaba toscos poemas, tan llenos de sentimientos como carentes de armonía. Es tiempo de melancolía, los árboles aún dejan ver el cielo, el agua del río camina entre colores recitando tiernas canciones. Es lunes, tendrá que esperar al viernes para volver a soñar despierto con aquellos ojos vivos que le miran reflejando el amor que en los suyas palpita.
            Inquietud en la espera, mira sonriendo el escaparate de la librería lleno de historias y vidas encerradas en libros con letras presas. Se pierde en las calles llenas de bullicio y contempla las agujas livianas de la catedral imaginando las vidas e historias que tienen escondidas sus piedras. Los amigos, las tabernas, las bromas, la compañía ponen marcha al mediodía, es tiempo de pisar la realidad y construir nuevas vivencias para encerrarlas algún día en un libro como aquel que lleva bajo el brazo.
            Pronto las sombras acariciarán el verano, seguirá liberando letras y mirando a los ojos a la persona amada. El tiempo detiene su marcha cuando los sentimientos se embarcan entre sueños y esperanzas.
           Castilla está adornada de trigales verdes, de promesas de verano ya sin carros, ni trillos, ni bueyes ni caballos. Ha llegado el futuro a las tierras con los tractores, los abonos, las cosechadoras y las máquinas. Acabaron desterrándonos de nuestra tierra en busca del dinero, del consumo, de las prisas y las letras. Conseguimos abrir caminos en la capital sobre el asfalto, lleno de ruidos, pero nunca olvidamos que allá en el pueblo, junto al río, se mecen los árboles y la prisa deja sitio a la calma.
           He vuelto a escuchar historias de renacuajos, de nidos de colorines y de vencejos castigados por niños traviesos. He recordado las fiestas, la nieve de los  monigotes con zanahoria en invierno y el calor sofocante del verano. Al despertar del sueño en el banco he sentido la nostalgia del pueblo y unas ganas inmensas de pasear por sus campos, de dar las buenas tardes a los abuelos y de contemplar las estrellas y hablar con la luna del pasado.
           La promesa del verano me lleva directo a la plaza, a las tres cruces de la  ermita, a la iglesia y a las meriendas en las bodegas regadas con nuestros vinos. El sabor de la viña cercana cuenta historias alegres que algún día guardaré entre las letras de un libro donde el pueblo duerma feliz, rescatado del olvido.


62.- La neblina y el niño

 

Todos las noches húmedas lo mismo: con muchos trabajos subía al alféizar de su ventana, la que le quedaba bastante alta a sus cortos cinco años, la única de su habitación y la más cercana al acantilado. Y miraba hacia afuera con emoción.
     No la abría. No. El miedo, ustedes saben. Caer infinitamente por ese interminable acantilado. Y hasta el fondo, las terribles piedras demasiado duras esperándolo sin tregua. Con las palmas petrificadas abiertas. Listas para devorarlo. En pedazos.
     Pero las piedras no nos conciernen, el cielo es aquí lo importante.
     Las piedras sí, allí estaban; y el acantilado también. Sin embargo, ni rastro de la tradicional neblina de su pueblo.
     La neblina. La tan ansiada neblina.
     Aquella que los adultos decían que era mágica. La misma que decían que los visitaba constante desde hacía cien años. O más. ¿Quién lo recuerda realmente?
     La esperada neblina mágica.
     Pero también los viejos sollozaban que el clima había cambiado mucho, que los calores ahora eran sofocantes, y que la lluvia y el agua se retiraban cada vez más. Ya no se dejaban ver con facilidad.
     Y así, bien emocionado trepó el niño por que vio un poquito nublado afuera en la calle… ¡Y pues no, no fue la tan ansiada neblina!
     Con pasos tristes volvía a su cama, todas las veces que se equivocaba, todas las veces que lo creía, guardaba ese tesoro de papel que cada ocasión llevaba entre las manos, (otra buena razón para no abrir la ventana, con él bien agarrado, simplemente no podía). Triste y acongojado ante el chasco, se disponía a dormir, soñando con navíos que surcaban el cielo en busca de tierras fantásticas.
     Y así muchos, muchísimos días. Muchos, demasiados meses. Durante los largos cinco años de su corta vida.
     Hasta que un día, sin preámbulos, sin previo aviso y sin razón aparente (nada se celebraba, no se cumplía ninguna profecía, o nadie se acordaba ya de eso, qué se yo), ocurrió.
     Ya sin muchos ánimos pero con la esperanza que nunca muere en los de corta vida, el pequeño subió trabajosamente al alféizar y se asomó a la ventana. Con la emoción más grande que podía abarcar su joven corazón, abrió los ojos como platos y la boca se les unió. Ahí estaba: ¡la neblina mágica de las leyendas de su pueblo! La neblina prometida. Hermosa. Radiante. Profundamente gris.
     Corrió como un loco de vuelta hacia su cama y debajo de ella sacó de prisa el arrugado barco de papel. Lo vio y todo su mundo tornó en risas. Lo abrazó con mucha fuerza. Y arrugado entre sus manos, volvió a trepar con él a la ventana. Y ahora, sí la abrió.
     No había ni pizca de miedo en su corazón.
     Sintió la brisa fresca y húmeda de aquella neblina mágica. Lejanos fulgores azules entre las nebulosas grises del vasto horizonte, le respondieron que sí, que era una idea magnífica. Y ante aquella respuesta, no lo pensó dos veces:
     Ofreció el arrugado barco de papel al acantilado y con toda la fe que breves cinco años le permitían, lo echó a volar…

(…)

¡Miren! ¡Miren! ¡Allá va un niño sobre un barco de papel!
            Busca tierras fantásticas para descubrir, remontando la mágica y recuperada neblina de nuestro pueblo.
            ¡Es increíble!


 

63.- Tómate una más


En aquella época, a los niños nos mandaba a comprar tabaco y el tendero nos lo vendía sin siquiera inmutarse.  Lo mismo ocurría con los bares. Mi madre decía que el bar de Manolo no era sitio para mujeres, que si no… ¡Ella misma se ocuparía de sacar a mi padre de allí! En cambio, me mandaba a mí, que como era un niño, tenía la entrada franqueada, serpenteaba entre las mesas y el humo (por supuesto que se fumaba dentro, ¡y cómo se fumaba!), hasta dar con los pantalones de papá, y detrás de la niebla, con él mismo.
- Dice mamá que….
- La bruja ya te ha mandado al niño – vociferaba alguien
Mi padre, siempre me sonreía, apuraba el vino que le quedaba en el vaso y me decía: “Corre y dile que enseguida voy”
Yo lo hacía, pero sabía que era mentira. Que cuando aún estaba yo saliendo del bar, alguien decía “¿Ya te vas a ir, Toñito? Siéntate, que te invito una ronda” Y entonces él se quedaba. Y mi madre se enfadaba conmigo por mentiroso y por no saber hacer bien ni un recado.
Por eso, yo odiaba el vino y el bar de Manolo a partes iguales. Por eso, y porque eran el motivo de constantes grescas entre mis padres.
Sin embargo, cuando mi padre murió y mi madre salió a trabajar, por las tardes me quedaba solo en casa, y un poco por inercia, y otro poco por costumbre, me acercaba al bar de Manolo, me escabullía entre las mesas, siempre vociferantes, siempre cubiertas de humo, hasta la de mi padre. Y allí, entre las risotadas, y el ruido de platos, estaba la silla vacía de papá y su vaso lleno de vino. Y yo me sentía por un momento a su lado otra vez.
Entonces me parecía normal que su sitio permaneciera intacto, como esperando que regresara. Pero ahora comprendo que era todo un gesto por parte de sus amigos, tenerlo presente de ese modo tan especial. Si alguien me veía acercarme, no me lo decía. Era como si yo mismo fuera un fantasma y la presencia de mi padre en aquella mesa fuera lo real.
El tiempo me llevó a olvidar aquella promesa que me hice de niño en las tardes en que las trifulcas en casa amenazaban con descascarar las paredes: nunca bebería vino.
Ahora suelo beberlo, siempre entre amigos. Siempre recordando a mi padre y su remoloneo casi adolescente a la hora de regresar a casa.
Sin embargo,  a veces, me acerco al bar de Manolo, aunque Manolo ya no esté, aunque no se permita fumar dentro, y me siento solo a una mesa. Pido dos vasos de vino, y mientras me bebo el mío,  dejo el otro sobre la mesa, como un reclamo. Como un anzuelo. Tal vez, algún día, mi padre se decida a sentarse un rato conmigo y remolonear a la hora de regresar al cielo.

 


 

64.- Transcontinental

 

Ésta es la pequeña historia de un hombre corriente, de mediana edad y vida tranquila. Gaspar es su nombre y trabaja de operario de mantenimiento en un hotel de su amado pueblo; un lugar de postal en la costa. Se cree afortunado porque le gusta su trabajo. Él es un “manitas”, siempre lo fue y, además, solamente necesita caminar cinco minutos desde su casa hasta el hotel. ¿Qué más podría pedir? Su deseo es jubilarse haciendo aquello que le gusta.
            Esta es su idea de felicidad… O, al menos, lo era hasta ahora.
           A Gaspar le pasa algo. Hace unos días que no da pie con bola: se despista fácilmente y no llega a terminar satisfactoriamente su trabajo. Ya ha tenido un par de avisos por incidencias mal resueltas o inacabadas. Ahora, la dirección, le ha advertido que la siguiente se considerara una falta grave: dos semanas en casa sin sueldo.
           Gaspar no sabe muy bien que es lo que le ocurre. Abdelali, su compañero en el equipo de mantenimiento, lo tiene muy claro:
           - Estás enamorado -le dice abriendo los ojos como platos.
            Gaspar no puede evitar ponerse más rojo que un tomate, siempre le pasa cuando le hacen este tipo de bromas. Pero Abbdelali, además de su mejor compañero en el hotel, es una buena persona que siempre sabe sacarle una sonrisa y que, además, no se equivoca nunca.
           Esto le hace pensar en la Sra. Halliwell, una “lady” escocesa que estuvo alojada en el hotel hace apenas unas semanas. La conoció personalmente un día que tuvo el aviso de una avería en la habitación 304. La Sra. Halliwell estaba esperándole para pedirle que sintonizara la BBC en el canal de la televisión. Cuando se encontró ante ella enmudeció: lucía un vestido floreado y el cabello negro recogido con una cinta en conjunto. Lo trató con educación exquisita y cuando quiso darle una propina, Gaspar se negó rotundamente.
           Por suerte, la BBC, no quedó óptimamente sintonizada, de modo que volvieron a pasar el parte de avería de la habitación 304 hasta 3 veces más. Era una incidencia leve; ajustar un par de botones y ya está, pero, inexplicablemente, las “visitas” se alargaban. La última vez, la Sra. Halliwell, le entregó una tarjeta de visita. “Zebra”, es el nombre de un hotel de su propiedad en Sudáfrica. Volvía a casa a la mañana siguiente y le invitaba a visitar las instalaciones y sus preciosos paisajes de alrededor. Gaspar le agradeció la amabilidad con su precario inglés, prometiéndole que se escaparía durante las vacaciones.
            De esta manera, tan imprevisible, es como están transcurriendo las cosas en los últimos días y ahora, Gaspar, tiene en las manos una carta para presentar a la dirección de la empresa. Se trata de la demanda de un año de excedencia. La jefa de Recursos Humanos lo mira de manera escéptica, pero a Gaspar le ha parecido ver también un reflejo de envidia en sus ojos.
           ¡Lo ha hecho! Después de dudarlo mucho, finalmente se ha decidido. Tiene unos ahorros, suficientes para desaparecer 3 años si quisiera. Pero Gaspar es un hombre muy cuerdo y, aunque prefiera tocar con los pies en tierra, no le queda más remedio que coger un vuelo transcontinental. Su primer vuelo.
            Mientras espera pacientemente en el hall no puede evitar fijarse en un tornillo suelto que sobresale en su asiento.
           “Si tuviera un destornillador…- piensa- Pero las normas del aeropuerto son muy estrictas. Igualmente, creo que ya ha llegado el momento de comprar un nuevo juego de herramientas.”

 

Seudónimo: SIRI ANUL


 

65.- Existencia fugaz

           Maravillada, fue de muerte la ansiedad durante el descenso. Apenas el aterrizaje se materializó, sintió la frescura de la libertad.
           La experiencia inédita, su primera vez bailando en aquel mundo tan desconocido. Tambalea,  intenta el equilibrio, siente vergüenza consigo misma al notar su torpeza, se pregunta cómo lo hicieron sus hermanas, cómo habría sido el descenso de ellas y sus primeros pasos en ese mundo extraño donde ahora podía notar su silueta. Sintió inconformidad con su forma, tan oscura y disuelta; en realidad siempre fue así, pero nunca antes lo percibió y mucho menos tuvo parámetros de comparación. Ahora puede ver colores, como el verde que resplandece en el horizonte. Son las copas de los árboles, que quietos brillan al abrazar la luz que emite el sol. Detrás de los árboles, montañas; detrás de las montañas no puede mirar, pero en un momento descubrirá un pueblo habitado por seres cuyas siluetas tienen más gracia y hermosura que la suya.
           Envidia el verde de los árboles y el buen ritmo que llevan y va incrementándose a medida que ella se acerca, desea poder moverse como ellos, y no con su andar torpe y desorientado. Envidia la majestuosidad de las montañas, esa inmensidad sólida, inquebrantable. Ella tan simple. ¡Entonces lo nota! ¡Tiene conciencia! Ahora es capaz de describir lo que ve, de repente siente la agonía de saberse inmersa en un universo de posibilidades y diversidades, de sentidos y percepciones.
           Cree entender a las que antes de ella descendieron y no volvieron jamás. Tal vez están bailando en algún desierto, o paseando por las calles de los pueblos. ¿Cuál sería el aspecto de ellas? ¿Cómo podría encontrarlas?
           Apuró sus pasos, cruzó el desierto, escaló las montañas.
           Cuando estuvo en la cima, observó a lo lejos el pueblo, los pequeños seres con siluetas agraciadas. Por alguna razón creyó que ellos podrían ayudarla a encontrar a sus hermanas. No sospechó que su llegada al pueblo fue anunciada, y que el anuncio encendió las alarmas.  Todos enloquecieron en el pueblo, no es la primera de su clase en visitarlos.
           Ella apresuró sus pasos, nadie esperaba el cambio de su velocidad que incrementaba también su volumen y aspecto. De repente escuchó las voces, se sintió confundida, podía entenderlos aunque procesaba el sentido de sus palabras con lentitud, como adaptándose a un nuevo conocimiento. Entendió que ellos gritaban de miedo, que se desesperaban cada vez que ella intentaba comunicarse. Se preguntó por qué no podían entender que ella sólo encarnaba la libertad que su Dios le permitió.
           Y en un instante comprendió que no encontraría jamás a sus hermanas porque ellas ya no estaban allí. Como tal vez lo hicieron ellas, al entender el dolor que su presencia generaba, se extendió hacia las alturas, sintiendo cómo se disipaba su existencia, cómo su silueta se iba esparciendo a todas direcciones.
            Sintió su conciencia desvanecerse, supo que nunca más podría volver a ser, sonrió.

 


 

66.- DISTANCIA 

            Había tomado el avión con pocas ganas y percibía claramente como, a medida que
avanzaba hacia su destino, se acentuaba su malestar. Imaginaba a su padre esperándolo, tan alto y robusto, tan estricto, tan exigente y, sin embargo, incapaz de controlar sus emociones. Intuía sus ojos llorosos, la manifiesta avidez por abrazarle, el temblor en su voz. La mezcla de obligación, responsabilidad y pena que le invadían, provocaba en él una reacción que dificultaba su propósito de ser amable y cariñoso.  
            Cuando estaba lejos, sentía que la distancia nutria la relación, las imágenes familiares que venían a su mente eran agradables, incluso le enternecían, y entonces se sentía capaz de buscar un hueco en la agenda para ir a verle. En cuanto tenía los billetes  en la mano cogía con impaciencia el teléfono para comunicarle la fecha de su visita. Pero a partir de ese momento su desinterés crecía a pasos agigantados y el futuro viaje se convertía en una obligación imposible de cumplir.
            Arrastraba con fastidio su equipaje por la plataforma, se había quedado atrás,  necesitaba tiempo para dibujar una sonrisa antes de llegar al final del pasillo; vio que allí se acumulaba mucha gente mostrándose afecto. Esto no le ayudó, se sentía invadido por  esa frialdad que no podía evitar, y los abrazos y las lágrimas que le rodeaban alimentaban más su bloqueo.
            Su semblante pétreo se fue ablandando al no divisar la figura de su padre. Incluso se dedicó a leer los carteles con nombres rotulados que algunas personas sujetaban, tal vez había mandado alguien a buscarle. Pero le conocía bien y era incapaz de no ir personalmente a recibirle.
            El gentío empezaba a disiparse. La sala se agrandaba por momentos y los ecos de los altavoces sonaban acuosos. En un instante, todo cuánto había construido lejos de allí, la vida que había dejado atrás hacía unas horas le parecía ahora insignificante ante la falta de presencia de su padre.
            Se le acercó una mujer y le preguntó si era el hijo del señor sentado en la silla de ruedas al que ella acompañaba.

                   Miró al escueto anciano de mirada extraviada. Echó cuentas. Habían pasado casi diez años desde la última vez que había ido a verle.            

 

67.- La muerte postergada



Como otras tantas veces, Joachim Rutinger sobrevoló los macizos de Normandía en su aeroplano AG-56. Rutinger, piloto berlinés con dos hermanos muertos en la Campaña de Túnez, piloteaba sin mayores problemas hasta que, a cientos de metros delante de él, aparecieron tres cazas de la RAF. Rutinger intentó elevarse, pero segundos después, un misil impactó en la cola de su avión.

El misil provocó la desestabilización del AG-56 y una humareda que impidió la visibilidad de Rutinger, a quien no le quedó más opción que eyectar de la cabina justo cuando los cazas de las RAF ametrallaban su avión, destruyéndolo por completo. En medio de su caída, Joachim abrió el paracaídas y cayó en un bosque de abedules.

Atrapado en el ramaje de un abedul, Joachim Rutinger no perdió de vista a los aviones de la RAF, los cuales se alejaron rumbo al norte. Rutinger exhaló y luego, se desabrochó el paracaídas con prestancia. Brincó a un suelo húmedo, cubierto de hojas amarillas y marchó sin rumbo, hasta llegar a un sendero que se extendía hasta una quebrada.

Al descender por la quebrada, Rutinger descubrió un conjunto de chozas de adobe que bordeaban una calle de adoquines. Joachim Rutinger enfiló por la arteria y observó que todas las viviendas tenían sus puertas y ventanas tapiadas. Mientras andaba, Rutinger escuchó ruidos, profundos y regulares.

Joachim Rutinger descubrió que la fuente de ruidos provenía de un galpón de fachada gris, emplazado al final de la calle. Rutinger entró, y estupefacto, observó que el interior estaba vacío, salvo por un proyector que exhibía un filme en una pared blanca y lisa.

La película trataba sobre las incursiones áreas de los alemanes en la ribera normanda. Joachim Rutinger observó, por primera vez, los bombardeos desde la perspectiva de las víctimas francesas. En una escena, observó cómo una madre y su hija lloraban abrazadas frente a los escombros de su hogar.

En seguida, la película mostró a un hombre que piloteaba un avión AG-56  con rostro tenso y demacrado. El aeroplano era perseguido por un escuadrón de la RAF. Rutinger apenas supo reaccionar cuando en un primer plano de la siguiente escena, el hombre que piloteaba el AG-56 resultó ser él.

Medio minuto después, la película mostraba el exterior del avión AG-56, el cual recibió una ráfaga de metrallas y se desintegraba; de esta forma, el filme concluía abruptamente. Joachim tembloroso quiso retirarse del galpón, pero sintió un dolor en el tórax.


Al palparse el tórax, Rutinger advirtió una gran mancha de sangre en su camisa. Cuando se dirigía con lentitud a la puerta de salida, sintió una transpiración gélida en su rostro, su vista se nubló y de pronto, se desplomó con brusquedad.

 

Seudónimo: Don Mirlo


68.- Sin destino


Mama tenía razón, me decía a mí misma tumbada sobre la cama. “Los días de lluvia los sueños parecen viajar más rápido y lejanos que los días de sol” solía decirme cuando me encontraba mirando la lluvia caer en los charcos del patio.

Desde la ventana de la habitación podía ver el puente. La lluvia caía, mostrándose la ría gris esa tarde. Me cansé de esperar el sol y decidí salir del hotel. Saqué el billete y subí al puente para cruzar de orilla. En esos momentos las nubes habían abierto ventanas en el cielo, dejando pequeñas esperanzas azules que pronto se apagaron. Caminé por las calles, que poco a poco fueron vaciándose hasta escuchar mis pasos sobre el asfalto encharcado y las gotas golpeando el paraguas. Con las luces de las farolas encendidas regresé a mi cobijo en esos días.

Saludé en recepción y subí dispuesta a descansar en mi habitación. En el ascensor coincidí con un hombre apuesto, su rostro me pareció enigmático, transmitiéndome cierta inquietud aunque también atracción.

Al día siguiente, con las primeras luces del alba, me asomé a la ventana y pude contemplar otro día grisáceo. El puesto de periódicos que se encontraba junto al puente colgante izaba la persiana comenzando así su jornada. Al salir de la sala  de desayunos crucé una mirada con el misterioso hombre del ascensor de la noche anterior. La mañana transcurrió algo más aburrida de lo esperado, las dos conferencias a las que asistí me decepcionaron un poco, así que después de comer tomé el aire por el puerto. Sentada en un pequeño local bebí un café cargado sin más compañía que el sonido de la lluvia azotando los cristales de las ventanas que dejaban ver los barcos amarrados a merced de las olas agitadas. Cuando me disponía a salir del bar, entró el huésped de mirada penetrante y rostro peculiar. Me quedé por un momento inmóvil. Después, sin razón aparente me dije que mejor me tomaba otro café allí. Igual así, la lluvia cesaba. No quería mirarle, pero mis ojos no sabían hacer lo contrario. Sentado a espaldas del ventanal se entretuvo con el periódico entre las manos. Leer, no sé si hizo mucho, porqué noté como me miraba curioso, seguramente me recordaba del hotel. Cansada del juego salí abrazando el tímido rayo de sol que asomaba en ese momento. Él, aburrido del periódico lo dejó en la barra y salió tras mí. Unos pasos más adelante se puso a mi altura y me preguntó si deseaba dar un paseo en barca. Pensé que me tomaba el pelo, pero cuando observé su rostro serio mirando a un yate que destacaba entre barcos pesqueros supe que me hablaba en serio. No sé qué es lo que me hizo seguirle, pero en unos minutos estábamos zarpando ambos en su embarcación. Me ofreció una copa de vino que fui bebiendo mientras veía cómo él al timón, conducía rumbo a la oscuridad del horizonte.

El sol preside la mañana fresca, la mujer del quiosco de periódicos se afana en preparar los ejemplares minutos antes de su venta. En las portadas del día destaca la foto de un viajero soñador, que va buscando un lugar en el mapa donde amarrar su vida mientras desgasta los años de puerto en puerto. Anoche se le vio zarpar, esta vez le acompaña una viajera novata en los asuntos del destino.

 


 

69.-EL MÁS SATISFECHO DE LOS HUÉSPEDES

 

              El contraste era increíble. No parecía real. De día aquello era un caos, aparentemente. Cada verano iba a la isla más gente que el verano anterior, y de día los hoteles se veían tan transitados, y con tanto movimiento, como los grandes centros comerciales de la ciudad. …Y sin embargo de noche… al menos allí, no se veía ni un alma. La tranquili-dad era asombrosa.    
              Aquel huésped llevaba ya un largo par de años viviendo en aquel cuatro estrellas de primera línea de playa. Pasaba allí la temporada turística entera, desde que se abría el establecimiento hasta que lo cerraban para que sus empleados descansasen unos pocos meses. Se estaba muy a gusto, y el trato era bueno, de primera. Nuestro amigo se relacionaba principalmente (o únicamente) con algún trabajador del comedor, del turno de mañana, y con el conserje de noche. Ellos parecían entenderle más que nadie. Lo cuidaban con ganas. Se podría decir que lo mimaban.
                 De día se llenaba la zona de la piscina de turistas, así que este huésped, el más satisfecho de todos, el que más tiempo entre todos ellos pasaba anualmente en el hotel, huía del bullicio deambulando por el paseo de la playa hasta que llegaba la noche. Y, claro, tras el deambular, el hambre acecha, y, sigilosamente, uno se puede meter en el comedor cuando ya no hay comensales, a ver si hay algo por el suelo, e incluso en la cocina, una vez se han ido ya los cocineros, los ayudantes de cocina, los pinches y el fregaplatos.
              Se acercó al hotel. Tenía hambre, como cada noche. Y allí estaba, como siempre, el conserje nocturno, recogiendo algunos vasos y ceniceros sucios que habían quedado sobre las mesas de la terraza. Esperó a que el chico volviese hacia  recepción y entonces se tumbó sobre una de las hamacas vacías para hacer una siesta. La temperatura era agradable, y se podía estar muy a gusto durmiendo fuera.
              Un par de horas más tarde, aprovechó que la puerta de cristal que daba salida a la piscina estaba abierta para refrescar el hall del hotel, y se coló dentro para pedir algo de cenar. Como no había nadie por allí, aparte del recepcionista de noche, nadie repararía en unos maullidos fuera de contexto.
              El joven se dirigió al gran comedor. Allí echó una ojeada a las mesas vacías en las que habían cenado las últimas llegadas del día, buscando algo que poder dar a su amigo. Recordó haber visto gente que los alimentaba con restos de embutidos blandos, así que cogió algunos trozos de mortadela y de lonchas de pechuga de pavo que habían sobrado de las cenas frías y aún ocupaban los platos, y los colocó en un cenicero limpio, que iba a usar a modo de comedero. El felino lo estuvo siguiendo, muy pegado a él, desde el comedor hasta la zona de la piscina y las hamacas. Y se puso a comer el sabroso regalo, tan glotón. Estaba muy rico. Allí estuvo alimentándose hasta que oyó maullar a una gata en celo al otro lado de la piscina y, olvidándose repentinamente del manjar de charcutería, se fue hacia ella. El recepcionista nocturno suspiró al comprender la escena y recogió el cenicero con las sobras antes de que pudiera verlo algún cliente. Tiró los restos alimenticios en el cubo de los desperdicios de la cocina, frotó una servilleta de papel por dentro del cenicero para limpiarlo, y lo volvió a dejar sobre una mesa de la terraza susurrando para sí mismo: “Pues nada, amiguito, hasta mañana”.

              Aquel era un huésped diferente a los demás. No dejaba ni dejaría ninguna propina nunca. Pero era al que más apreciaba de todos el muchacho, ya que era el que más lo entretenía cada noche.

 


70.- Melodrama

            Ante todo la pregunta de siempre, hijo: ¿por qué te es tan difícil tomar entre tus manos esos amables libros que esperan por ti? Tú me has respondido en varias ocasiones con silencio, y cuando he insistido (reconozco que sin sobrada sabiduría) te has escapado, escabulléndote en el mueble que sostiene el televisor o trepando por los encajes de la cortina. Oculto allí esperas que me aleje, resignado. En distintas ocasiones me has insultado, inmutable. Muy bien sabido tengo que este procedimiento primitivo de escribirte una carta sentimental no tiene posibilidad de vulnerar tu conciencia; confieso que es un bálsamo terapéutico no tan dirigido a ti como hacia mí. A pesar de eso, de saberla inútil, igualmente te la dejaré cerca, arriesgándome a que te sientas insultado ante estos términos tan alejados del vocabulario tuyo. Tu buena madre dio a luz ayer por la noche a tus hermanos en el baño cercano al recibidor, que es el más limpio de la casa. Si fuera tú trataría de comérmelos a todos antes de que crezcan y se hagan con la alacena, en donde yo sé que se oculta tu pareja. Perdóname hijo, te lo pido de antemano, pues dejaré entrever en esta dolorosa esquela algún episodio íntimo mío que no te incumbe; es que en mi cansada mente prefiguré a esta carta como una carta general, abierta a todos. Desde el comienzo de mi existencia, en donde esperaba a tu abuela en el tinglado del cielorraso, escondido y con miedo a todo, hasta en esta actualidad, que ya se extingue para mí, no he dejado de hacerme preguntas, de cuestionar la realidad. Siempre he tenido alma de filósofo. Hijo, aprendí a leer y a escribir gracias a mi afán diario de tratar de interpretar aquella nomenclatura humana, aquella que encontrábamos en las montañas de papeles del desván, aquella que aparecía y desaparecía en la pantalla gigante del living, aquella que visualizábamos desde la cúspide del escritorio en donde te llevé en tu mocedad y que, después lo supe, no era más que los ejercicios escolares del niño. Animado tal vez por la poca frecuencia de visitas a la residencia, un día recorrí la biblioteca. Trepé por uno de sus lados hasta lo más alto para iniciar mi investigación de arriba abajo, que es el proceso de investigación que suelo utilizar. Bajé, entonces, hasta las enciclopedias, viejas e inusuales, a las que nadie limpiaba. Al otro día profundicé por el lado tecnológico del escritorio; pero los cassettes y CD’s me resultaron poco cómodos y seguí bajando. Descubrí los libros de literatura y allí me quedé un buen rato. Arrastraba a Maupasant con mis dientes a lo más lóbrego del anaquel donde me hospedaba. Nosotros pedemos ver casi perfectamente en la oscuridad, como se sabe. Quizás tú, hijo, nunca reparaste en ello, preocupado por encontrar migajas en los rincones. Según un cuento paródico, una cucaracha puede transformarse en Kafka, entonces, ¿por qué una rata no puede ser un lector?, ¿por qué no tomar una licencia literaria y llamar manos a nuestras garras?, ¿por qué no escribir una carta ilegible para los seres básicos de mi especie? Se acaba mi tinta, hijo, que no es más que mi propia vida. La sangre no deja de manar. Brota de alguna secreta herida que ya no me importa descubrir. Si bien es propio de nuestra naturaleza el vínculo familiar no lo es así la amistad y el cariño. Tal vez esté demasiado influenciado por los pasajes filantrópicos de Proust, y aunque así no fuera nada me evita decirte que te quiero. Un pesado y cruel mecanismo me fue dejado cerca de mi escondite (palabra que, para nosotros, define el hogar). Como trampa era risible, sólo los autistas caerían en ella; sin embargo, a ésta, me la ofrecieron con grouyette (y hasta creo que tenía resabios de salame) y no pude resistirme. Me creí más hábil que el aparatejo e hipnóticamente mordí al cebo del lado equivocado. Logré estirarme mucho más de lo que viste hacerlo a tu tío con la puerta corrediza del almacén. Escapé, me alejé sin hambre ya, y me dispuse a escribir. Estos serán mis últimos minutos. Estas hojas las tengo hace tiempo, las había separado del cuaderno del niño; no debí hacerlo, sellé mi destino por un tonto deseo de escribir versos. Jamás imaginé que irían a percibirme en las dentelladas prolijamente dibujadas que dejé en el cuaderno. En todo caso, no creo que al niño le haya disgustado demasiado la extracción. Sólo por venganza dejaré atrás toda ilustración que adquirí e iré a morir entre los vestidos de la señora. Hijo, adiós. No olvides que los libros no son malos y que, si puedes, deberías arrastrar uno hacia tu alacena.


 

71.- ALEMANIA

 

Alemania estaba demasiado lejos. Estaba claro que Paco, no pensaba volver en mucho tiempo.

Me sequé las lágrimas y me juré no volver a llorar  más por aquel desgraciado. Me levanté de la cama y caminé hasta la cocina. Comprobé que seguía erguida. Miré a mi suegra, le di las gracias por haber atendido a mis hijos y le pedí que se fuera. Seguidamente mandé a los niños al colegio, después de ponerles  sus babis limpios. Tenían 2 cada uno de ellos. 12 babis en total. Para los domingos  les tenía guardada la ropita nueva y los zapatitos de las bodas.

Cuando los dejé, me puse el sostén de lunaritos que me regaló mi tía María, las bragas de los sábados y me eché la bata. Después de pintarme sólo un poco los labios para no parecer muy descarada, me dirigí sin pensarlo, al 4ºB.

Llamé a la puerta. Mientras esperaba respuesta, recordé las veces que Don Gonzalo, el vecino del 4ºB me había abordado en el ascensor. –Qué pena, Inés-me decía-verte de esa guisa, mientras el idiota de tu marido no se da ni cuenta del tesoro que tiene en casa. Cuando quieras, no tienes nada más que llamar a mi puerta y no volverás a pasar calamidades.

La puerta se abrió de golpe y mis piernas empezaron a temblar. Quise irme, pero el miedo me mantenía pegada  al suelo.

-Hombre, Inés, que agradable sorpresa, pasa por favor- me dijo Don Gonzalo con amplia sonrisa.

-Buenos días Don Gonzalo- le respondí.

No hizo falta decirle nada más. Él sabía de sobra a lo que yo iba. Mi marido nos había dejado de un día para otro, casi sin tiempo para comprender sus motivos- Un amigo me ha conseguido trabajo en Alemania- me dijo apresuradamente mientras metía los cuatro trapos en una vieja maleta de cartón- Me voy.

-Pero…los niños…y yo. No hay dinero en casa.  ¿Qué…-No me dio tiempo a decir nada más. Se fue dando un portazo y sin mirar atrás.

Cuando Don Gonzalo me dejó pasar, vi al final del pasillo un cuarto oscuro con una cama grande. Me dirigí hacia ella sin pensar. Sin mediar palabra, me quité la bata y empecé a desabrocharme el sujetador de lunaritos. Una mano grande y firme sujetó la mía.

-No hace falta, Inés- me dijo.

Yo no oía nada, ni sabía cómo actuar. Nunca antes me había desnudado delante de nadie que no fuera mi Paco. Continué con lo que creía que debía hacer.  Me quedé desnuda. Desnuda delante de Don Gonzalo.

En ese momento pensé que tampoco yo había visto nunca a otro hombre desnudo, que no fuera Paco.- ¿Serían todos los hombres iguales? ¿Harían las mismas cosas? -pensaba.

La confusión me envolvió a la vez que el corazón galopaba en mi pecho y el pulso martilleaba mis sienes. Me desvanecí. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente, pero cuando me desperté, estaba envuelta en una manta en brazos de Don Gonzalo.

-Mi marido se ha ido a Alemania, le dije. No sé cuándo volverá, si es que vuelve.

-Yo no me iré- me dijo- y me tumbó en su enorme cama.

Desde aquel día, las visitas al 4ºB se hicieron diarias. Mis niños comían todos los días y crecían contentos. Parecían de mejor familia. Comprobé que no todos los hombres estaban tan bien dotados como mi Paco, pero que ni falta que hacía. También, que realmente, yo hacía en la cama con Don Gonzalo, lo mismo que antes con Paco, nada, pero que ahora me compensaba bastante más. Mientras mi agradecido vecino realizaba florituras en mi cansado cuerpo, mi mente andaba pensando en el puchero que había dejado en la olla, o en las risas de mis churumbeles.

Estos encuentros no duraron un año, ni dos, sino muchos más en los que Paco no daba señales de vida.

Pero un día volvió. Cuando lo vi aparecer, la rabia se apoderó de mí y le estuve golpeando con todas mis fuerzas. Cada golpe llevaba inscrito el odio que había ido acumulando a través de los años. Cuando ya no me quedaban fuerzas para seguir pegándole, sus labios me besaron. Me di cuenta que no había aprendido nada en todos esos años.

Me despedí de Don Gonzalo.  No me quité el sostén de lunaritos, pero esta vez tuve la deferencia de no pensar en otra cosa que no fuera  él cuando me tenía debajo, por última vez.

Mi vida volvió a ser la de antes, pan para hoy y hambre para mañana.

-¿Porqué no aprenderemos las mujeres?-pensé.

 


 

72.- Acto 1

            Bar “ El pool de Coco”, Ingeniero Maschwitz; 3 am. de un domingo de julio. Un párroco sentado en la barra con un vaso de cerveza entre ambas manos. No espera nada, pero espera. Pelo revuelto y  barba candado muy mal cortada; contrastan perfectamente con el aspecto del antro. Sólo se escucha el ruido de los palos y las bolas de billar, alguna que otra risa de mujer borracha corta la tranquilidad. Aparece por el umbral un hombre demasiado formal y le sienta al lado.

            Hombre  - Una rubia – Se dirige a  la barra.

            Párroco – Cómo se nota que diste unas vueltas por acá, eh – Tono irónico en la voz.

            Hombre - ¡Epa! ¿ Tan mal día tuviste? -

            Párroco - Ya no tengo malos días, sólo días – Se queda pensativo en lo que dijo.

            Hombre – Te noto demasiado tranquilo para los días que vivimos -

            Párroco - ¿Para qué me voy a preocupar? Si al final nos llega La Negra a todos y vos tratas de llevarnos por mal camino -

            Hombre – ¡Bueno! Hay que ganarse la vida. Ustedes son mi moneda… -

            Párroco – Ayer me fui a la Cotorrera a pasar la noche entre los vagos. Al salir a tomar el colectivo, vi que subían a la ruta y no pasaban por la parada. ¡Me pusiste dos accidentes de auto en cada punta! - Dijo gritando al oído del hombre que ni se mosqueo.

            Hombre - ¿Qué querés que haga? Me gano la vida… - Sonríe maliciosamente.

            Párroco – Sos un jodido… - Suspira entre dientes.

            Hombre – Al menos decime que la pasaste bien en la Cotorrera – Hace una mueca pícara.

            Párroco – Las mujeres pueden ser el infierno y el cielo… -

            Hombre – Ustedes pagan por el paraíso entonces -

            Párroco – Todo en esta vida se paga – Dijo y se le iluminaron los ojos al pensaren la noche anterior. Ahogó el sentimiento en el trago de cerveza.

            Hombre – Amanece, deja que pago yo -

            Párroco – Yo pago con dinero, dejame a mi – Puso un billete de cien sobre la barra sin esperar el vuelto

            Hombre – Siempre igual ustedes -

            Párroco – Vaya en paz – Dijo dándole la espalda al hombre y mostrando su dedo indice al piso.

           Hombre – Vaya usted – Respondió lanzando un escupitajo al suelo con malicia y sonrió mientras dejaba vacío el vaso de cerveza.

 


 

73.- EL EDEN EN CENIZAS

 

AL NOR ESTE DEL DISTRITO LAMBAYECANO DE ILLIMO ,ESPECIFICAMENTE ENTRE LA MARGEN DERECHA DEL RIO LA LECHE ,SE UBICABA EL CASERIO “LA CIRILA”.ALLI ,SUS HABITANTES EN SU MAYORIA ,SE DEDICABAN A LA AGRICULTURA ,APICULTURA Y A LA ELABORACION DE CHICHA DE JORA .TAL ES EL CASO DE LOS SEÑORES CANTINEROS COMO SON:PABLO MIO Y MATEO YERREN ,DUEÑOS DE LOS DOS UNICOS ESTABLECIMIENTOS DEL CASERIO COMO SON: “LA CHOLITA” Y “EL EDEN” RESPECTIVAMENTE .ESTE ULTIMO DENOMINADO ASI ,DEBIDO A SU MODERNA CONSTRUCCION Y AMBIENTACION ECOLOGICA .A PESAR DE POSEER DICHAS CARACTERISTICAS MENCIONADAS ,LA CANTINA CARECIA DE CLIENTELA ,YA QUE LA GENTE ACUDIA A TOMAR SU CHICHA EN LA CANTINA “LA CHOLITA” .PARA ATRAER CLIENTES A SU CANTINA ,DON MATEO YERREN CAMBIO LA IMAGEN DE SU NEGOCIO ,CONTRATANDO ORQUESTA ,POR MUSICA DE SONIDO ,ACOMPAÑADO DE DOS SIMPATICAS ANFITRIONAS ,PARA FORTALECER LA ATENCION AL PUBLICO .AL OBSERVAR UN MEJOR PANORAMA EN LA CANTINA “EL EDEN” ,LA GENTE CONCURRIO A TOMAR SU CHICHA ALLI ,REDUCIENDO ASI A SU COMPETIDOR .APARTIR DE ESE MOMENTO ,LE MARCHO BIEN EN SU NEGOCIO A DON MATEO YERREN ,GRACIAS A SU ESTRATEGIA PLANTEADA .PARA INCREMENTAR MAS SUS INGRESOS ,EL CANTINERO DECIDIO CONTRATAR UN FIN DE SEMANA A SU CANTINA ,A LA ORQUESTA MUSICAL MAS POPULAR DE ILLIMO COMO ES :”CIELO NORTEÑO” ,ORQUESTA CONOCIDA Y RECORRIDA EN TODO EL VALLE LA LECHE .DE INMEDIATO FUE A CONTACTARLOS AL PUEBLO .AL LLEGAR A UN ACUERDO ECONOMICO CON JULIO CAJUSOL ,DUENO DE LA MENCIONADA ORQUESTA .EL CANTINERO MANDO A IMPRIMIR AFICHES ,ANUNCIANDO SU EVENTO Y SE LES PEGO EN DIFERENTES PUNTOS DEL CASERIO ,PARA QUE NO SOLAMENTE LO VEAN LOS CIRILEÑOS ,SINO LOS DEMAS POBLADORES DE CASERIOS ALEDAÑOS .AL LEER LA PROPAGANDA ,QUE EL DIA DOMINGO LLEGARA A LA CIRILA SU ORQUESTA PREFERIDA,LOS CAMPESINOS DURANTE LA SEMANA ,AHORRARON SU DINERO ,PARA ESPECTAR DICHO EVENTO. LLEGADA EL DIA ESPERADO ,POR LOS CIRILEÑOS Y DEMAS CASERIOS VECINOS .DESDE MUY TEMPRANO ,FORMARON LARGAS COLAS FUERA DE LA CANTINA ,PARA ESCUCHAR CANTAR Y BAILAR CON “CIELO NORTEÑO” .AL MOMENTO DE TOCAR LA ORQUESTA ,CADA UNO BUSCO SU RESPECTIVA PAREJA .APENAS COMENZO EL CONCIERTO ,SE PRODUJO UN INCENDIO DENTRO DE LA CANTINA ,A CONSECUENCIA DE UN CORTE CIRCUITO .DEJANDO LAS DIVERSIONES DE LADO ,LOS ASISTENTES ,INCLUYENDO LOS MUSICOS TEMEROSOS DE SUFRIR QUEMADURAS ,SALIERON DEL PELIGRO ,ROMPIENDO LAS FRAGILES PAREDES GRITARON :-¡INCENDIO!-¡INCENDIO!-¡LLAMEN A LOS BOMBEROS! .EN ESE MOMENTO ,DON MATEO YERREN PRESTO UN TELEFONO CELULAR ,ATRAVEZ DE ESE MEDIO LLAMO A LA COMPAÑÍA DE BOMBEROS DE ILLIMO ,SIENDO RECEPCIONADA LA MISMA POR SU JEFE ,EL COMANDANTE DIEGO CHOZO ,QUIEN AL CONTACTAR CON EL LE SUPLICO:-SEÑOR BOMBERO ,ANTE TODO TENGA USTED TENGA MUY BUENAS TARDES ,EL MOTIVO DE MI LLAMADA ES PARA PEDIRLE QUE ENVIE UNA CISTERNA AL CASERIO “LA CIRILA” ,YA QUE EN ESTOS MOMENTOS ,SE VIENE PRODUCIENDO UN INCENDIO AQUÍ.AL OIR ,LA DESESPERADA LLAMADA DEL SOLICITANTE ,EL COMANDANTE CHOZO LE REPONDE:NO SE PREOCUPE AMIGO ,AHORA MISMO MANDO DOS CISTERNAS PARA ALLA.PARA EVITAR QUE EL ESTABLECIMIENTO SIGA ARDIENDO ,LA GENTE CONTRIBUIA APAGAR EL FUEGO CON BALDES DE AGUA ,EL CUAL FUE INSUFICIENTE ,YA QUE LA CANDELA SE PROLONGO POR TODO EL INMUEBLE.DESPUES DE UNA LARGA HORA DE ESPERA .LOS BOMBEROS LLEGARON AL LUGAR DEL SINIESTRO A CUMPLIR CON SU DEBER ,PERO EL FUEGO YA HABIA CONSUMIDO GRAN PARTE DE SU RUSTICA INFRAESTRUCTURA ,PERO DE TODAS MANERAS LOGRARAON APAGARLO.AL DIA SIGUIENTE ,SI BIEN ES CIERTO QUE EL SINIESTRO NO COBRO VICTIMAS MORTALES ,TRAJO CONSIGO GRANDES PERDIDAS ,SOBRE TODO PARA DON MATEO YERREN ,QUIEN AL VER REDUCIDA SU CANTINA EN CENIZAS ,SE PUSO A LLORAR DE PENA .AL PERCATARSE DE SU DOLOR ,LA GENTE FUE A CONSOLARLO DE SU DESGRACIA QUE HABIA SUFRIDO LE DIJIERON:-¡TU EDEN QUEDO EN CENIZAS! , EXTRAÑANDO SU BUENA ATENCION, SABOR Y ANIMACION .AL QUE YA LES HABIA ACOSTUMBRADO.HASTA QUE SE RECONSTRUYA LA CANTINA, LOS CIRILEÑOS VOLVIERON A TOMAR SU ANCESTRAL BEBIDA A LA CANTINA “LA CHOLITA”, DONDE MUCHOS FUERON SUS CLIENTES DESDE UN PRINCIPIO.

Seudónimo: “LUCHITO”

 


 

74.- Reflejo

Ya son muchas veces las que he intentado dejar de fumar. Simplemente no puedo. Las cosas se ponen cada vez peor, como para no aferrarse a un vicio.
Cuando Carmela vivía, entonces la vida tenía sentido. Cada mañana era levantarse, escucharla trajinar de aquí para allá, batallar, no encontrar nada y al final salir de prisa al trabajo con un beso de ella. Eso sí, nunca me faltaban mis besos.

-Pedroooo, levántate que se te va a hacer tarde
-Pedroooo, ¿le pongo chorizo o jamón a los huevos?
-Pedroooo, los calcetines azules están en el cajón de mero abajo, los grises en el cajón del buró y los negros ahí los dejé, sobre el sillón para que no batalles.

           Como si con eso me ayudara, ¡esa Carmela!, siempre me revolvía todo. No tenía idea del orden ni del tiempo. Para ella todo era fácil y los problemas los teníamos todos. Todos menos ella.
           ¿Quién me iba a decir que se me iba a ir primero?, que me dejaría triste, abandonado y sin ganas de encontrar otra pareja. No, ya para qué, nadie será como ella, nadie me va a comprender tanto.
           No tuvimos hijos, Carmela no podía. Algo tenía en su cuerpo que por un lado le impidió embarazarse y por otro, le creció tanto que de eso se me murió. Hasta hoy siento que debí tener un hijo con ella. Alguien que fuera un retrato de ella, un pequeño ser que con su sonrisa me iluminara los días. Una hija hubiera sido un verdadero milagro.
           Los recuerdos se van difuminando en la memoria y a veces, siento que a veces, se me confunden con otras vivencias que pertenecen al mundo de los sueños.
           Recordar a Carmela se me ha vuelto necesario, de tal manera que tan pronto llego a casa me encierro en su recámara. Me veo al espejo intentando rescatar su imagen. Me veo y cambio mi rostro. Me delineo los ojos, me pongo aretes, me dibujo su lunar en la mejilla izquierda.
           Me dijeron que Don Carlos era experto en crear pelucas para gente que por enfermedad perdía el pelo y con ello, parte de su autoestima.
           Con el cuento de la  esposa enferma llegué a verlo, le mostré una foto de mi Carmela con su hermosa cabellera roja y rizada, enorme. Lo convencí para que la hiciera roja, aunque fuera menos voluminosa. Mi esposa estaba sufriendo, necesitaba sentir que no había cambiado tanto.
           Me avergüenzo de haberle mentido a Don Carlos, aunque me reconforta tener esta bella silueta ante mí cada tarde, al tiempo que me encierro y me desconecto del mundo.
           El humo de mi cigarro crea la atmósfera perfecta.
           Carmela en el espejo es mi única compañía.


75.- Maite y la panificadora


           2 de noviembre.  Siempre he tenido el anhelo de fabricar mi propio pan, por eso el día que compré una panificadora de la marca Rasor me entretuve en elaborar un pan de kilo, un pastel de limón y una pizza, que salieron exquisitos. Existe un goce especial en la conquista de la autosuficiencia en esta vida obligada a un consumo desorbitado. Pero la dicha duró poco porque el aparato sin previo aviso expiró, cayó vencido justo al día siguiente, sin más síntoma que la falta de activación de la lucecita de encendido. Entonces pensé que quizás la culpa había sido mía por el atracón de trabajo que le di el primer día. Me acerqué con mi madre a la tienda de electrodomésticos con cara de buena, y de allí nos enviaron a un taller de reparación general donde pronto se rindieron ante una panificadora defectuosa que ya no fabricaban, por lo que era imposible conseguir piezas de recambio. Me comunicaron que la casa Rasor se pondría en contacto conmigo para cambiarla por otro electrodoméstico de mi gusto. Y, sorpresivamente, así fue para descanso de mi desconfianza, la cual daba por perdidos los cien euros del costo del aparato, fue entonces cuando me llamó por primera vez Maite.
           —¿La señora Martínez? —Era la voz de una mujer mayor, seguramente de edad cercana a la jubilación. Había algo en su tono cortés que me recordó a mi madre. Tras confirmarle mi identidad, prosiguió: —Soy Maite, le llamo de Rasor para cambiarle la panificadora por un aparato de similar precio. Piénselo. Mire nuestra página web y después nos llama para poder enviarle el cambio al taller.
           En la página web de Rasor se me fueron los ojos tras una aspiradora color granate brillante de 2500 W, mi madre me indicaba, implacable como una niña, que escogiera un exprimidor, la mujer no recordaba que ella misma ya me había regalado dos. No sabía si mi elección iba a colar porque dicha preciosa aspiradora subía cincuenta euros más que la panificadora; pero debía intentarlo y con el tono más cordial que supe llamé a Rasor. Después de dar mis datos preguntépor Maite:
           —El precio es algo superior, señora Martínez, pero no hay problema le enviaremos la aspiradora al taller, en una semana. Gracias y disculpe las molestias.
           —Que no mamá, que no es el exprimidor.
           Fui con mi madre, ya que debido a su enfermedad de Alzheimer no la puedo dejar sola, a recoger la aspiradora, estaba contenta, me quedaba sin fabricar pan, pero me hacía con un espléndido electrodoméstico y de mayor precio.
           —Qué paquete tan grande para ser un exprimidor —dice mamá.
           Le hice un gesto afirmativo con la cabeza, me comentó su neuróloga que no era cuestión de poner constantemente en evidencia a su memoria por aquello de no bajarle la autoestima, corregirla era un error para una retentiva del todo nula. Mientras, pensaba en el magnífico marketing que tenía esa empresa. Es verdad que el producto que compré salió defectuoso, pero responder de inmediato al cliente propiciándole un buen cambio era para olvidar y perdonarles. 
           17 de noviembre.  La eficiente aspiradora llevó a un olvido provisional mis apetencias panaderas; las moquetas de las habitaciones, alfombras y bajos de las camas los tenía impolutos. Cuando una llamada telefónica me hizo recordar:
           —¿La señora Martínez? —Esa voz…, contesté afirmativamente a su pregunta. — Soy Maite, le llamo de Rasor para cambiarle su panificadora por un aparato de similar precio. Piénselo. Mire nuestra página web y después nos llama para poder enviarle el cambio al taller.
           —¿De Rasor?, pues ya me han enviado el cambio.
           —Pídele un exprimidor —se oye decir a mi madre desde la cocina.
           —¡Ah¡, pues entonces nada más, disculpe, buenos días.
            19 de diciembre.
            Reconocí cierta frustración al interrumpir el sueño de fabricarme mi propio pan, así, mi intuitivo marido me sorprendió con una nueva panificadora antes de Navidad para poder elaborar ese pan tan rico a los míos, en fechas señaladas. Cuando mi madre vio el paquete dijo que por fin me regalaban algo útil: un exprimidor. Fue entonces cuando mamá se me adelantó al timbre del teléfono por una cabeza. 
           —Preguntan por la señora Martínez, aquí no vive nadie con ese nombre, ¿verdad?, hija. —Cogí el teléfono. Aquella voz de tono amable que tanto me recordaba a mamá no le hacía falta identificarse y para evitarle el trasiego de repetir palabras, le quise contestar antes de que terminara de hablar: 
           —Feliz Navidad, Maite, ya me han hecho el cambio del electrodoméstico, no se preocupe.
           —¡Ah!, feliz Navidad y disculpe.
           —¿A que ya te traen el exprimidor? —me dice mamá con su sonrisa dulce.

 


 

76.- EL CERCANO OESTE


Nadie recordaba ya al viejo,siempre hierático en su sillón de anea a modo de trono itinerante,pues cada quincena transportaba su decadente reino en una de esas imponderables bolsas de cruzados cuadros , de gran capacidad , y  resistentes al trasiego de una errante realidad.
Y como comandante en jefe que visualizara  la batalla antes de su despliegue,adoptaba la estrategia adecuada y necesaria ante los hostiles elementos  de su nueva morada. Su hija Alicia lo recibía con una ensayada mueca,que simulaba una sonrisa,y  el agrado de quien limpia su conciencia con la dádiva dominical en la misa de doce.El abuelo en silencio caminaba por el corredor forrado de terciopelo rojo,con la sensación de encontrarse ya dentro de un féretro, aposentándose en el cuarto de plancha y costura, que había sido acondicionado como ocasional dormitorio , compuesto de  una mesa camilla,un quinque de pilas y un neumático colchón  de los que se pueden comprar por televisión en noches de desvelo.
Entre cestos de ropa y pañales apilados, callado,mirando sin ver el teatro de un mundo ya tan distinto, de artificioso blanco frente a sus percudidas posesiones, enmarca sus recuerdos en los fríos azulejos.
Había olvidado el nombre de su último nieto, su memoria de nómada le jugaba malas pasadas,porque ya cualquier nombre se repetía más en los mármoles del camposanto que  en los rostros cambiantes de su entorno. Él mismo había pasado a ser  “el viejo” a secas,y su nombre compuesto tan sólo lo escuchaba en la impersonal voz del funcionario del  Registro Civil, con ocasión de la fe de vida , requisito para poder seguir cobrando su devaluada pensión. “Más bien deberían certificar la supervivencia con esa miseria”,solía pensar  frente a la indolencia con la que el oficial del registro expedía y sellaba que aún, aunque con dificultades ,seguía respirando.
Podía cambiar  la estética de las paredes,el pensamiento político, los credos e incluso la inclinación sexual de sus anfitriones ,según la filial posada por la que rotaba,pero Martín no variaba nunca su liturgia de huésped y transeúnte  forzoso.Apilaba su colección de novelas de papel barato de Marcial Lafuente Estefania,como su mayor reliquia.Aquellas hojas amarillentas contenían un universo paralelo de polvorientos y herrados caminos, ranchos y ganaderías en permanente conflicto  ,  héroes airados de descripción industrial,pero individualizados por su causa legítima, y alejados de cualquier metáfora distractiva. A la luz mortecina del quinqué,Martín,convertía sus escasos metro cincuenta y cinco de mínima militar en los más de seis pies de altura del justiciero tejano,que en apenas cien páginas restituía  el orden alterado por los ataques de maliciosas fuerzas externas.Un  mundo de pulpa de celulosa tan ajado como la piel de Martín, regido por códigos distintos a los de  su abnegada existencia.Balas de tinta contra la tiranía del tiempo y sus cuervos.

 


77.- ATALAYA

            Salí de la garita y vi mi sombra delante de las narices, porque la niebla era tan densa que la luz se proyectaba sobre ella, como un foco de haces negros sobre una sábana blanca. Delante de esa sábana vi mi sombra. No podía escrutar más allá. El último retén dijo que se retiraba porque desde su puesto no se veía nada, que se iban para la base. Yo debía quedar hasta las tres de la madrugada, sumido en aquella nube densa, en la torre; seguro, la radio ya no emitiría más ruidos hasta mi salida.
            Yo, rodeado del bosque, y una nube pesada, que no podía remontar la montaña en mitad de la noche, se había quedado varada entre los árboles que comenzaban a gotear, a la vez que los conejos golpeaban el suelo como tambores de avisos.
            Me acerqué a la valla perimetral que daba a los cortantes y a los matorrales. Miré hacia el camino, a unos quinientos metros había dejado el todoterreno. Nadie subía hasta allí. Ni siquiera los cazadores. El camino se había arreglado únicamente para acceder a la atalaya en los meses de verano.
            Comprobé otra vez el extraño efecto de ver mi propia sombra frente a mí, dándole la espalda a la luz que salía de  la caseta. La observé, cómo penetraba en la nube y parecía, iluminada, desvanecerse en ella. Una sombra iluminada. Se me repitió el escalofrío y lo tomé a modo de entrenamiento del miedo, para otras muchas noches que tendría que pasar así el resto del año. En silencio, sumergido en mitad de la niebla, debería retomar los delirios del capitán Acab y acabar ese libro de ballenas y brumas.
            Escuché un sonido que venía de los matorrales y volví, otra vez, hacia la barandilla del mirador. La humedad dejaba caer gotas del final del verano sobre la grava virgen. Esperé, y nuevamente se movió algo entre los matorrales. Algo avanzaba, las escobas se frotaban unas contra otras, como si un animal las empujase al pasar. No podía ver nada.
            Entre las zonas menos densas de la nube pude observar, de una vez, cómo se movían las retamas en el talud, por encima de la caída del precipicio. Era una sombra, era humana. Un hombre apareciendo de la parte más abrupta e inaccesible. Lo enfoqué con la linterna, pero él no levantó la cabeza hacia mí, así que le alumbré el camino para que accediese al mirador. Él pareció entender mi lenguaje de facilitarle la subida y fue poniendo sus pies en los pocos lugares que permitían el ascenso. No levantó la cabeza pero ya podía discernir un poco sobre su ropa ceniza, con una especie de capa de aguas sobre la cabeza, como la que llevan los pastores, con capucha. Cualquiera podía haberse perdido en medio del monte con una noche así, sin ningún tipo de referencia, y en la que difícilmente se podía ver la sombra de la linterna sobre el suelo. ¡Incluso una sombra se negaba a andar por donde le correspondía! Las sombras elevadas... elevadas adónde... desde dónde...
            Me retiré hacia atrás para iluminarle la zona, hacia el final de las barandas, y que pudiese saltar. Él siguió por la parte exterior hasta el final, por donde podría bajar a la zona más espesa y abrupta de vegetación. Le grité «¡Buenas noches!». Ni se inmutó. Un nuevo cuajo de algodón de la nube lo redujo a un bulto gris. Finalizó el paso, paralelo a la valla, y enfiló hacia la senda que bajaba a la explanada, dándome la espalda. «¡Señor!, ¿está perdido?» —le grité otra vez—. «¿Puedo ayudarle? ¡Tengo una emisora!» Entonces se detuvo, pareció sacar un objeto que llevaba colgado en la pechera hacia el que dirigió sus labios. En ese momento sonó una voz desesperada en mi emisora:
            —¿Me reciben, me reciben? ¡Ayúdenme!
            Me volví hacia la caseta, en un acto reflejo, para contestar:
            —¡Adelante! ¡Aquí Monte Alba, alto y claro!
            El individuo se volvió hacia mí y me hizo un ademán con la mano, urgiéndome, como quien te anima, a seguirlo. Pero me centré en mi trabajo con el portófono mientras él confundía su sombra con el resto de las de la noche y los fustes.
            Traté de contactar con la central para conocer el origen de la alarma, pero no se había recibido señal alguna. Me sugirieron la retirada. Bajé la senda hasta la explanada de vehículos, e intenté recuperar el rastro del extraño visitante. Imposible verlo.
            Anuncié el cierre a la central por falta de visibilidad, adelantándome sobre el horario previsto.
            Durante el descenso, esperaba encontrar al hombre carretera abajo y recogerlo, antes de llegar a la nacional que pasa por el valle. A esa altitud más baja, la nube ya se arrodilla en forma de nube castigadora, escupiendo lluvia de un infierno de mil bocas. A la altura de la fuente, en el área recreativa, llena de esqueletos de sombras de árboles cenizos, me pareció ver la luz de unos faros. Me acerqué. Era el 4L del guarda forestal, parecía haber pinchado. Saqué mi chaqueta de aguas y salí del Nissan para aproximarme a pie. Su coche estaba muy ladeado, hacia la fuente. El terreno había cedido. Ya desde arriba, lo vi todo clarísimo, su cuerpo estaba aplastado contra el talud bajo el coche, su mano se aferraba a la emisora. Lo iluminé tratando de acertar en la oscuridad, y sus ojos, apenas cubiertos por la capa de aguas de pastor, todavía parecían estar implorando ayuda.

 


 

78.- LA MAESTRA

           A Fermín le gustaba su trabajo, a pesar de ser un trabajo duro, porque le gustaba la gente. Tras la barra de su bar se sentía como un antiguo sacerdote de alguna religión pagana. O mejor, como un adivino; un oráculo que lo sabía todo de la vida de los que entraban en el local. De algunos, lo sabía porque eran clientes habituales desde hacía años y eso, ya se sabe, va configurando confianzas y amistades. De los ocasionales, a Fermín le gustaba imaginarse sus circunstancias y, como si fuera un escritor de relatos, se inventaba sus hazañas. Que si aquel señor tan elegante que pidió un vino tinto de la zona era un viudo reciente, se lo notaba en la sombra triste de la mirada; que si los dos jóvenes del fondo, los que hablaban en tono brusco mientras dejaban calentar las cañas, eran novios peleados deseando volver a acariciarse; que si el grupo alborotado de muchachas alegres que pidieron cafés de mil maneras eran, seguro, estudiantes de enfermería en plenos exámenes...
            Pero había una clienta habitual que a Fermín se le escapaba. Llegaba puntual todos los días, al declinar la tarde, a la hora de los vinos y eso era lo que pedía siempre: un vino tinto. En ocasiones, cambiaba de marca o de denominación, dejándose aconsejar por él. Y así desde hace meses. Últimamente, tomaba un vino de la tierra, de maceración carbónica porque Fermín le había dicho que estaba hecho de modo artesanal, con el corazón de la uva, con el mosto que le quedaba dentro al grano después de pisarlo una vez: el último que sale del lagar. Era un vino afrutado pero fuerte que a ella parecía gustarle.
           –Si está hecho con el corazón habrá que tomarlo –le dijo el primer día.
           Y a Fermín la frase le enardeció la imaginación. Que si la señora se ha quedado viuda y no logra olvidar a su difunto; por eso siempre viene sola. Que si es una solterona que sueña con historias de amor... No, eso no. Solterona imposible, se ve que ha sido muy guapa, demasiado para quedar soltera. Incluso ahora, en esa edad indefinida de la madurez, resulta atractiva. Viuda o divorciada, seguro. Pero sin hijos. O tal vez tenga un hijo o una hija viviendo en un país lejano; ahora todos los jóvenes tienen que irse al extranjero, ¡con esta maldita crisis! ¿Tan lejano que no vienen nunca? Estarán en Japón... ¡Anda, anda, Fermín, deja de imaginar! Qué Japón ni qué Japón, ¡ya no sabes lo que inventar!
           Esa tarde, la señora tomaba su tinto en la mesa más próxima a la puerta y parecía ensimismada mirando por la cristalera. Empezaba a lloviznar y quedaba poca gente por la calle. Los parroquianos habían acabado ya la ronda y en el bar solo quedaban ella y el señor Eladio que dormitaba en la mesa del fondo delante de su clarete. El día acababa gris y aburrido, pronto llegaría el invierno que Fermín preveía triste: mucho paro en este barrio.
           De pronto, un joven irrumpió apresurado en el local. La cabeza cubierta por un verdugo negro y en la mano una pistola. De un salto, se situó en el centro del bar, amenazante.
           –¡Dame todo el dinero de la caja! –exigió apuntando a Fermín.
           El señor Eladio dio un respingo pero no llegó a despertar del todo.
           –Y tú, ¡las joyas y lo que lleves en el bolso! –señaló ahora a la clienta con el arma.
           Ella miró al muchacho pensativa y, mientras comenzaba a quitarse el reloj que brillaba dorado en la muñeca, preguntó indecisa:
           –¿Jiménez?
           –¡¿Maestra?! –exclamó el delincuente, tan sorprendido que se descubrió la cabeza sin darse cuenta.
           –¡¿Pero que estás haciendo, hombre, robándole a mano armada a un trabajador?! –la clienta se acercó al chaval disgustada, como una madre que te ha pillado en falta–. Baja el arma ahora mismo, no vayamos a tener un disgusto.
           El chico obedeció cabizbajo, avergonzado.
           –Y tú, Fermín, ni se te ocurra llamar a la policía que esto lo resuelvo yo –siguió ordenando, serena pero firme–. A ver, Jiménez, dame la pistola, que a ti no te hace ninguna falta...
           –Pero maestra..., es que..., es que necesito el dinero...
           –¡Ni pero ni pera! Yo te la guardo en mi bolso y punto. Esas no son maneras de conseguir dinero, ya lo sabes.
           Jiménez obedeció al momento.
           –Y ven aquí, anda, siéntate conmigo y cuéntame para qué necesitas con tanta urgencia el dinero que hasta tienes que poner en peligro la vida de los demás y la tuya –invitó la maestra mientras cogía, afectuosa, por el hombro al muchacho–. Fermín, ponle un vino a este cabeza de chorlito y otro a mi, ¡que buena falta nos hace! Y no temas, que le conozco bien y es buena gente. Tómate tú otro también, que yo invito.
           Así, supo Fermín que la señora había sido profesora en un instituto cercano en el que daba clase a alumnos con problemas de adaptación social. Que los alumnos le llamaban “Maestra” y la respetaban como a una madre. Supo también que Jiménez era un buen chico con pocos recursos y que estaba recién casado y que esperaba un hijo y que necesitaba dinero para su familia y que había quedado en el paro... Lo supo todo, porque el señor Eladio le dio trabajo al chico en su tienda; él estaba demasiado mayor para seguir solo con el negocio. Y porque todas las tardes, al cerrar, iba a tomarse un vino con la maestra. Y algunas tardes iba también su mujer embarazada y después con su bebé, que fue una niña...
           A Fermín le encanta su trabajo, porque le gusta la gente y verla reunida en torno a un vino, uno de esos que se hacen con el corazón.


 

79.- EL LUNÁTICO

El hombre de la Luna se dio cuenta de que lo observaba un par de meses después de que comenzase mi obsesiva vigilancia; para ser exactos dos de sus días, esos días de la Luna que duran 713 horas, aunque dada la relatividad del tiempo a mí esos dos  meses se me hicieron un poco más cortos que de costumbre, como si mi ritmo hiciera esfuerzos por acompasarse al de aquel extraño tipo vestido de blanco que vivía en un ámbito de película muda.

Tuve suerte de que estuviese comenzando el verano, de que las noches fuesen  tornándose más cálidas y claras en mi azotea, y de que el hastío me  hubiese llevado a concebir la genial idea de sustituir la pantalla estéril de ordenador por el viejo telescopio. Una combinación de elementos que depararon en aquél singular hallazgo, una de esas coyunturas insólitas y extraordinarias que marcan a un individuo para siempre.

Sé que no es fácil de creer, pero fue tan natural descubrirlo que pensé que había estado desde siempre allí, esperando a que yo lo hallase. Una vez descubierta la presencia del habitante de la Luna, y tras dominar el inicial estupor, me lancé obsesivamente al estudio del selenita con la insaciable curiosidad de saber cómo podía alguien  llenar sus días en aquel decorado tan solitario y estéril. El hombre vestía una chistera y un frac tan inmaculado que parecía tocado de polvo de estrellas; una elegancia excesiva, no obstante, en un lugar donde nadie más iba a contemplarlo. Para mi ventura vivía en una casa hecha enteramente de un material similar al cristal que me permitía una observación fecunda y continua. Resaltaba su casa bajo un cielo completamente negro, tachonado de estrellas, como el escenario de un teatro  al que le han borrado los contornos en pro del desarrollo de  una obra que requiere absoluta atención.

El personaje llevaba una vida rutinaria y aséptica, y sin embargo, su visión era para mí tan atrayente como la de un pez exótico dentro de un acuario. A veces salía a pasear por su mundo, sorteando los cráteres con la ayuda de un bastón, aunque la mayoría del tiempo la pasaba escribiendo en un libro, un libro grande de cubierta nacarada, cuyo mensaje no llegaba a descifrar el alcance de mi lente por más que me esforzase en ello.  También en ocasiones, el hombre de la Luna miraba a través de los ventanales fijando su mirada en nuestra Tierra. Entonces yo imaginaba que desde allí nuestro planeta debía de mostrar un magnífico color azul con intensas nubes blancas protegiendo su desplazamiento por el espacio cual colchón algodonoso, y entonces me sentía feliz de estar rodeado de colores, de agua, de vegetación y de terrícolas, pese a la indiscutible y mítica magia de la Luna.

Lo mejor es que desde que recabé en él empecé a escribir de nuevo con un afán sorprendente.  Mientras el hombre de la Luna se concentraba en su libro, yo al unísono llenaba páginas y páginas de lo que hubiese podido culminar en una crónica sin precedentes, aunque mis citas nocturnas me pasaban factura y a veces acababa  quedándome dormido sobre el mismo escritorio, donde continuaba en sueños analizando la materia que me traía entre manos, siendo ya imposible distinguir entre realidad y quimeras.

Sin embargo, una noche cuando me disponía de nuevo a hallarlo en su pecera, sentí una intensa sacudida. Otro telescopio a modo de espejo me devolvía su mirada desde la Luna, y allí estaba su ojo. No supe que extraña intuición le llevo a descubrirme, el caso es que aquella fue la última vez que pude observarle. Un día después había desaparecido sin dejar el menor rastro, llevándose con él toda mi inspiración y haciéndome imposible demostrar la realidad de mi ensayo.

Han pasado desde entonces seis meses terrestres, tan sólo seis días en la vida del alienígena.  Aun así yo continúo con la vigilancia.  Sé que se esconde  en la cara oculta de la Luna, y que en algún momento la curiosidad podrá con él y volverá a buscarme.

Mientras, el otoño va dando paso al invierno en la Tierra, y las noches en la azotea empiezan a hacérseme tan largas como los días selenitas, a la vez que un brillo nacarado comienza a cubrir mi piel y mi pelo, como una caricia mansa que se le hace a un inocente o a un niño.

 


 

80.- La bailarina de arena


El reloj de pared marcó las doce. Un recuerdo contuvo el instante, como si fuera una cámara fotográfica que se acabara de disparar. Mientras, la fragilidad de su imagen se deshacía frente al espejo como evaporándose en un mar de lágrimas rotas. Entonces, buscó el móvil dentro del bolso y marcó el número que había conservado durante mucho tiempo en su agenda de contactos.

París, 2007. El ovalado espejo parecía tambalearse ante ella. Su pelo rojizo en forma de bucles se dejaba caer sobre sus desnudos hombros. Resaltaba su vestido de seda y tul, tan hermoso y etéreo que estremecía; quizás eran sus finos pliegues, combinados en una tonalidad opaca sobre un ocre empalidecido, los que se movían sutiles al compás de una danza de Strauss que se escuchaba por toda la sala. Flora, simplemente, se dejaba llevar. Quería sentir la dulzura de la música calando de lleno en su alma, como si fuera la lluvia cuando invade la tierra seca, amándola y dejando su rastro en aflojados charcos que salpican cuando los pisas. Y así, como sin querer, desvió la mirada a fin de tranquilizarse, aunque fuera tan solo un poco. Ante sus ojos, varias copias de Degas exhibían delicadas bailarinas en una sala de ensayo. Una leve sonrisa se trazó en su rostro sintiendo que el nerviosismo se demudaba por serenidad y alivio. Volvió a anudarse las zapatillas marfil que conjuntaban con el vestido, modelo “Volé” 1990. Se retocó parte de los bucles que recogió en un rodete y se repasó el escaso carmín de los labios. Tras los ventanales, se percibía un tenue rayo de sol muriendo débilmente en el ocaso; y entre las luces y sombras del oscurecer, la luna quería asomar para disfrutar del baile…aunque fuera sola. Sin embargo, transcurridos unos breves minutos, un ligero chubasco hizo acto de presencia.

El teatro estaba abarrotado. Todo parecía perfecto para aquella noche de noviembre en la que Flora se dejaba querer por la emoción del momento. Salió a prisa de la sala decidida del todo a triunfar. Los bailarines permanecían en calma tras las bambalinas. La música se dejó sonar y las voces del público se acallaron en el más silente de los silencios.

De pronto, un giro inesperado. Flora cayó al suelo como una marioneta inerte. ¡Zas! La orquesta paró de repente, extinguiéndose el delicioso sonido de los instrumentos en un eco perdido y amargo. Nada era ya igual, incluso el decorado simulaba desvanecerse como un trazo de óleo diluyéndose baboso por un triste lienzo.

El tiempo se paró para siempre…

2012, España. Marcó el número que aparecía en su móvil; aún temblaba y, seguramente, su voz sonaría entrecortada. Pero, después de tanto tiempo, necesitaba volver a sentir el susurro de una melodía y la cadencia de sus acordes. Quizás, soñar otra vez y de puntillas. Se sentía arena desnuda en una playa olvidada, seca y áspera, tan solo cautivada por los rayos de un sol ardiente. Entonces, el oleaje de espuma llegaba y la cubría templándola, dejándola toda mojada; pero las olas volvían, otra vez sedientas, al ancho mar. Y la abandonaban dibujando su rastro, prometiendo regresar sin tardar. Y era cuando esa arena se acicalaba de sal, quedando en la orilla su polvo de nácar…

Al otro lado de la línea, una voz cálida y masculina contestó. Era él, sin ninguna duda; su añorado profesor. Parecía que nada había cambiado. Y sin aviso, una desatada sonrisa se perfiló en el rostro de Flora, iluminando atrevida su alma.

Ella, resurgió sin más…

Y unos tímidos acordes suspiraron en el silencio.

 


 

81.- BRAVO

 

Ahí estaban parados, mirándose las caras, Roberto, Ismael y Antoñete, tres condenados a muerte por motivos que, bajo su opinión, eran injustos. Se encontraban de pie, formando una especie de triángulo muy irregular si lo viésemos desde arriba, los rostros estaban muy cerca entre sí. De fondo se oía un ruido bastante molesto, que contrastaba con la tranquilidad que imperaba en ese oscuro habitáculo. Era frío, húmedo y el suelo estaba muy embarrado. El olor era una mezcla de madera podrida y abono natural recién cosechado, con ciertos matices de quemaduras recientes de carne.

- Sinceramente, no sé por qué estoy aquí. – comentó Ismael – Donde yo nací no me hablaron de nada de esto, quizás lo que para mi es inocente, para otro es una maldad, y viceversa... ¿Es que he cometido un acto poco moral para ellos? No tengo ni idea de si es así, pero ¿y qué? ¿No podría la gente simplemente dejarme aislado del resto en medio de algún sitio desconocido? ¿Tenían que traerme hasta aquí y tratarme así? ¿Se comportan así sólo porque les han enseñado a ser así o es que son así por naturaleza? No se lo que les habré hecho, pero a mí, lo que me parece inmoral, es que estemos aquí.

- No tiene sentido plantearse nada, hay que apechugar con lo que viene, Ismael. - continuó Roberto - Mi colega, Anacleto, que me daba de comer de su mano si hacía falta, ese sí era un amigo de verdad, sacrificándose por mí y dándolo todo... Pues ese, ese precisamente, es el que me ha vendido para que me cogieran y me trajeran aquí.

- Si es que ya no se puede tener amigos. ¿Pero tú qué hiciste, Roberto? - preguntó Ismael, con cierto interés

- Tampoco lo sé, creo que traernos aquí debe ser algún tipo de juego psicológico, lo veo un castigo demasiado severo, quizás es una broma ¿No? - Ismael le miró esperanzado mientras que Antoñete le miró como si la broma de mal gusto fuese precisamente esa hipótesis - Lo cierto es que estoy muy asustado y no entiendo nada, creéme, nunca dí muchos problemas en mi vida, lo típico: cuidar de los míos cuando alguien quería malmeterse en sus vidas, dar algún susto al granjero de mi pueblo... ¿Qué hay más inocente que eso?

- Callaos, los dos. – interrumpió Antoñete – Dejad de decir tonterías. Vamos a morir todos.

- Por fin hablas – dijo Ismael

- Pero para lo que dice... - murmuró Roberto

- No entendéis nada, yo estuve aquí antes, y creedme, no hay nada que hacer. - Antoñete denotaba enfado en sus palabras

- Bueno, pero tú has sobrevivido entonces ¿No? ¿Por qué no lo has dicho antes? ¿Qué es lo que ocurrirá ahora? - Roberto no terminaba de creerse del todo lo que decía Antoñete. 

- Si, idiota, he sobrevivido, pero fue pura suerte, pasa una vez cada un millón. - a Antoñete le desesperaba tener que dar ese tipo de explicaciones - Es imposible librarse. Es la imaginación más maquiavélica contra nuestras mentes tan simples a su lado. No busquéis explicación. No son cerebros humanos tal y como los habéis conocido en vuestros felices lugares de residencia los que idearon esto. Aquí antes de morir estarás deseando que te maten, hacen que parezca que te están haciendo un favor. ¿Veis mis ojos? ¿Pensáis que esta mirada es normal?

Ismael y Roberto se aproximaron todo lo posible a sus párpados. No se distinguía bien a causa de la poca luz, pero parecían muy deformes.

- Quemados con cera – informó Antoñete – Y esto es sólo la preparación – Se empezaron a escuchar pasos y un par de gritos – Se aproximan, ya se acerca la hora.

- Cuéntanos, dices que hay una posibilidad entre un millón ¿Cómo hiciste para sobrevivir? Rápido – la voz antes más o menos serena de Roberto, se veía entrecortada por el repentino pánico.

- Solo puedo daros un consejo – Antoñete se disponía a seguir la frase cuando en el zulo irrumpió una figura humanoide de enormes proporciones con un utensilio en el extremo de su mano, algo parecido a un palo de madera con el que comenzó a golpear mientras gruñía a Antoñete para que saliera de la habitación. Él, por no soportar más el dolor, salió disparado de ésta, mientras miraba a sus compañeros. - ¡Si algo os llama poderosamente la atención, no vayáis hacia ello, es una trampa! ¡Y luchad, hacedlo por vuestras familias, por quién sea, sé que no habéis nacido para eso, pero no os queda otra! – gritaba mientras avanzaba por un estrecho pasillo.

Al final del mismo se abrieron unas viejas puertas metálicas poco cuidadas. La luz que entraba era, literalmente, cegadora. Sólo se oía un numeroso grupo de personas gritando una palabra: "oleeee".


Seudónimo: Tuercealmas

 


 

82.- Una historia por otra

Estimado señor:

Mire, ya le aviso, no me lea si no quiere saber. Tire esta carta a la basura y olvídese, pero lo que pasó se lo puedo resumir muy fácil, con palabras mías, nada de estrofas, sin más lamento ni párrafo que el esencial, que ya sé que no le sobran las ganas de leer.

            Vamos a ver, debió de suceder alguna de aquellas tardes, eso se lo imaginará, en el recinto donde nos reunía a todos para compartir mesa de discusiones, con alguna copita de vino dulce para darle rienda suelta a elucubraciones varias, de unos y de otros, al mejor postor. Que a lo mejor de ahí pudo venir el problema, quién sabe, porque no toda la culpa va a ser mía. Quiero decir del vino, del ambiente desordenado, lo que uno y otro se imagina, porque así empiezan las cosas más imprevistas, de ahí puede salir de todo, o me dirá que no lo hacía precisamente con esas miras, o ahora tendré yo que cargar con todo.

           Verá, fue algo así como una primera mirada discreta a la velada figura de mujer, o quizás me fijé bien, ahora no lo tengo del todo presente, al otro extremo del humo y los intercambios verbales. Un rostro desdibujado, como a expensas de establecer una emoción definitiva, y un tono de voz irregular, ni triste ni contento, sin decisión, ya puede figurarse. Entonces me percaté de esto, tampoco de mucho más, se lo puedo afirmar. Y no avance en la lectura si no quiere saber que con el paso de los días continué la exploración. Ella se mostraba distante ante todos nosotros, no me lo negará, con una actitud sombría. Reconozco que anduve unos días tratando de hallar una explicación, pero su presencia parecía confusa, quizás irrelevante, como borrosa en una fotografía, ¿llega a entenderme? Por eso no sé cómo sucedió pero una de esas tardes me acerqué, por debajo de las voces alborotadoras, por detrás de los papeles que se esparcían por la larga mesa de reuniones, como si tal cosa. Intenté hablar con ella, no directamente, no quise preguntar así de primeras, solo algunas palabras, no puedo recordar cuáles. Sus frases, si las hubo, fueron casi un susurro que apenas escuché, pero me parecieron sugerentes, llenas de posibilidades. Sin embargo, lo dejé ahí por el momento.  

            Así pasaron varios días, en los que su comportamiento me siguió pareciendo intrigante, casi sospechoso. Los ensayos, las puestas en común, se cerraban sin intervenciones de su parte. Ella permanecía absorta, y no parecía querer tomar partido, pero en aquel momento, aunque hoy lo dude y por eso intento explicarle, pensé que era muy probable que le gustaran mis miradas, ¡para mí fue un gran descubrimiento! Lo mejor que se me ocurrió fue que ella estaba reclamando atención, así que opté por retomar el contacto al que había renunciado días atrás. Su trato me seguía pareciendo desconfiado hacia todos nosotros, yo incluido, por eso me aproximé muy lentamente y en su oído pregunté: «¿qué te pasa, Valeria?». Y dije su nombre, un nombre que le había oído a usted cuando la mencionaba, desde hacía meses, con una ilusión creciente, porque tramaba cierto proyecto en el que ella era el centro de todo, llegó a insinuar. Al oír «Valeria» me miró, pareció cogerla desprevenida, tendió sus ojos dóciles en los míos y entonces pude ver su luz, adivinar todo el encanto que presumía que albergaba, atisbar el delirio de todas las posibilidades, los riesgos y los deseos que podrían desprenderse de tan inagotable musa. ¿Qué tenía que haber hecho yo? Puede que ahora lo vea de otra manera, pero entonces me sentí enormemente afortunado, le envidié a usted, eso es cierto, quise que todos sus deseos se fueran al traste, y tenerla a ella solo para mí, narrarle yo una historia para ella, que todos los demás leyeran nuestras pasiones, que usted nos envidiara.

            Ya que ha leído hasta aquí, déjeme que le diga que el que anhelara a Valeria aquella tarde, en una fecha incierta, aunque solo fuera por un instante y en un resquicio de inconsciencia que apenas recuerdo, fue una tentación que aunque no quiera oírlo entonces y ahora me corresponde más a mí que a usted. Es verdad que mi carta no es más que una versión, elaborada con palabras mías, de lo que creo conservar de una de aquellas tardes, que usted podrá deformar a su antojo, tener y soltar como mejor le convenga, pero sepa que su proyecto de hacerme sentir culpable, de mantenerme sumido en la inconcreción, sin historia, sin voz, sin actitud, como a ella, como a Valeria, a la espera de su caprichosa decisión, se viene abajo porque me sigue leyendo, porque usted me está leyendo de nuevo como personaje.

 

Suyo atentamente,

X

 


 

83.-  NOCHE  DE  CINE


                                                                                           
                  
                                        −Siempre nos quedará París −me decía en voz baja la amable vendedora de palomitas cuando me veía pasar cerca de su pequeño habitáculo del cine Proyecciones.
         −Francia queda muy lejos, pequeña −contestaba yo, intentando imitar el peculiar tono de voz de Rick en Casablanca.
         Ella se daba un aire a Ingrid Bergman, la afamada actriz sueca. Yo, al igual que el duro Humphey Bogart, usaba calzas en los zapatos desde jovencito para parecer más alto y, además, no sabía vivir sin un cigarrillo encendido entre los labios.
         Cuando concluía la eterna sesión de madrugada y los espectadores, siempre escasos y solitarios, abandonaban el cine, solo quedábamos los dos en el decrépito y centenario edificio. Ella ataviada con su inconfundible uniforme azul de vendedora de palomitas y yo con el de acomodador (del color de las sombras y que, siendo sincero, más bien parecía de enterrador); ella oliendo al inconfundible perfume dulzón del maíz y yo a la esencia de manzana rancia que desprendían aquellos malditos ambientadores repartidos por toda la sala y que tanto avivaba mi asma.
         Llegó un día en que −medio en broma, medio en serio− ambos planeamos fugarnos lejos de la ciudad donde siempre habíamos vivido, y recalar, por qué no, en París o Casablanca; lugares de ensueño donde imaginábamos una nueva vida para los dos, apartados del decrépito cine en el que trabajábamos y de aquellos uniformes apolillados que, poco a poco, iban adhiriéndose a nosotros como si de una segunda piel se tratara. Pero los dos teníamos obligaciones familiares que afrontar, créditos hipotecarios que pagar...
         Todos los días, al terminar nuestro anodino trabajo, me gustaba acompañarla hasta su casa porque las madrugadas suelen ser peligrosas en los barrios periféricos de la ciudad. En cierta ocasión, mientras nos despedíamos en la misma calle donde ella vivía, se situó de sopetón frente a mí y, poniéndose de puntillas, me ofreció sus labios carnosos, que enseguida besé con pasión aunque no sin cierto recelo ante el pensamiento de que alguien del vecindario pudiera observarnos. Luego ella me dio la espalda e inició una tímida carrerilla para desaparecer tras la puerta de aquella casa blanca, de una sola planta, que le servía de humilde morada.
         Poco después, mientras volvía sobre mis pasos, un hombre corpulento me cortó el paso de repente. La tenue luz de una farola me permitió identificar enseguida al marido de mi compañera de trabajo, un tipo alto que se daba un aire a Paul Henreid (actor que encarnó al líder de la resistencia checa, Víctro Lazlo, en la película Casablanca). Entonces supuse que habría presenciado la anterior escena del beso y temí lo peor. Pero en vez de partirme la cara, como yo esperaba, me agarró suavemente del brazo y, con delicada voz, me susurró al oído:
         −Permítame, caballero, que le acompañe en su deambular por la ciudad. Hace una espléndida noche y presiento que este puede ser el comienzo de una hermosa amistad.
         Mientras, cogidos del brazo, los dos caminábamos sin prisa por la ciudad dormida, llegó amortiguado a nuestros oídos el inconfundible sonido de la canción “El tiempo pasará”, que el ligero viento del sur traía en sus invisibles alas desde alguna ventana cercana. Cuando cesó la bonita melodía, tanto él como yo imaginamos que el pianista que la había interpretado quizá se llamase Sam, e incluso esperamos algunos segundos a que volviera a tocarla de nuevo. Ya solo nos faltaba encontrarnos a alguien parecido al capitán Renault para que la noche fuese de cine…

 


 

84.- La isla de los muertos

 

           Se dice que Serguéi Rajmáninov se inspiró en la pintura de Arnold Böcklin, “La Isla de los Muertos”, para componer la obra homónima.  Un manuscrito hallado el siglo pasado, cuya autoría, se cree, es de un músico de la Orquesta Filarmónica de Dresde (desaparecido en circunstancias misteriosas), arroja una luz insospechada sobre el origen de la composición musical.  Transcribo a continuación el documento, que tan amablemente me facilitó Bernhard Blüher.


***


            Es mi intención, en caso que no regrese, relatar los sucesos que motivaron el viaje que estoy a punto de emprender. Quizá sea el último; quizá siga siendo un sueño.

           Desde la muerte de mi amada me invade una pesadilla recurrente: Navego en su búsqueda por un tenebroso mar oscuro, percibiendo los acordes de una suave melodía melancólica, que se desliza por mis oídos con un movimiento de vaivén que sugiere el rumor de las olas.  En las primeras ocasiones despertaba agitado y angustiado.  Luego ese sueño se volvió una obsesión, ansiaba verla una vez más.  Noche tras noche reparaba en cada detalle de la visión y de la extraña música.  Por las mañanas intentaba reproducir con el violín cada nota recordada.  Llenaba pentagramas con manía febril, modestos borradores de una sinfonía onírica. 

           Uno de los últimos sueños fue más preciso.  Pude percibir que era yo quien ejecutaba la melodía; también vi que un viejo barquero remaba indolente llevándome hacia una isla rocosa de aspecto macabro. A poco de llegar a ella, desperté bruscamente, irritado por no haber visto a la mujer que tanto amé.  Me incorporé todavía confuso y somnoliento. Desde la ventana, a través de la niebla en la hora que precede al alba, pude ver a un solitario remero y su pequeño bote amarrado al muelle.  Creyendo que el sueño era premonitorio, bajé rápidamente a la costa y le pedí al remero que me llevara mar adentro.  Como no tenía con que pagarle le ofrecí deleitarlo con mi música.  Mostrando una irónica mueca, accedió.  Me extrañó que no preguntara por el destino del viaje; a poco de andar, su postura indiferente a la melodía y a los peligros de un mar sombrío me recordó al viejo barquero de mis pesadillas. 

           Insólitamente llegamos a la isla.  La vista de unas ruinas de lo que parecía haber sido un santuario circundando oscuros cipreses, me inquietó.  Movido por un fervor inconsciente bajé de la barca y me adentré en ese templo atravesando unos enigmáticos pórticos de piedra. Dentro del recinto la oscuridad era absoluta. Extraños seres reptaban por las paredes profiriendo horrendos alaridos.  Casi por un instinto ancestral, comencé a tocar el violín para mantenerlos aquietados.  Al fin, guiado por su inconfundible aroma, pude dar con ella; contraída en un rincón, me imploraba calladamente, con sus brazos extendidos, que la sacara de aquel horrible lugar.  La tomé en mis brazos y corrí hacia la salida, pero ante la imposibilidad de tañer (había abandonado mi violín), los repugnantes demonios nos persiguieron con renovada ferocidad. Sabía que una vez fuera del edificio estaríamos a salvo; ellos no abandonarían la oscuridad. Llegamos a la barca; mientras me apuraba a abordarla, un pie de mi inerte amada, todavía en la sombra, era aferrado por uno de esos seres repulsivos.  La arrancó de mis brazos y la arrastró dentro.  Quise volver pero el barquero me detuvo, dijo que tendría otra oportunidad, pero no en ese día; sin la música, me hubiera encaminado a una muerte segura.  Extenuado, me dormí en el trayecto de vuelta.  Desperté en mi cuarto, confundido. Con resignación acepté que había sido un sueño dentro de otro sueño.
           Al amparo del humeante café, terminé de bosquejar la partitura de la melodía soñada.  Busqué en vano el violín para interpretarla; la vista del estuche vacío determinó mi vuelta a la isla.  Quería, necesitaba, aferrarme a la idea de que, quizá, no todo había sido una ilusión; que todavía existía alguna posibilidad de rescatarla de la muerte.  Es por eso que, antes de partir, dejo este testimonio que tal vez nunca nadie lea. Abajo me espera el barquero para emprender, acaso, el último viaje.


***


            Cuentan que el doctor Nikolái Dahl, en una insólita indiscreción, declaró que Rajmáninov le confesó, en una sesión de terapia, que había obtenido (no aclaró cómo) la partitura manuscrita del músico desaparecido y que estaba decidido, tras el fracaso de su primera gran obra, a transformarla en un poema sinfónico.

           Posdata de abril de 1923

            Ferdinand Beltrán, atinadamente, opinó que tal vez Böcklin también tuvo acceso al testimonio manuscrito del compositor de Dresde y que le sirvió de inspiración para pintar “La Isla de los Muertos”.  Posiblemente todo sea una simple especulación, quizá incluso yo esté soñando esta narración. Es probable que no sean infrecuentes las simetrías en las creaciones oníricas como las de Kubla Khan y Coleridge,  tal vez en esta historia se han fundido los sueños de un pintor suizo, de un músico ruso y mi propio sueño; pero, a pesar de todas estas conjeturas, cada vez que admiro la pintura o escucho el poema sinfónico, no dejo de preguntarme cuál de los hijos de la noche llevó al músico al encuentro de su amor, si fue el sueño o la muerte. 


***


Seudónimo: Cayo Crastino

 


 

85.- El sonido de la gaita

El sonido embriagador de la gaita la atrapó y se sintió como una cobra reptando hacia él. Al dar vuelta en la esquina empedrada lo vio, de inmediato recordó la película de Corazón Valiente, el torso desnudo, cubierto parcialmente de bello dorado, los músculos marcados, la piel originalmente blanca con un sugestivo bronceado, las piernas delgadas pero musculosas que a pesar de la falda no se veían ridículas; la gaita en las manos y los cachetes que inflados producían la hipnotizante melodía, rizos dorados le caían por el pecho, la cara de líneas rectas y los ojos miel enmarcados en cejas castañas. La miró y ella sin saber por qué sintió que se le helaba la sangre a pesar del calor del verano.

Tocaba sin quitarle los ojos de encima, los turistas se acercaban y le dejaban monedas en la mochila de cuero que muy abierta en el piso mostraba con descaro su interior con el recogido del día, lo pensó un instante, ¿debía acercarse y dar su aporte? Era lo que todas las personas hacían, pero le pareció que era un gesto ofensivo, vulgar, él seguía mirándola, la mano dentro de su bolsillo escarbó discretamente hasta detectar un billete, pero no sabía de cuanto era y trató de recordar que había puesto ahí en la mañana, era uno de veinte, si, de la mesita tomó el de veinte y otro de cinco, pero no podía darle todo eso, y monedas no tenía.

Terminó lo que estaba tocando, bajó la gaita que se desparramó en el piso al lado de la mochila, entonces con sus extraños botines de cuero caminó hacia ella que sentía que las piernas le temblaban, estiró su mano, ella la tomó, la llevó hasta un pequeño muro de piedras y la soltó ahí, ella se sentó como un autómata, entonces él regresó a su lugar, recogió la gaita y tocó de nuevo, son sus notas la enredó y ella envenenada por la melodía se dejó envolver. Se había equivocado, no era una cobra cayendo en el embrujo, era un mosquito enredado en una red de araña, a punto de ser devorado.

 


 

86.- LA GUERRERA Y EL CAMPESINO

           As-Sawsan era la guerrera más poderosa del mundo. Cuando nació, los augures de palacio predijeron que ella sería tan fuerte como hermosa, que muchos hombres se pelearían por su mano, y también que se casaría con alguien de bajo nivel. El rey y la reina se pusieron de acuerdo, y para impedir que su hija tuviera en el futuro un mal casamiento, se empeñaron en hacerla aprender desde niña todas las artes marciales posibles. Después, según una nueva ley que promulgaron, solo un hombre digno podría casarse con ella, pero debía demostrarlo venciéndola primero en un combate. Muchos reyes, príncipes, nobles, y hombres de buena familia de todas las partes del mundo lo intentaron, pero As-Sawsan siempre derrotaba a sus oponentes. No los mataba para que recordaran la humillación el resto de sus vidas. Podría parecer que ella odiaba a los hombres, mas lo único cierto es que aún no se había topado con el adecuado.

            Un día, As-Sawsan paseaba a caballo por el campo, transitando un pedregoso camino, cuando se encontró con Bernardo, un hombre sin guapura que era cualquier cosa menos fuerte como un oso, ya que era un simple campesino dueño de una pequeña parcela. No hubo ni siquiera un breve intercambio de miradas entre ambos, conscientes de la distancia abismal que existía, dada la posición social de cada uno.

            Pero entonces, por capricho del Destino, apareció volando por allí el dios del amor, Cupido, una persona adulta encerrada desde hacía siglos en el cuerpo de un niño pequeño provisto de alas blancas, borracho como una cuba, y se le ocurrió intentar asaetar, disimuladamente, los corazones de la princesa guerrera y del campesino para que cayeran en el amor, acertando únicamente con el tierno corazón de Bernardo, pero fallando con el de As-Sawsan por culpa de su dipsomanía. De modo que, al final, ella no se enamoró del campesino, pero éste sí que comenzó a beber los vientos por la princesa, hechizado hasta las trancas.

           —¡Princesa As-Sawsan! —gritó Bernardo, armándose del valor que imbuye la sensación del enamoramiento—. ¡Quisiera pedir vuestra mano en matrimonio!

           La guerrera no podía creer tamaña insolencia por parte de alguien de tan bajo nivel social.

           —¡Orate! —chilló ella, toda indignada—. ¿Acaso no conoces las leyes de nuestro país? Sólo me casaré con alguien que me haya derrotado en combate singular. Bien debes saber que, a día de hoy, aún sigo soltera...

           —¡Mi amor por ti me ayudará a conseguir la victoria!

           A regañadientes, la princesa tuvo que sostener una justa con el campesino, al cual, como era de esperar, derrotó sin dificultad. Sin embargo, la joven le perdonó la vida a Bernardo, igual que a los otros pretendientes, aunque no fue únicamente la compasión lo que la movió.

           Al contrario de lo que se podía pensar, Bernardo no se rindió. Cada día, durante los siguientes dos años y nueve meses, desafió a la princesa guerrera a un combate, interrumpiendo su paseo a caballo por el campo. El campesino, como practicaba poco el arte de las armas debido a tener que cuidar de su huerto, siempre perdía ante ella, por supuesto.

           As-Sawsan, vanidosa, cuando le veía tirado en el suelo, lleno de golpes y moratones, se jactaba y se reía:

           —¡Tal vez mañana me venzas, Bernardo! ¡Estás mejorando mucho!

           Bernardo podía perderlo todo, excepto la paciencia. Aguantaba estoico los golpes y las burlas, porque su amor por As-Sawsan era inacabable.

           Un día, después de mil combates, la princesa se confió demasiado en un lance de espada y, contra todo pronóstico, perdió su duelo con Bernardo. La cara que puso ella cuando cometió aquel error, era indescriptible. En cambio, la de Bernardo estaba mezclada con una sensación de incredulidad y satisfacción. Notando alegría infinita, su sueño se había hecho realidad. La princesa guerrera, por ley, tuvo que aceptar como marido a Bernardo, y se convirtieron en rey y reina.

           Moraleja: “El que la sigue, la consigue.” O también: “Puedes hacer alguna cosa a la perfección mil veces seguidas pero, justo a la de mil una, fallar miserablemente... Es una cuestión de probabilidad estadística.”

           De todos modos, la pareja vivió un matrimonio largo y feliz, porque Cupido, aunque un niño borracho, no era nada tonto, y desde el primer instante ya se había dado cuenta de que As-Sawsan y Bernardo estaban hechos el uno para el otro.

Seudónimo:  Cupido


 

87.- Un frenesí, una ilusión, una sombra, una ficción


La vida es un viaje no un destino, escupe el televisor del bar y Jose, agraviado, despega la vista de las páginas deportivas del Norte. Un viaje, se dice y exhala fuerte por la nariz, con desdén. Luego, vuelve a posar sus ojos en el periódico y lee con atención, absorto, mientras apura un carajillo de Terry. Su equipo puede jugar la promoción de ascenso a primera y se palpa la agitación en las crónicas del balompié. Al cerrar el periódico, se percata de que ese seguramente sea el mejor instante del día, y, azorado y lúcido al mismo tiempo, deja desvanecer su momento acatando el avance impetuoso de las manecillas. Su destino inmediato es la vuelta al tajo y a sentirse un alienígena.


Horas más tarde, otea en cinemascope, pero sin ganas, un No sueñes tu vida, vive tu sueño en una pancarta de la autovía durante el almuerzo del bocadillo de pechugas de pollo. Lo vuelve a leer, cansado, y se le mezclan las palabras sin sentido: vivir, soñar, dormir… Lo que le gustaría sería echar una cabezadita un rato, sin sueños apenas y desenchufar la avalancha de deberes, cifras y desasosiegos de su quijotera. Acaba su bocata, baja el telón y vuelta a la pesadilla. Fundido en negro.


Para cuando vuelve a casa en bus, los niños ya están merendando, con la tele puesta. Apenas reparan en su presencia, hechizados por el plasma. Mi paz interior no es negociable, fusila un anuncio de bifidus. Estamos a mediados de mes y para Jose ya empieza la misma cuesta arriba de cada segunda quincena. Apenas cien euros hasta llegar a meta. «¿Cómo es posible vivir – se cuestiona Jose - peor que cuando era veinteañero y sobrevivía, sin agobios, con seiscientos euros? Pero que paz interior ni qué hostias, si esto es un sinvivir». Y encima, a Jose le ensoga la frustración de no poder quejarse, que para eso está empleado, a Zeus gracias. Mejor ajustarse las orejeras, no hay nada que negociar.


Se va a la cama con un periódico gastado que recogió del bus. Lo abre y le engulle un anuncio de una inmobiliaria: La felicidad no se compra, se construye. Iracundo, pasa de página, zafándose del anuncio. Lee que más de mil quinientos euros se han acordado como salario mínimo en Francia y Alemania, la Champions comparado con su nómina de segunda división. Encima el pucela no va a subir este año tampoco, ni para eso se atreve Jose a soñar. Sus brazos, aún con el diario apresado, se desmoronan sobre el lecho. Fantasea por un instante con poner fin algún día a la losa de la hipoteca, antes de apagar la luz.

 


 

88.- “EL DÍA EN QUE MATARON A ROBERTO BEJARANO”     

             El día en que mataron a Roberto Bejarano yo estaba de guardia en la comisaría norte de la ciudad. Parecía una jornada tranquila y no teníamos programados más que un par de servicios rutinarios de vigilancia con mi compañero de siempre, comprobando los trapicheos de varios camellos de poca monta.
           Pero entonces, a última hora, se produjo el aviso. Una vecina del barrio alto había oído una fuerte discusión en una casa vecina. No parecía nada serio así que el jefe nos encargó el asunto a nosotros.
            Sin perder tiempo cogimos nuestro megane color burdeos y nos dirigimos para allá. En apenas ocho minutos estábamos en la zona.
            Allí, una anciana de avanzada edad, muy nerviosa y casi sin desplegar las cortinas, nos dijo que el follón venía de la vivienda de al lado y que aunque ya parecía haber acabado, en ella vivía un fulano peligroso que siempre andaba amenazando a la gente con una recortada.
           Con enorme cautela nos dirigimos a la entrada. Efectivamente ya no se oía ruido alguno pero no quería llevarme sorpresas así que saqué mi arma y le indiqué a mi compañero que vigilara la puerta principal mientras yo investigaba por la parte trasera. Salté con sigilo la desvencijada verja del jardín y con mucho cuidado entré por la puerta de servicio.
           De pronto, escuché jaleo y tan rápido como pude atravesé la cocina entrando en el salón principal. En el centro estaba mi colega con las manos en la cabeza mientras un tipo con muy mala pinta le apuntaba con una escopeta directamente a su frente. El muy cabrón debía haberle sorprendido fuera y le había obligado a entrar.
            -Eh, tranquilo, suelta el arma-, le dije mientras le apuntaba yo también.
           El hombre dudó un par de segundos mirándonos sucesivamente a uno y a otro, y me gritó nervioso:
           -¡Baja el arma o lo mato, que lo mato…!-.
           -Tranquilo, nadie va a matar a nadie, vamos, deja de apuntarle, ¿no ves que está desarmado?, apúntame a mí, venga-.
           Él titubeó otros dos segundos y finalmente, con un movimiento brusco, giró sus brazos dirigiendo el arma a mi pecho.
           -¿De dónde habéis salido vosotros?, ¿Quien coño sois?-, me preguntó.
           Intenté convencerle una vez más de que se relajara.
           -Tranquilo, nadie va a hacerte nada, solo hemos venido porque nos han avisado de una discusión. ¿Quieres saber quiénes somos? De acuerdo, tu baja el arma y yo te diré mi nombre-
           Finalmente, mientras veía como mi compañero intentaba sacar rápidamente una pistola oculta en el uniforme, escuché una fuerte detonación saliendo de la recortada.
           Tan solo tuve tiempo de decir estas palabras:
           -Roberto, mi nombre es Roberto Bejarano-.     

Seudónimo: Acteón

 


89.- LA SECTA

 

           Ya respiraba con dificultad y la vista apenas le permitía distinguir nada de lo que acontecía a su alrededor. Recordaba haberse acostado tendida en el césped de la pequeña pradera próxima a la casa junto con todos sus compañeros. Habían pasado toda la noche meditando y preparándose para el viaje. Aquél último día  trajo un amanecer rubescente, con el sol hiriendo los cúmulos. El Gran Maestro los había abrazado uno a uno y les había dado la pócima que debían ingerir antes de salir de la casa. Estaba atravesando el oscuro túnel  final. Más allá le esperaba la vida, su nueva vida.

           Las tinieblas le ayudaron a rememorar  cómo había pasado todo. Su segundo matrimonio había sido  una nueva frustración que había terminado en una traumática separación. La muerte de su hija María en  aquel brutal accidente mientras viajaban  a pasar unos días con sus padres tras el divorcio, había sido el desencadenante. Se sumió en la más profunda depresión  que podía imaginar. Cuando volvió a la ciudad buscó consuelo  sin encontrarlo. Su fe y sus creencias no le sirvieron de  nada, no podía escuchar frases huecas en las que siempre prevalecía la voluntad de Dios: Dios lo ha querido así. Su amiga Marina fue la que estuvo más cerca de su dolor,  enjuagó sus lágrimas y la asistió con su esperanza en un futuro menos inclemente.

           Fue Marina la que le propuso asistir a la convocatoria que hicieron los miembros de Misión de la Luz Divina. Proyectaron un vídeo en el que el gurú Maharaj Ji hablaba sobre la secta, aunque él no la denominaba  como tal. Expuso su doctrina sobre la reencarnación y las tres etapas para acercarse al conocimiento de lo divino. El inicio consistía en la visión de la luz divina. La música celestial y la degustación del néctar divino serían los pasos siguientes. Al final de la conferencia del gurú los miembros allí presentes les ofrecieron la posibilidad de asistir a la ceremonia de  iniciación. La celebrarían en su sede ubicada en un idílico paisaje del norte del país. Las dos se inscribieron, aportaron sus datos y  se comprometieron a efectuar una transferencia bancaria en los días próximos.

           La ceremonia fue austera. Se celebró al amanecer del día siguiente de la llegada. Era la primera visión de la luz divina. El gurú, llegado especialmente para el acto, posó sus manos sobre sus cabezas y luego depositó sobre ellas varias gotas de un líquido amarillento y viscoso. Al mes siguiente, las dos se convirtieron en miembros activos de la Misión de la Luz Divina. Se comprometieron a vivir en la casa y a donar parte de sus bienes a la secta como compensación por todo lo que iban a recibir, les dijeron.  Los días transcurrían lentos, plácidos, marcados por la meditación, escuchando la música celestial, practicando armónicos rituales, purificando sus cuerpos y sus espíritus sumergidas en la piscina y bañadas por la luz divina de cada amanecer.

           La reencarnación que preconizaban los gurús se fue convirtiendo en la más preciada  de sus esperanzas. Su nueva vida sería maravillosa, volvería a estar con su hija, las amarguras y el dolor no volverían a derrotarla. La luz divina de cada mañana y la música celestial que siempre sonaba en la casa le preparaban para el salto final: ingerir el néctar divino.

            El gurú había llegado en la tarde anterior, había pasado la noche con ella y todos sus compañeros, les había anunciado todas las venturas que les esperaban en el maravilloso Más Allá de la reencarnación. Al amanecer, les había dado a beber el néctar divino y se había despedido de ellos uno por uno.

           Se buscó a sí misma en aquella silente oscuridad, sintió que sus ojos dilatados no veían nada ni a nadie. Poco a poco apareció  una  débil claridad que se convirtió en un esplendor vivo y deslumbrador. Se vió a sí misma desde la altura en la que se había posado su nuevo  y etéreo ser. El verde suelo de la pradera estaba cubierto de inermes cuerpos  vestidos con túnicas amarillas.

 


 

90.- DE RECORRIDA

 

           La orden del capataz, dada con aquel vozarrón enronquecido por años de tabaco fronterizo, no dejó lugar a dudas y Leandro montó sus escasos doce años en el lomo de La Matraca, la yegua tubiana que era su pertenencia más preciada, y salió a recorrer el campo. La indicación era clara: buscar animales muertos durante la tormenta, cuerearlos, estaquear el cuero en el alambrado y entregar los restos al encargado de los cerdos.

            La lluvia y el viento arreciaban haciendo  más difícil la recorrida. Pero era el trabajo indicado por el capataz y él estaba dispuesto a cumplirlo.

            El caporal era su tío. Un hombre rudo, exigente, pero justo. A la hora del trabajo no hacía excepciones. Leandro era uno más de los peones de campo a sus órdenes y, a pesar de sus pocos años, debía ganarse el jornal.

            Montado en La Matraca, recorrió al trote corto el campo. El optimismo lo invadía, sintiendo que podía cumplir el encargo. Se lo decía  su hombría recién estrenada. Había visto a su tío carnear y cuerear a innumerables animales, sólo tenía que  seguir, paso a paso, cada una de las maniobras que aquel había hecho con mano diestra y facón afilado. Como para asegurarse, tanteó el cuchillito con mango de guampa sujeto a su cintura.

            De pronto vio un bulto pequeño, todo lana y pezuñas. Distraído en sus pensamientos, casi pasó por alto un cordero muerto oculto por el matorral. Sin duda, la madre lo había abandonado y la helada hizo el resto.

            Decidido se apeó de la yegua, desenvainó el cuchillo y… su niñez dolida dejó atrás la pretendida hombría.

           Miró aquel ovillito blanco, mojado y sucio de barro y algo se rompió en su interior. Él había visto más de una vez animales muertos, pero ese cordero era “su animal muerto”.

            Sin saber a ciencia cierta, qué hacer y aterido de frío, tomó el poncho y lo acomodó por encima del lomo de la yegua a modo de carpa. Se acomodó entre las patas de la Matraca. El calor que irradiaba la panza del animal lo reconfortó. Miró al cordero y solo atinó a pensar en lo  pequeño que era. Estaba  allí abandonado, solo y frío.

            Una amarga niebla opacó sus ojos, mientras sus manos heladas se aferraban al cabo del cuchillo sin decidirse a actuar. Era tan pequeña y desvalida esa criatura que no se atrevía a iniciar la faena. Dudaba, temiendo provocarle dolor. Tal vez se moviera… o balara… ¿Y qué haría en ese caso? Se sintió impotente ante la enormidad de la tarea encomendada. Pero no tenía alternativa. Una orden del capataz no se desobedecía.

           El poncho empapado empezó a escurrir agua y la yegua impaciente hacía sonar las coscojas. Leandro pareció despertar de un sueño. De un manotazo se limpió las lágrimas y salió del precario refugio.

           Tenía un trabajo y no había otra opción que hacerlo. Con manos duras de frío, empuñó el cuchillo y comenzó a cuerear el cordero. No pudo evitar que el primer tajo inferido le provocara un estremecimiento de angustia. Casi sin pensar, repitió las maniobras tantas veces vistas. Retiró el pequeño cuero, cargó en una bolsa los restos del animal que serían alimento para los cerdos, limpió el cuchillo en el pasto, lo envainó y, sacudiendo el poncho empapado, volvió a montar en la tordilla.

           En un impulso incontenible se abrazó al cuello de La Matraca y, casi con rabia, enjugó en sus crines un último resabio de niñez.

 

SEUDÓNIMO: ALGUIEN


 

91.- El puente

           Cruzó el puente como cada mañana. Andando rápido, pero sin prisa. Seis enormes arcadas de hierro que le iban alejando de su casa, pero que no le alejaban de sus pensamientos.
            Solía detenerse al terminar la tercera arcada, en el punto central y más elevado del puente. Hasta allí llegaban las vibraciones de los coches como golpes de mar, sin interrupción y siguiendo una partitura desconocida.
            Recuperó el aliento y miró hacia el río. Su vista se perdió en la niebla que lo envolvía todo. Apretó sin control el envoltorio que escondía en el bolsillo.  Se acercó al pretil mirando de reojo a los lados y con un gesto rápido arrojó el paquete al río. No pudo verlo caer ni tampoco escuchar su entrada en el agua.
           Se inclinó apoyando la frente en el hierro del puente y vómito, como si quisiera sacar de sí toda la angustia que desde hacía días lo devoraba.
           Dudó si continuar hasta el final o volver atrás, se sentía ligero. El río se había llevado lo incomprensible, no tenía respuestas, pero se sentía mejor.
           Durante 14 días había caminado con aquel paquete en el bolsillo, se acercaba hasta el puente, lo atravesaba de lado a lado, arcada tras arcada, pero no se decidía, como si una fuerza extraña retuviese su brazo.
           Preparar el paquete no le llevó mucho tiempo, solo quería perder de vista aquellas tijeras. Cogió papel y cinta adhesiva y en varias vueltas las tijeras perdieron su forma. Se quedó con ellas en la mano, sin entender cómo habían llegado al interior de su congelador. No podía explicarlo, pero a pesar de todo estaban ahí, no podía negar lo evidente.
            Las escondió en el bolsillo del abrigo sin saber qué hacer con ellas, al menos apartarlas de su vista.
            Hoy al arrojarlas por el puente ya casi no recordaba cómo eran, solo el impacto  al encontrarlas debajo de algunos paquetes de comida, en la parte más oculta del congelador, abiertas y con rastros de sangre congelados en sus cuchillas.
            Cada día al cruzar el puente trata de recordar aquel episodio que le llevó a esconder las tijeras. Tal vez fue partícipe de un crimen o solo encubre a algún conocido, no tiene ningún recuerdo, solo las tijeras.
           Ahora que por fin se ha deshecho de ellas podrá volver atrás, recorrer las tres arcadas del puente y recobrar su memoria. Recordará cómo envolvió el cuerpo, solo con papel y cinta adhesiva, hasta que perdió su forma y cómo recorrió el puente, arcada tras arcada, hasta situarse en lo alto. Desde allí lo dejó caer mirando de reojo a ambos lados, apoyando la frente en el hierro frío.

 


 

92.- AMOR DE TINTA

           Querido Juan Ramón:
           Ya estabas bajo la tierra de tu Moguer cuando yo lancé el primer alarido en este mundo y, aun así, te quiero tanto o más que si vivieras y fueras mi padre, mi esposo o mi hijo. Déjame que te lo diga, poeta.
           ¿Se puede amar a través del tiempo cuando tú ya estás en ese otro lado donde se sabe todo? Te reirás de mi torpeza y de mis pobres palabras.
           Te quise desde que, de niña, me eché un libro a las manos en la escuela de mi pueblo, Quintanilla de Arriba. En la plaza, al lado del Ayuntamiento, en la primera planta de un edificio, estaba aquella escuela equipada con la mesa del señor maestro, su mapa detrás, los pupitres y una vitrina con libros. Allí estabas tú, en uno de ellos, tan lejano y tan cercano a la vez como un vecino más.
           Entré al descuido, durante el recreo, una mañana de frío y suelo brillante por las primeras lluvias del otoño, a hojear los libros sin sentido, cansada de mis correrías infantiles. Cogí Platero y yo y leí sus frases legendarias; me imaginé al burro trotando, hecho de acero y plata de luna. Me subí a su lomo y recorrí los parajes de tus sueños: la mar, los montes, los viñedos y el vergel que no te gustó porque no dejaban pasar a tu cabalgadura.
           Entonces comenzó nuestro idilio y hoy tus líneas anidan en mis huesos y en mi sangre. Ya no soy yo, soy yo contigo dentro.
           ¡Ay, Juan Ramón, cómo eres! Un soñador, un nefelibata como te dijo Rubén Darío. ¡Qué suerte has tenido con no nacer en nuestro mundo! Ya estarás viendo que la gente anda sin tierra, que se construyen muros, que continúan las guerras de siempre y que se sigue muriendo de hambre tanto o más que cuando vivías.
           Hacen falta muchos que, como tú, se detengan con la belleza de una flor; gente que tenga al sol por único capitán general y se conforme con comer el pan, ese que daba tan buen olor a tu pueblo, y beber del caño de las fuentes.
           Tu divina conformidad a la naturaleza, eso es lo necesario, y tu rebeldía contra lo malo y lo feo.
           Subidos en un burrito deberíamos andar todos, poeta y que él, con su sabiduría, nos revelara los secretos ocultos tras un simple caldero de agua en cuya superficie se reflejan las estrellas. Andando despacio, como tú decías: «¡No corras, ve despacio, que adonde tienes que ir es a ti solo!»
           Ahora, ya vieja y despacio, sigo yendo a otras bibliotecas a leerte, aquella de mi infancia está cerrada. ¡Qué tristeza la de mi pueblo, sin escuela! De vez en cuando alzo los ojos, de vista miope que ve mal de lejos, y te adivino un instante: tu mirada profunda, tu barba fina de Greco, y caigo de nuevo en tu embrujo, querido mío. Sé que Zenobia, tu bella esposa, aprueba este amor hecho de tinta, pero tinta viva que conmueve pasado un siglo.
           Al momento, desapareces de mi vista y yo vuelvo a mi libro; allí dentro estás tú con el borriquillo y yo, leyendo. Leo y leo porque revivo con vosotros mi inocencia infantil y la belleza que se oculta en las pequeñas cosas, y entonces creo que hay esperanza y sentido incluso en lo más raro de la vida.
           Porque tus libros nos alcanzan, poeta mío, en el corazón, de lleno.
           Así leyendo os doy vida y recreo mi adorada escuela infantil, ¡que vuelva, que vuelva la escuela, la echo de menos! Allí estás, existirás siempre en aquella vitrina, eterno, entre las líneas de Platero, tan bellas que parecen versos.

           Te quiere siempre, tu lectora.


 

93.- EL BENEFICIO DE LA INFIDELIDAD


Ismael era un joven inquieto y entusiasta había terminado sus estudios en el instituto, su principal anhelo era conseguir un trabajo, le fue muy difícil encontrar por la deficiencia en una de sus piernas, tenía dificultad en desplazarse, esta dolencia también contribuyó a que no podía conseguir una pareja, los años se le venían encima, dentro de sus planes también estaba tener una compañera para toda la vida con la cual podría tener una familia. Para su buena suerte le aceptaron trabajar en una empresa de bastante reconocimiento, puso todo su empeño, pudiendo ascender muy rápidamente debido a su dedicación convirtiéndose en el supervisor del área, se sentía feliz porque había logrado uno de sus deseos como profesional, ahora faltaba lo otro. La única persona que tenía cierto acercamiento era Vicky una compañera de estudios, a quién comenzó a cortejar, haciéndole ciertas invitaciones, viajes por diversos países del mundo, ella accedía a los flirteos, regalos y halagos de Ismael, tuvieron una buena relación, que se plasmó en el “si” para toda la vida, se sintió el hombre más feliz del planeta, había cumplido sus sueños, fue una ceremonia inolvidable no escatimando gastos, se fueron de luna de miel a las islas Mujeres en Cancún, Vicky se sentía afortunada de ser amada por Ismael, no le faltaba nada económicamente, planearon y soñaron juntos un  destino envidiable. Después de la Boda  pasaron los días y los meses, Ismael no recibía aquella esperada noticia en la que Vicky estaría esperando familia, conversaron del asunto ella con toda tranquilidad le decía que había que esperar, que estaba un poco tensa era cuestión de tiempo. Pasaba el tiempo Ismael ya quería un descendente, un día preocupado le dijo que mejor irían al médico a ver que estaba pasando.

Vicky un poco esquiva accedió ante tanta insistencia decidieron ir al médico, una vez allá este les pidió hacerse ciertos exámenes, después de varios análisis el medico les dijo que era imposible de poder concebir, tenían que resignarse, ambos se miraron desconcertados, Ismael era el más afectado no sabía qué hacer ni decir, el médico se levantó dándole una palmada tranquilizadora en el hombro, diciéndole que se debía a su deficiencia física de la pierna, esto no le permitía desarrollar la producción de espermatozoides, para ello no había ningún tratamiento, Todos los castillos de Ismael se derrumbaron, su vida dio un vuelco de 360 grados; a partir de esa fecha en el hogar recibía constantemente hostilizaciones y reproches por parte de Vicky, reclamándole su inoperatividad, el para enmendar la carencia de su naturaleza le propuso adoptar un hijo, Vicky se enfureció negándose rotundamente no estaba dispuesta a dar cariño a un hijo ajeno.

Este problema repercutió en el trabajo aquel entusiasta y activo supervisor se convirtió en un pusilánime pensativo trabajador, ante aquel cuadro desolador la única que lo comprendía era su secretaria Fany, quién le conversaba le daba ánimos, le preguntaba que le estaba pasando, el desviaba la conversación. Un día descuidado en su persona se quedó en la oficina dispuesto a dormir, ella le llevo un café haciéndole compañía, charlaron un buen rato, Ismael entre lágrimas le contó que su hogar no marchaba bien, no había comprensión, todo era discusión y peleas. Fany le siguió apoyando convirtiéndose en su confidente,  prácticamente era su paño de lágrimas, Fany era una muchacha simpática y sencilla, que lo ayudaba a resolver ciertos problemas de proyectos del trabajo lo acompañaba en las horas del refrigerio, se convirtió en su única compañía, comenzó a reír entre ellos estaba naciendo un sentimiento puro, Ismael empezaba a sentirse feliz y más seguro, pero luego entristecía porque sabía que no podía darle una felicidad completa a Fany, era casado, pero ella no lo veía de esa manera, comenzaron a salir juntos, empezaron una nueva aventura si saber que vendría después.

Ismael volvió a recobrar aquel impulso que tenía, pero en su hogar era lo contrario se convirtió en un infierno, él le planteó el divorcio en reiteradas oportunidades pero estas fueron denegadas.
Un día lunes después de una acalorada discusión llego a la oficina enfurecido se tendió en el sillón oyó un grito conmovedor de Fany, quién golpeando fuerte la puerta ingreso donde Ismael.

- ¡Estoy embarazada!  

El se levantó del sillón sorprendido diciendo ¡eso no puede ser!, ella le mostro la prueba de embarazo.

- Eres una mentirosa, eso no puede ser yo ¡soy estéril!

Ismael se sintió defraudado, acercándose le propino una bofetada diciéndole que era una cualquiera y oportunista, le dijo: como pude haber confiado en ti, sabía que algún día sucedería; la despidió de la oficina;  ella sin entender lo que le decía recogió los análisis salió llorando diciéndole que vaya al médico para certificar la prueba de embarazo. Después de varios días de insistencia Ismael accedió ir al médico, en los resultados resulto que efectivamente el hijo era de él, no salía de su asombro la abrazo a Fany pidiéndole perdón; saltó de alegría que sería papá, de pronto esa alegría fue borrándose de su rostro pensó: entonces que paso con su esposa.

Converso con Vicky ella insistía que los análisis decían que él era el estéril, más bien que la secretaria era una interesada que lo estaba engañando para sacarle dinero. Ismael más desconcertado aún decidió hacer indagaciones del doctor donde Vicky lo llevo, descubriendo que era su primo, con esta información fue donde el doctor exigiéndole que le entregue los análisis para llevarlo a otro médico, el médico confesó que Vicky era su prima le exigió adulterar los análisis porque ella era la estéril y quería asegurar su futuro.  Hoy Ismael rodeado de tres hermosos niños da vuelta a la página para empezar una nueva vida.

 

Seudónimo: SHALOM

 


94.- EL CERDO

           Patricia era trabajadora y compasiva. Cualidades que no le daban vanagloria sino abuso de varias personas que se relajaban porque ella cubría las necesidades de todos. Una mañana primaveral observó a través de la ventana la altura de los yuyos del jardín que escondían unas silvestres margaritas blancas. “Tendríamos que contratar a un jardinero ahora que las flores están en su esplendor”. Le comentó al marido que se miraba por última vez en el espejo arreglando el nudo de la corbata. Al pasar unos días, un joven de músculos marcados, amigo de su esposo, llegó consternado a pedir trabajo. Quería independizarse de los padres, buscaba tener un ingreso de dinero para solventar numerosos gastos que a su edad comenzaban a surgir. Se ofreció como jardinero, plomero, pintor o cualquier oficio que pudiera cubrir con alguna de las expectativas que tenía en la mente, “cualquiera”, repitió con una mirada profunda. Y la mujer necesitaba a “cualquiera” que reemplazara lo que el marido no hacía. Un brillo en los ojos de Patricia delataba lo que ocurría en el cuerpo de la mujer cuando tenía frente a sí a un joven con tanto para ofrecer. Por ello se alegró y aceptó de muy buen ánimo cuando fue contratado por el esposo para realizar los arreglos necesarios en la casa. Comenzó sin demoras  las tareas ofrecidas.
            Pasaron las semanas y al término del trabajo encomendado, el joven se quedaba con Patricia compartiendo tardes y mañanas. Ella le enseñaba sobre política, economía o acontecimientos importantes del país. Eran pretextos para compartir un momento, pues a ninguno de los dos le interesaban demasiado esos temas, excepto sumergirse en la miraba apasionada del otro. Se hipnotizaba con las abundantes pestañas que enmarcaban los ojos miel, la mandíbula fuerte, los músculos que subían y bajaban del pecho cuando se reía. Él devoraba las curvas de los senos que nacían del escote profundo que a propósito ella destapaba. Una noche cuando estaban solos, completamente solos, pues el marido había asistido a una de sus conocidas reuniones de trabajo que terminaba a altas horas de la madrugada, él aprovechó habiendo bebido más copas de las acostumbradas, a exponerle una verdadera declaración, concreta, tierna. “No se imagina cuánto he deseado este momento”. Comenzó tomando la mano de la señora, rozando con su lengua cada uno de los dedos, luego siguió por el brazo, el cuello, hasta llegar a los labios. Allí se estacionó jugando con la lengua, la saliva y los dientes. Le dirigió la mano para que ella también comenzara a explorarlo. La mujer tembló de deseo y de alegría por confirmar que un joven de quince años menos que ella sintiera de esa forma. Así fue ganando su confianza y derribando las barreras de pudor.  Se cuidaban de no levantar sospechas con el marido de Patricia que estaba ocupado en el trabajo de oficina y guardaban las distancias frente a cualquier tercero.
            Una mañana la señora extrajo dinero de la cuenta bancaria y lo guardó en el primer bolsillo de la cartera. La dejó como siempre en el sillón del living y preparó el mate en la cocina, mientras el joven ponía el mantel para el desayuno. Compartieron anécdotas y conversaron sobre algún tema que a él le preocupara, ella quería verlo feliz. Lo apreciaba por su sencillez y humildad. Nacido en un barrio marginal y con ganas de salir de esa escasez que marcó su infancia, escuchaba a Patricia como un buen alumno.  Al terminar el desayuno fueron al jardín. Preparó dos bolsas de residuos negras, mientras Patricia observaba perpleja el cuerpo atlético del joven bañado por la luz del mediodía, al igual que se contempla una estatua griega en un museo, una completa perfección anatómica realizada por el mejor escultor. Él se retiró luego de podar las margaritas y rosas del jardín y de dejar limpio todo el espacio cubierto de restos de tierra, hojas y ramas. A la hora, Patricia buscó la cartera para hacer las compras en el supermercado y poder preparar la cena. La desilusión le caló el corazón cuando vio que solo le quedaba un  billete. Comenzó a repasar todos los movimientos hechos desde que fue al banco. Quizás allí se le había caído el dinero. Pensó en el taxi que la trajo hasta su casa. O quizás era su protegido quien sustrajo el dinero en el momento que se dirigió a  la cocina. Luego de controlar las emociones de enojo que afloraron por la mínima sospecha que fuera él quien cometiera una acción tan vil, por la traición a la oportunidad dada, Patricia pensó cómo podía confirmar que se trataba de un delincuente y que sólo estaba con ella para aprovechar la oportunidad de obtener dinero. Algo se le iba a ocurrir.
            Al otro día volvió el joven como todas las mañanas regalando simpatía y seducción, preparado para pintar un pasillo. Abrió la puerta de entrada y Patricia le dio un metálico beso de bienvenida rozando apenas la mejilla, guardándose las ganas de gritarle “¡Devolveme lo que es mío!”.
           —La noto distante señora—afirmó él cuando vio la mirada esquiva de Patricia.
           —Sí, perdóname, no dormí bien anoche, quizás fue por extrañarte—mintió la mujer.
           Dejó esta vez unas joyas de oro en la cómoda del dormitorio, al cual él accedería rápido a través del pasillo que lo comunicaba y que en ese momento pintaba con disimulado empeño.  Patricia le avisó que iba a terminar de lavar la ropa amontonada en el lavadero para dejarlo solo. Esperó media hora o tal vez un poco más y sin hacer demasiado ruido, fue a la cocina a buscar el equipo de mate. Se acercó al pasillo y le brindó uno al joven como todas las mañanas mientras él pintaba. Él bajó de la escalera y le dio un dulce beso en los labios. “El beso de Judas”, pensó ella. Miró hacia todos lados. Encontró unos trapos en el piso supuestamente usados en la limpieza de pinceles y demás utensilios de la pintura.
           —Llevo estos trapos a la basura, total ya terminaste el pasillo—expresó Patricia modulando su voz para esconder los nervios que afloraban por su sangre.  
           Notó como el joven contenía las ansias de paralizarla o impedir la acción. Pero la mujer, con una fingida tranquilidad, llegó al lavadero y extendió los trapos hallando el reloj de oro, cadenas, aros y una pulsera. El botín era grande. La traición estaba confirmada. Se rió de ella, abusó de su confianza y creyó como una adolescente sin experiencia, que un joven como él se fijaría en una mujer de su edad. Pero, a decir verdad,  la había pasado bien esas semanas. El removió pasiones que creía ya no existían en su cuerpo. Que tomara el dinero que le faltaba como pago de sus servicios. Quedaban a mano. Solo debía contener las ganas de ir a interrogarlo, de insultarlo, humillarlo, pero temía que negara todo, que le iniciara un juicio por malos tratos o que delatara a su marido la intimidad alcanzada. Entonces se limitó a tirar los trapos al basurero y luego cerró la bolsa negra de residuos y todas las joyas las escondió en un florero que tenía en el lavadero.
           —Llevo la basura a la vereda—dijo observando como el sudor cubría el rostro del muchacho.
           — ¿Lleva los trapos allí? —preguntó simulando indiferencia.
           —Por supuesto, ya no sirven, están muy sucios y hoy terminas el trabajo—contestó Patricia mirándolo fijamente.
           —Si quiere me llevo las bolsas, hay unos cerdos por mi barrio que comen basura, están tan flacos los pobres… —argumentó él.
           Ella sonrió por la astucia del joven y le respondió con total ironía:
           —No te preocupes, con los años he aprendido que no se arrojan margaritas a los cerdos.
           Y salió a la vereda con las bolsas de basuras como también él saldría de su vida esa misma mañana primaveral.

 

Seudónimo: ANABELLA RAMIREZ


 

95.- Los colores del cielo

 

            Sobre el asfalto habían desaparecido las huellas del invierno. Era agradable volver a sentir, un año más, la brisa primaveral que anunciaba un bonito día de abril, en la ciudad de Ávila.

            El buen tiempo me hizo levantarme de un humor excelente y afrontar la mañana con esperanzas renovadas. “Quizá hoy sea el día en que todo va a cambiar”, pensé. “Seguro que hoy voy a encontrar esa melodía mágica que vuelva a hacer de mí un gran compositor”. Añoraba volver a ser ese artista capaz de crear la canción del verano y hacer que cantantes de moda y discográficas se pelearan por obtener los derechos de mi último éxito.

            Tenía que intentarlo. No sabía en que momento mis letras dejaron de tener éxito ni porqué mis melodías se consideraron desfasadas, pero debía hacer el esfuerzo por adaptarme a los nuevos tiempos y componer algo que volviera a gustar y sonara en todas las radios y locales del país. Sería estupendo sentirme útil otra vez, disfrutar con mi trabajo y volver a conseguir una gran cantidad de dinero.

            La ciudad, muy luminosa aquella mañana, y el cielo azul adornado con unas pequeñas nubes blancas, inofensivas, me parecieron el escenario ideal para componer mi mejor canción.

            Y así lo hice. Con las pocas hojas que quedaban en mi libreta y mi bolígrafo de la suerte compuse el tema más original y creativo que sonaría en las ondas. La canción más rítmica, las más pegadiza, la que miles de enamorados utilizarían para conquistar y alegrar la vida a sus parejas. Una vez terminado mi trabajo me gustó mirar esa hoja llena de letras y notas musicales que se entrelazaban entre sí, de una manera perfecta.

            Ese día no comí. Era una jornada de tantas en las que no tenía nada con qué alimentarme, pero no me importó. Al llegar la noche reuní los cartones que en los últimos tiempos me servían de cama y me acomodé como pude mirando al cielo, ahora estrellado, que me había inspirado para salir de la desidia en la que me encontraba últimamente. Dormí plácidamente e incluso soñé. Soñé con el éxito, con el apartamento que iba a alquilar para no dormir más a la intemperie y con Julia; la mujer que más he querido y que desapareció a la vez que el dinero.

            Desperté de madrugada, sobresaltado por los truenos que resonaban a mi alrededor. Una tormenta caprichosa, propia de la llegada de la primavera, había decidido descargar sobre el cielo de la ciudad. Encima de mí, unas nubes negras presagiaban que el día que estaba a punto de llegar no iba a ser tan bonito y luminoso como el anterior. Los cartones sobre los que dormía estaban ya empapados y la ropa que me abrigaba también.
            Instintivamente, busqué mi vieja libreta para impedir que la lluvia destrozara la obra que había creado el día anterior y me había devuelto la ilusión.
            No la encontré y me asusté. Miré bien entre los bolsillos y costuras de mi chaqueta, desgastada por el paso del tiempo y la vida en la calle. Pero no había ni rastro de la libreta. No estaba. Nunca más la encontré. En la ciudad siguió lloviendo dos días seguidos, como si el cielo también lamentara mi pérdida.

            Ha pasado un mes desde aquel fatídico día. Ayer, mientras intentaba conseguir algo para comer, escuché una melodía que me resultó muy familiar. No, ¡¡no podía ser cierto!!

            Sin embargo sí lo era. Un compañero, sentado en un rincón de la Plaza Mayor entonaba mi canción con una guitarra. Me senté a su lado y juntos dimos voz y vida a “Los colores del cielo”.

Al terminar de tocar, le miré a los ojos y le dije:
—Esa canción la compuse yo. Tú me la robaste.
—Lo siento, compañero —me contestó él—. Yo también necesito comer.
—Pero podía haber sido la canción del verano —protesté.
—Todavía puede serlo. Puede ser nuestra canción del verano. Siéntate conmigo y volvamos a tocarla.

           Al final de la jornada juntamos las monedas que habíamos conseguido y cenamos un bocadillo. Ese día sí pudimos comer.

 


 

96.- Carta a Venus


Lou. Que yo sufra, lapidado por las piedras de tu cuerpo, carece de importancia cuando observo los problemas que tienes tú de reencontrarte a ti misma. Eres cuál un gato, bestia disfrazada de animal doméstico, que con sus lujuriosas peticiones de que lo acaricien deja en escasas ocasiones que se descubra su verdadera identidad: el depredador escondido. Mas yo te he descubierto, tus felinas garras habiéndome arrancado el amargo licor de ese beso que de forma tan áspera recordaré que me diste. ¡Ay, insensato de mí! ¡Jamás hubiera pensado que todo esto acabaría así! Siempre fuiste una mujer ingeniosa y muy inteligente, tal vez demasiado. Sedienta de conocimientos, quisiste un día beber de la fuente de mis pensamientos y lo hiciste, compartí todo contigo más nunca imaginé que el rosal de tus sentimientos estaría ya muerto, secando a su vez el mío. Tu sed fue calmada mas no la mía. ¿De qué sirve llenar ese lago, de tener un cerebro si este demuestra no poseer alma alguna? Yo te amé y tú convertiste ese amor en amargura. ¿Por qué todo este autodominio ante la sexualidad masculina? El amor para los hombres es aquello cuyo entendimiento es diferente para las mujeres. Para la mayoría, una forma de codicia, para el resto, el culto insensato a una divinidad. Yo te he ambicionado de la misma forma que tú ambicionabas mi cerebro y también he caído a tus pies, mi Venus rusa, cuál Moisés al oír la voz de Dios. Los hombres que aspiran a la grandeza son habitualmente gente malhechora pues es la única forma que tienen de soportarse a sí mismos. ¿A qué aspiras tú, mi Venus querida? ¿A destruirme? Has perdido pues, aún si mi dolor es grande y sufro tu ausencia y tu ignorancia, seguiré escribiendo, formaré la familia que tú me negaste: Zarathustra, la cúspide de mi obra. ¡Ay, mi querida Venus! Estoy solo y sin consuelo, vuelve a mí. Tráeme un vaso de agua, calma mi sed, vuelve a mí. Solo Venus y Ariadna, mi Cósima adorada, pueden desenterrar el cuerpo mutilado del polvo de mi soledad. Empero tú, chacal, cuervo grosero festejarías antes con mi carne atormentada, devorando brutalmente sus trozos. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Ariadna? No ha sido abandonada, ella durmiente, en una playa, he sido yo el que ha sido abandonado. Me ha sido prohibido el deleite de contemplarla de cerca estando esta brecha entre su esposo y yo mismo. Mi hermana, con su actitud reprobadora, me ha traído a su navío mientras tu pedestal, Venus mía, sigue brillando en la lejanía. Aquí el aire es puro, dulce y poderoso tal y como deberían ser tus caricias. Tuyo seré siempre, bañándome en tus brazos de hielo, Friedrich Nietzsche. 

 

Seudónimo: Franz Vogelfrei

 


 

97.- En la tormenta

 

           Despertó empapado en sudor, como siempre que la primavera daba paso al verano. No recordaba si por una pesadilla o por el agobiante calor que se apropiaba de los finales de junio. Por la ventana entreabierta apenas entraba la tenue luz de una luna llena más pequeña de lo habitual. Ni un soplo de brisa, ni una pizca de céfiro que anunciara la tormenta pronosticada por el conserje. Se incorporó levemente, encendió la lámpara de la mesilla y cogió el libro elegido al azar para el viaje. Lo abrió por la primera página, obviando el prólogo, y poco a poco se adentró en aquel mundo escrito, un mundo ajeno e inconsistente, salpicado de personajes e historias inventadas. El sopor le sumergió en un universo de fantasía.
           El sonido de un trueno hizo temblar los cristales de la estancia. Le siguieron otros, mezclados con una avalancha de rayos que iluminaban la noche, tapada la luna por negras nubes y percibiéndose en el ambiente un temporal que agitaba las altas ramas de los chopos. Empezó a llover con fuerza desatada. Se levantó para cerrar el ventanal, mas de pronto se extinguieron todas las luces. Al instante, otra centella cayó a pocos metros.
           El agua arreciaba, acompañada de bolas de granizo cada vez más gruesas, cuando le pareció atisbar a alguien en la calle. Reconoció a una mujer que intentaba hallar un refugio. Empapada y sometida a la fuerza del pedrisco, apenas podía mantenerse en pie sobre unos zapatos de tacón de aguja. La oscuridad la envolvía, componiendo un cuadro misterioso. Creyó verla tropezar cuando el relámpago alumbró la escena. Allí estaba ella, tumbada en el suelo, magullada y desorientada. Levantó la cabeza y miró hacia donde él se encontraba. Sus semblantes se cruzaron, ella como pidiendo ayuda; el suyo sintiendo compasión. Sin dudarlo, corrió hacia el exterior. Debía auxiliar a aquella persona, quería hacerlo, pues se trataba de un ser indefenso, sometido a la crueldad de un crepúsculo tenebroso.
            Abrió la puerta de la habitación y bajó a la carrera los cuatro pisos, sin reparar en el ascensor. Al salir del hotel, la luna se abrió paso entre las nubes y enfocó la rúa encharcada. No había nadie. La lluvia remitía levemente, dejando su huella en los regatos que buscaban las alcantarillas. Decidió inspeccionar por los alrededores, pero no halló rastro de aquel personaje desvalido. Decepcionado, deshizo sus pasos y entró en el único bar abierto a esas horas, enfrente del hotel. La luz tenue de unos velones suplía la carencia de electricidad. Se acomodó en la barra y pidió un bloody mary. “La bebida me ayudará a olvidar”, se convenció a sí mismo. Observó al camarero. El sujeto, con escaso interés, agitó los ingredientes y vertió la mezcla sobre el vaso repleto de hielo. Lo situó frente a él y esperó a que diera el primer sorbo. El rojo intenso del zumo de tomate invitaba a no demorarse. Le pareció exquisito y así se lo hizo saber. El tipo, inexpresivo y distraído, se retiró al otro extremo de la barra. El segundo trago, más prolongado, le dejó el regusto del vodka atravesando la garganta. Por suerte, estaba acostumbrado y no le afectó, pese a tener el estómago vacío.

           - ¿Sabes de dónde procede el nombre de Bloody Mary?— oyó a su espalda.

           Se giró para conocer a su interlocutor e identificó a una mujer de aspecto enigmático. La penumbra le impedía distinguir su rostro, tan sólo comprobó que su figura sinuosa ocultaba un cuerpo sugerente.
           —No tengo ni idea—  acertó a responder.
           —De María Tudor, la reina de Inglaterra que mandó a la hoguera a todo el que se cruzara en su camino.
           —Interesante historia—  interrumpió él tratando de ser amable.
           —María la sanguinaria.  De ahí el color rojo. Fue esposa de Felipe II. Ese sí te sonará, supongo. De todas formas, no es más que una leyenda. Más real me parece la idea de que naciera en el Harry’s Bar de París, allá por los años veinte— prosiguió la dama, aún oculta por las sombras.   

           — ¿Y tú con cuál te quedas?

           —Me encanta París.
           Le arrebató la copa y bebió de aquel cóctel bermejo.

           —¿Puedo invitarte a uno? Camarero, por favor, dos bloody mary.

           Pero al volverse para descubrir el secreto de aquel rostro, se halló solo. Era el único cliente de aquel tugurio.  Sin más, apuró la bebida y regresó al hotel. Antes de acostarse, su vista se posó en el libro. Y leyó:
Regresaré con la próxima tormenta, para que sepas que no eres tú el único que está sufriendo. Podrás verme, y podrás ayudarme, al igual que yo a ti, pues tú también vendrás a mí. Regresaré con la próxima tormenta para que liberes en ella tus lágrimas,

 

Seudónimo: Mike Goodman

 


 

98.- CUANDO FUIMOS LOS MEJORES


 
Aquel verano del 58, al cerro minero sólo le unía con el mundo un frágil cordón umbilical de hierro, un ferrocarril escarpado que llevaba y traía el carbón y aprovechaba para cargar paquetes humanos con frecuencia impredecible y una  emisora local de radio con la que Don Lisandro, dueño de las minas y de todo el pueblo, había sofocado las demandas de costosas infraestructuras que mejorasen la comunicación. Con la creación de la emisora  y el equipo de fútbol,  Don Lisandro  había encauzado el descontento popular sin demasiado desembolso y con una mejora notable de su imagen en el pueblo.


Aquellos fueron, pues,  días de radio, tiempos de narradores, y Renato “mostachones” Sigüenza fue uno de ellos. Siempre había querido serlo. Le encantaba contar historias, por eso, cuando Don Lisandro  le ofreció el puesto de locutor en desagravio por el lamentable incidente por el que una vagoneta había seccionado el pie de su pequeño Andrés, no lo dudó, a pesar del enfado y la decepción  de su padre por su rendición.


 Entre semana, narraba con voz aburrida y nasal   noticias de la compañía minera previamente seleccionadas por Don Lisandro y recitaba, tratando de darles sentido, los más absurdos e insospechados consejos comerciales, pero los domingos se desataba dando vida, auténtica vida   a los partidos que todo el pueblo escuchaba, y casi presenciaba, en el mesón de Roque. El mesón, los domingos, supuraba fútbol. Para aquellas gentes humildes, hermanadas por la radio y el fútbol, aquellos domingos repletos de casi victorias, era prácticamente  la única felicidad que podían permitirse.

 
La Unión del cerro minero, o los cuervos, que así les llamaban por el color   de su camiseta, el mismo color con el que el polvo de carbón cubría sus rostros, habían tenido  una rigurosa tradición de derrotas desde su fundación. Hasta que llegó el 58 y, con él, Gustavo ”el raposo” Nogales.


Nogales era un tipo con pocos escrúpulos y mucha palabrería, lo que, comúnmente, se conoce como liderazgo. Construyó un equipo basado en el sacrificio, capaz de de morir unos por los otros, de desangrarse en el campo que, con poco talento y mucho esfuerzo, fue agotando uno tras otro  a todos los rivales hasta que La unión llegó a la final contra  la poderosa Real sociedad recreativa.


La ”recreativa” era el equipo al que  alentaban todos los próceres de la capital junto a una horda de aborregados aspirantes  a casi nada y , por supuesto, Don Lisandro, a pesar de su condición de fundador de la unión (el fútbol es el fútbol y las relaciones son las relaciones, solía decir ).
A la ”recreativa”, con el empate, les bastaba. En el descanso, Don Lisandro  había advertido a sus “cuervitos” de la conveniencia para todos de mantener un empate que no empañase el prestigio de los cuervos ni la gloria predestinada a los reales. Nogales asintió con desgana.


 El tiempo se agotaba, quedaban 5 minutos cuando a Nogales su conciencia deportiva acabó por sacarle de su enojado letargo. Saltó de su banquillo y al grito de “¡Pero qué carajo, que le den…!


Decidió tratar de alterar el guión y sacó al único hombre de los que tenía sentados capaz de hacerlo: El “loco” Morales. Un tipo imprevisible que el “raposo” solo sacaba cuando quería revolucionar el partido porque estaba  desesperado o aburrido, y ahora estaba rebosante de ambos sentimientos.


El tiempo se agotaba, quedaba menos de un minuto cuando  “el loco” Morales robó el balón y  lanzó un zambombazo  casi desde su casa que golpeó el larguero y cayó dentro de la portería.


Mostachones casi enloquecía, iba a narrar el gol de su vida…Cuando vio al árbitro indicar injustamente que el balón no había entrado. En décimas de segundo imaginó la cara de Andresito casi feliz, la de su padre casi orgulloso  y la de la miseria borrada de todos  los rostros del mesón .Decidió no dejar que la injusticia estropease la felicidad de todo un pueblo. Gritó desatado el gol de su vida, se volvió loco mientras  los espectadores le miraban con extrañeza, casi con miedo.


Cuando acabó el partido, en medio de la desolación del vestuario, “mostachones” propuso a los chicos y al “raposo” seguir con el plan y aceptar humildemente la victoria y el consiguiente homenaje en el pueblo. Todos se conjuraron para llevarlo adelante.


El pueblo festejó durante años aquella victoria  que hoy, todavía, el anciano ”mostachones”  sigue reviviendo con Andresito y los pocos ancianos que en el pueblo quedan, recordando los días de radio, los tiempos de los narradores, aquellos héroes a los que el imperio de la imagen, que vino después, sustituyó  por meros  notarios de la realidad.


Cada vez que algún agorero cenizo se acerca a tratar de estropear sus recuerdos a golpe de datos y estadísticas, “mostachones” siempre les replica con una frase que aprendió de su maestro;


-Amigo, en este pueblo sólo somos las historias que cuentan lo que somos y, la del 58, contó que fuimos los mejores.
 

 


 

99.- El rastro


           Lo imagino solo por las costas de algún pueblito marinero, con su pequeño barco de segunda o tercera mano.

           Lo imagino, quizás harto de una estresante vida de hombre de negocios o desengañado de un matrimonio que solo le trajo infidelidades e hijos ingratos.

           Lo imagino haciendo millas por el mar, con la única compañía del  sol y los peces, hablando con el aire y las olas, lanzando poesías al viento y dibujando surcos de espuma en el agua a golpe de giros de timón. Timón que ahora contemplo en este puesto del rastro, descolorido, pero con un porte y una elegancia que los años no han podido borrar. Aquí está, con arrebatadora personalidad, atrayendo todas las miradas. Y es que todos soñamos con tomar un día el rumbo de nuestra vida sin que nadie nos obligue a torcer la ruta o a detenernos en puertos ingratos. Si estuviera el barco entero probablemente no despertaría interés pero este timón solitario puesto de pie sobre esta tela en el suelo, al lado de un montón de objetos desparejados, destaca como una reina de carnaval sobre su carroza.

           Repaso las demás piezas del puesto pero mis ojos se vuelven a posar sobre él. Lo quiero, aunque me falte el barco. No me atrevo a preguntar el precio, puede que no me parezca caro y entonces no podré resistirme.

           Desplazo de nuevo mi mirada sobre los otros cachivaches buscando una excusa para permanecer más rato cerca de mi objetivo. Me llama la atención un globo terráqueo. Es idéntico al que había encima de la mesa del profesor en  la clase de mi escuela de primaria. ¡Cuántos años han pasado ya! , pero recuerdo perfectamente a todos los niños jugar a darle vueltas con el dedo y preguntarnos a dónde íbamos a viajar. Con los ojos cerrados parábamos el movimiento de rotación y se desataba la ilusión: Filipinas, Italia, China, agua, es igual también nos parecía bien, siempre habrá una isla, pensábamos.

           Este globo ha debido dar muchas vueltas y ha debido sufrir muchos aterrizajes de dedo porque está descolorido, algunos países se han borrado, pero siento que tiene atrapadas las risas y los sueños de muchos niños y quizás de algunos mayores. También lo quiero tener, aunque mi dedo pueda aterrizar en desconchón. Ya le daré otra vuelta, que es lo que hacía de pequeña cuando no me gustaba el resultado, girarlo una y otra vez hasta que aparecía La India, que era lo que yo quería, ver en directo aquellas preciosas telas de colores y esas blancas sonrisas sin fin.

           Los dos objetos, el timón y el globo, me hacen ver que aún tengo muchos sueños con los que ilusionarme, que la resignación ahoga el alma y que me quedan muchas cosas por vivir.

           Negocio el precio con el vendedor, por dos cosas siempre hay una pequeña rebaja que hace feliz al que compra. Me voy con mis dos tesoros cargados de energía y al colocarlos con cariño sobre mi mesa, los observo y me pregunto si no podrían haber pertenecido al mismo dueño.

           Y me imagino a un viejo maestro en su pequeño barco girando con su dedo cansado el globo terráqueo para saber hacia dónde girar el timón que le guiará a su próximo destino. Quizás cansado de enseñar decidió viajar para  comenzar a aprender de nuevo.

 


 

100.- MILAGRO

           Salió de casa temprano aquella mañana húmeda de primavera rumbo a la escuela. A través de la verja, observó el edificio vetusto que se recortaba sobre unas oscuras nubes grises. Las ventanas de madera enmarcaban un puñado de rostros sonrientes, mientras sus cristales lloraban en silencio, porque querían formar parte de las carcajadas de los niños. Estela arrastraba la suela de sus viejos zapatos por el camino que la llevaría a la entrada del colegio. Nada más acceder al patio, aligeró el paso, a la vez que ocultaba los fuertes latidos de su corazón detrás de la cartera. El vaho de su boca le calentaba las manos temblorosas mientras murmuraba: dos, tres, cuatro, cinco...conocía cada una de las baldosas que pisaba; seis, siete,ocho...sabía cuántas había por reparar y casi se podría asegurar que conocía cada peca marrón de aquel desgastado y helado terrazo. La concentración le impedía oír las risas y los murmullos que se escuchaban a su paso. Por fin alcanzó el aula, el olor a humedad y a madera vieja le dio la bienvenida, el sonido de las sillas arrastrándose la acompañó hasta el pupitre. Cuando se sentó y sus gafas empañadas le permitieron ver, se fijó directamente en el rostro pálido de la maestra, que contrastaba con sus enormes gafas de pasta marrón. Siempre la recibía con una media sonrisa que empequeñecía aún más sus ojos azules, pero que daba unas grandes alas blancas a su espíritu de ángel. El corazón de Estela se fue tranquilizando. La mañana transcurrió entre tizas sobre fondo de pizarra verde hasta que el toque de la sirena del recreo la devolvió a la realidad. Intentó desaparecer bajo el carcomido pupitre aunque no lo consiguió. La maestra se acercó a ella y le dijo:

           −Vamos Estela, tienes que salir a jugar con el resto de compañeros. Vamos, sal a que te dé el aire− la apremió.

           Antes de abandonar la clase se volvió a contemplar el aula con la esperanza de que se parara el tiempo. Contempló las blanquecinas paredes tejidas con encaje de gotera, la estantería que ocupaba el rincón ya inclinada a causa de la sabiduría de centenares de libros, la foto de aquel señor austero que la miraba desde las alturas como si estuviera por encima del bien y del mal, el calendario que colgaba de la puerta con la imagen de aquella guapa señora que sostenía una cesta llena de castañas. Suspiró y, cuando comprendió que no podía eludir su destino, anduvo hasta el patio. En cuanto el aire frío le arañó la cara, las voces de unas pequeñas fieras, ávidas de presa fácil, la sobresaltaron:

           ―¡Eh...gafotas! ¿Dónde está tu bocata?

           ―No tengo...-Se lo había dejado sobre la mesa de la cocina aquella mañana.

           ―¿Que no tienes? Mentirosa. O me lo das ahora mismo, o te reviento.

           ―Es que no he traído, de verdad...- tembló.

           ―¡Vaya una gilipollas! Te vas a enterar...

           El empujón la sorprendió, apoyó una de las manos sobre la tierra y sintió un fuerte dolor en la muñeca. Cuando le quitaron las gafas supo que llegaría el primer bofetón, tras él, le seguirían otros muchos, así que intentó concentrar su atención en otra cosa mientras pensaba: «tranquila que pasará...pasará. Siempre pasa». Entonces la vio con aquellos lunares blancos que frivolizaban unas preciosas alas de terciopelo negro con franjas amarillas. La observó mientras se posaba en la flor silvestre que había crecido en el patio y la envidió cuando alzó el vuelo para perderse entre la tierra y el cielo.

           Aquella noche Estela se durmió mientras soñaba que también podía volar. Creyó que sería capaz de todo. Al amanecer, la luz inundó la pequeña habitación y se despertó. La fuerza de una nueva ilusión la empujó a incorporarse. Se estiró todo lo que pudo y, orgullosa, contempló cómo unas espléndidas alas de vivos colores se extendían a ambos lados de su tronco. Se sintió hermosa. Con paso firme se acercó a la ventana y la abrió, notó el frío en la cara. Sonrió. Se puso de pié en el borde y sin pensarlo dos veces saltó mientras agitaba sus preciosas alas. Sintió que se elevaba y desaparecía entre el cielo y la tierra. Se fue sin importarle dejar atrás su pesada crisálida.

 


 

101.- EL MANTEQUILLA

Lo llamábamos  el Mantequilla. Era un superviviente de la última gran crisis y un resucitado personaje de la picaresca española. Cuando venía al bar, con su chaqueta cruzada de medio siglo atrás, el pelo liso, reluciente y oloroso nos asaltaba la idea de un buen paquete de mantequilla cremosa. Nunca pedía, solo aceptaba  y nadie sabía de qué vivía.


Una noche de ésas comunes, triviales que a veces se convierten en una Noche especial, así con masyúscula, llegó el Mantequilla sudoroso, despeinado y sin su habitual chaqueta.


Se sentó con cara de manifiesta emoción y dijo:


---Me voy.

Todos exclamamos:

---A dónde?

---Me voy de viaje –-soltó esto como dorando y saboreando despacito su noticia.
Al exterior  -–lo largó muy ufano echando su espalda hacia atrás.

Silencio. La voz estentórea de Sergio gruñó:

---!Por Dios, a dónde!

---!Ah! A tierras inglesas –-una carcajada general sonó en el bar. El Mantequilla impasible sonreía. Entonces Juan comentó:

--- !Pero si no sabes ni decir yes!

----Me apañaré.

Pasaron  varios días y nada se sabía de él.  Pero en los pueblos, que tarde o temprano todo se sabe, el chofer del taxi que conducía a Roberto le comentó la suerte que había tenido aquel ciruja de pelo aceitado. Roberto, interesado, preguntó: "¿el de la verruga en la cara? "El mismo. Pues cobró la herencia de un tío, al parecer una bonita fortuna".

Esa noche Roberto dio la buena nueva a sus compañeros y brindaron por él. Transcurrió casi un año, cuando una tarde lluviosa de sábado entró al bar un señor alto, delgado con un elegante impermeable y sombrero al juego. Se sentó en una mesita apartada y observó a la gente: se detuvo en un grupo de hombres que bebían cerveza y conversaban animadamente. Llamó al camarero y pagó una vuelta de cervezas al grupo.

Sergio preguntó al camarero de dónde venía ese regalo y éste les aclaró. Quisieron saber quién era pero el camarero tampoco lo sabía.

---Pues pregúntaselo, !hombre! –--terció Roberto.

Allí fue el camarero y explicó al desconocido su mensaje. El hombre sonrió y le dijo:

---Soy el señor  Thebutter.

Sin pérdida para no olvidar apellido tan raro fue al grupo y anunció:

--Es el señor Thebutter.

Todos se quedaron mirando al  pobre joven que, ya estaba agotado de esta situación. Se miraron, repitieron el nombre hasta que Juan, que había ido algunos anos a la universidad y estudiado idiomas exclamó: !el Mantequilla! Todos lo miraron estupefactos. ¿Qué quieres decir?

---The butter, en inglés, !la mantequilla!

Miraron hacia la mesa, pero el desconocido ya venía hacia ellos. Se saludaron con gran jaleo general, también el camarero y el dueño del bar.

El Mantequilla confesó entonces, que quiso ver un poco de mundo, pero que su sitio era ése, junto a sus amigos. Por lo tanto, ordenó:

--- !Dejemos a Míster Thebutter que ha vuelto el Mantequillaaa!


                                                                                                              Seudónimo: Lyla Roth


102.- NADA

NIFE

 

Un día vendrá en que ya no recordarás nada, ni los nombres de tus amigos, ni las casas que habitaste, ni cómo se escriben las palabras, ni a las personas que amaste. Y, entonces, ¿hacia quién dirigirás tus pasos?, ¿a quién clamarás?. Y cuando ya no puedas, ni siquiera, imaginar otras realidades, ¿qué harás?, ¿dónde te refugiarás?.

Al principio, olvidabas qué habías comido o dónde habías dejado las llaves y todos te decíamos que era normal, que todos teníamos, a veces, esas lagunas, y tú te enfadabas y decías: pero no yo.

Y llegaste poco a poco a olvidar lo que tú habías hecho o cómo se llamaban tus nietos y, no queriendo admitir lo que te estaba ocurriendo, decías que alguien entraba en tu casa y te cambiaba las cosas de sitio.

Hasta que, avanzada la enfermedad, veías que era todo fruto de tu mente y, entonces, llorabas amargamente y después nada podíamos hacer por consolarte, más que besarte y acariciarte pensando que, tal vez, alguna sensación te llegaba a lo más hondo de tu alma.

Después de algunos años de padecer esta cruel enfermedad, ya apenas te comunicas con el entorno. Ya no recuerdas nada, casi no hablas e, incluso, te cuesta andar.

Cuando el médico nos comunicó su diagnóstico casi no podíamos creerlo. Nos había tocado a nosotros, porque no era sólo a ti a quién afectaba sino también a todos los que te rodeábamos y más aún a los que estábamos contigo más horas. Habíamos oído hablar mucho de esta cruel enfermedad pero nadie en nuestra familia la había padecido, así es que pensábamos, de manera egoísta, que era asunto de otros.

Tus nietos eran muy pequeños y apenas podían comprenderlo. Me decían: mamá si ya le he dicho que soy Adela y no María. Y les teníamos que explicar que padeces una enfermedad que te hace olvidar las cosas más cotidianas, pero ellos no acaban de entenderlo del todo. Bueno, tampoco los adultos llegamos a comprender qué lo produce y por qué les ocurre a unos sí y a otros no.

Poco te puedo decir para consolarte. Ni siquiera sé si llegas a comprender lo que te decimos. Aunque, a veces, tienes momentos más lúcidos y nos recuerdas y supongo que en esos instantes no te sientes en soledad porque ves que estamos volcados en ti: es lo poco que podemos hacer a estas alturas.

Ahora mi espíritu le quiere transmitir al tuyo esta carta dictada desde las entrañas doloridas por esa soledad que te sigue enredada en tu sombra y enhebrada en tu rostro.

 


 

103.- El resultado era Sonia

 

           El primer robo fue un mordisco. El hecho sucedió cuando le dio la espalda al maestro y por un vaivén en sus delicadas y codiciosas caderas, que al verlas, la mitad de mi labio inferior quedó atrapado por mi dentadura. Cuando ella se percató de lo que estaba sucediendo, esa abusadora, hizo el mismo gesto, que por poco se me nota por encima de la ropa las aceleradas palpitaciones.
            Con su provocativo movimiento al acomodarse en su asiento, casi corta en dos el tablón de apoyar de la butaca con sus puntiagudos y endurecidos pechos. Medio me levanté de mi posición como si fuera yo el ladrón loco por hurtarlos. Los niveles de temperatura en mi cuerpo se elevaron bastante.
           Mientras el maestro desarrollaba algunos ejercicios, mi lenguaje corporal se traducía en ella, rogándole que me devolviera la otra mitad del labio.
           Me sometí a un fuerte tratamiento de ojos; no mirarla en clases, más aún, apenas pestañaba, ahí estaba ella, haciendo lindos aleteos pestáñales que me hacían volar al cielo.
            Sus labios eran pura carne, jugosos, te provocaban sed de tan solo mirarlos y te secaban el paladar por el tanto deseo de beberlos. Sus pechos duros como el bronce, tan iguales que a los de Alma Máster. La única vez que tuve el placer de estar tan cerca de ellos fue cuando ella me pidió que la tomara entre mis brazos y le quitara el frio. Acaricié sus hombros y mi pecho casi se quema por la calentura de su cuerpo. Lamenté que no eran las llamas de su pasión.
           Durante esa clase de algebraba superior donde el semestre casi terminaba. En una semana los robos fueron intensificándose. Entre los que recuerdo estaba una goma de borrar que junto un soplo de aliento de mi alma en pena desapareció. Era lunes. El martes, el papel ministro donde había puesto mis huellas de mis corazonadas en mi ilusión por ella, lo puse en la lista de cosas desaparecidas.
            El miércoles, la regla que tocó su corazón y el mío con el impedimento de nuestras vestimentas fue reportada en el aula, pero ni siquiera una pista se presentó de tan complejo caso. El jueves, el último día de clases de la semana, el lápiz que escribía mis penas en papel ministro, regido por la rigurosa regla que la goma de borrar no lograba desaparecer. A este tampoco lo volví a ver.
            El viernes, sábado y domingo; lo que logró robarme fue el sueño y la mente. No había un solo segundo que no la ocupara, creo que hasta mi cerebro lo hurtó, al parecer no lo llevó lejos. Deseaba que llegara el lunes.
           Al transcurrir las semanas durante la clase, más objetos seguían desapareciendo. Incluso hasta la llave de mi cuarto de estudiante. La ladrona que hizo la visita, había dejado la puerta semi abierta. Al darme de cuenta me sorprendí con espanto, sigilosamente me fui escurriendo hasta colocar todo mi cuerpo en la habitación. La había registrado toda. La vi sentada apoyándose de la cama frente a la puerta, mi corazón empezó a latir más fuerte, Sudaba. Mis ojos no habían visto tal cual ladrona tan deseada. No lo creía. Tiempo esperándola y apareció de la manera menos sospechada. Negro era su vestido, con unos escotes que en lugar de subir, descendían a unas montañas dulces y frescas. El borde del vestido llegaba casi a las rodillas, ocultando sus hermosas caderas señalando hacia la gloria. Me volvían loco, estaba loco por ella. Con sus magnificas hondas eran un concierto de guitarra. Sus piernas entre cruzadas, vestida de piel morena, descubrían mi más feliz momento precoz.
           Su mirada provocativa me había congelado. Observaba todo en perspectiva cual alma sucumbía e imaginaba mis labios empezar la travesía recorriendo todo su cuello hasta desplazar su vestido, me dificultaría un poco quitar sus tacos combinados. La escena cambió al ella verme estupefacto. Decidió caminar justo en mi dirección. El hielo empezó a romperse en mi cuello, algo más abajo en mí también se deshizo de la delgada capa que lo cubría. Mis ojos seguían cada uno de sus movimientos; de pronto su rostro cambió, apretó su mano derecha en mi pecho estregándome una funda que contenía una goma expandible. La habitación estaba hecha un desastre, pero no por eso le escuché decir: ‘‘cochino.’’ Deslizó su mano alejándolas con sarcasmo, tomó su cartera, dejó la puerta como estaba y salió. Todo se cayó, incluso mi rostro.
           Su mala interpretación no tan solo era con los números, porque mi cuerpo había estado desierto desde aquella primera vez y violenta reacción en la que María rompió las fuentes del placer. Apenas era un colegiar.
            Lo que ella encontró en la gaveta de la mesa de noche, lo guardaba para ella, por protegernos, si alcazaba el tiempo.
           Luego de esto el algebra y las variables dejaron de funcionar correctamente en la lógica matemática de mi mente. Los más y los menos dependían de la variable Sonia.
           Sonia era su nombre.
           Que si más por más daba más o que si menos por más daba menos, mi resultado real era Sonia. Todas las ecuaciones e inecuaciones, que si el tal Ruffini o la regla de tres, todos los sustituí por el método de Sonia.
           Para calmar mi desvarío, tuve que auxiliarme de otros métodos; donde desarrollaba cada uno de los ejercicios imaginándome todo su cuerpo. Cada ecuación me resultaba complejo ante tal ejercicio que no pude resolver ni siquiera en mi habitación. Pero, el resultado era Sonia. Todo dependía de esa variable y resultado a la vez.
           Por suerte pude aprobar la asignatura con ‘‘B-’’ de seguro lo fue por los buenos resultados de los primeros parciales. Pero hubo uno que lo reprobé con cero. Por no saber el resultado de Sonia.
           Concluido el semestre, pasé por el salón de clases. Me senté justo donde acostumbraba hacerlo, mientras observaba el lugar que a ella le gustaba ocupar. Veía su cuerpo allí, sus caderas, sus hombros recogidos, su cuello retorcido con sus ojos viéndome y haciendo esos hermosos aleteos de pestaña que me hacían alcanzar el cielo.
           Sin esperarlo una mujer me interrumpió, entró al salón, se desprendió de su cartera apoyándola sobre el tablón, empezó a deshacerse de algunos objetos escolares que contenía, incluyendo: una goma de borrar, un papel ministro con mis huellas impresas, una regla, un lápiz y por último se agachó tomándome por el cuello y hombros devolviéndome la otra mitad del labio en un intenso mordisco.

           Eso fue todo.

 


 

104.- JULIA Y LAS TIRITAS MÁGICAS


           Desde hace un mes y medio que vivo muy triste. Aquel día era martes, y una llamada me dio un puntapié que me hizo caer de las nubes. La voz de mi hermano sonó especialmente oscura; casi tan negra como la nueva carcasa del móvil por el que tuve que escucharle decir que su hijo, Elías, era autista. Fue entonces, a los pocos minutos de colgar, cuando noté que la condensación de algodón que siempre había habido bajo mis pies se esfumaba de golpe.
           La primera vez que fui a la casa de mi hermano después de saberlo, en el bus, me sentí tan minúsculo y aturdido como una mosca que aleteaba a mi alrededor y que de cuando en cuando rompía la monotonía transparente de la ventanilla posando sus patas sobre el cristal; así que hice todo el camino prácticamente imitándola, revoloteando y revoloteando entre montones de pensamientos grises. Me aterraba la idea de enfrentarme al pequeño; de no saber qué hacer cuando lo tuviese delante o que me asaltase el deseo de salir corriendo. En unos minutos, yo, que desde hace tiempo no concibo la vida sin abrir mi alma a los demás, estaría acuclillado a su lado, sintiéndome totalmente invisible y sin poder dejar de pensar en los millones de cosas que ese niño se perdería.
            Abandoné el bus y miré mi reflejo en el escaparate de la farmacia. Inmóvil, clavado en el asfalto, qué extraña me parecía esa mañana la calle de mi hermano, con aquel sol infernal y anaranjado lamiendo la fachada y la puerta y arrancándole destellos al timbre metálico que me esperaba. Sentí el aguijón de una pequeña herida en uno de mis dedos cuando apreté los puños; escocía, así que decidí convertirla en escusa para ganar un poco de tiempo antes del inevitable y temido momento.
           Adentro se estaba fresco. La vieja Julia lustraba los botes cerámicos del antiguo mostrador. Siempre estuve enamorado de su farmacia; microscópica, plagada de infinidad de cajones que parecían custodiar solo los remedios imprescindibles con los que combatir los males de siempre; escueta hasta la saciedad; breve. Tan breve, que cuando le pedí apósitos con los que poder cubrir mi herida, la mujer apenas me dio a elegir entre una caja de tiritas decoradas con pequeños osos de peluche y un rollo de esparadrapo que me dio la impresión de ir a quedarse tatuado en mi piel aún varios días después de haberlo usado. Aspiré una bocanada del aire aséptico y blanco de la tienda y tras convertirlo en disimulado suspiro terminé comprando las tiritas de peluches, por compromiso y también para dar un tiempo adicional a mi reloj dejando que Julia trajinase con parsimonia el abrir y cerrar de la máquina registradora. Mi dedo corazón quedó vendado y oculto bajo una montaña de ositos rosas justo antes de que mis pies volviesen a pisar el asfalto.
           En resto de mi día trascurrió de la misma forma extraña en que había empezado: sin tener muy claro qué hacer, cómo moverme o qué cosas debía sentir. En la casa de mi hermano hubo sigilos, temores y una quietud que a ratos casi dolía. Pero, en mitad de la tarde, algo realmente insólito hizo cambiar el rumbo de las cosas; de mis cosas. Envueltos todavía por el silencio, la espontaneidad hizo que Elías y yo comenzásemos un jugueteo cándido que me habría parecido absurdo si no hubiese sido porque el tiempo, hasta que la caja de apósitos quedó completamente vacía, se nos pasó volando: a él, despegando la tirita que yo acababa de ponerme, y a mí, haciendo caso a sus ojos y vistiendo mi dedo con otro traje de ositos para volver empezar de nuevo.   
            Desde entonces, todos los martes, cuando bajo del bus para ir a casa de mi hermano hago una tregua con mi tristeza y sonrío. Y luego, entro a la farmacia y le pido a Julia una caja de sus tiritas mágicas para poder ir a charlar un rato con Elías. Eso sí, siempre lo hacemos a su manera.

 


 

105.- Por favor, dos


           Parece el pedido en un bar: dos de oreja, y es precisamente lo que anhelamos cuando conversamos con alguien, su canal auditivo, su presencia aunque sea sin esencia, porque necesitamos esas orejas para convertir en eco nuestra voz, la que encontramos cálida, agradable y la única que estamos dispuestos a escuchar; por eso no me sorprendió que me abriera la puerta, sin embargo, reconozco que no dejaba de observar sus detalles para cumplir con el rito al que estamos acostumbrados, saber si le pertenecía a un hombre o mujer…No logré hacerlo y me alegré de ello.
            Quiso escucharme, quería que yo le contara  los cuentos que me cuento, no obstante, callé y con mi silencio entendió que no le quedaba otra salida que contarme y contarse la historia de aquella oreja de sexo desconocido. 
           Obviamente en el silencio me confesó que se sentía vacía, soplo del viento sin eco, novela que no llega a convertirse ni en un cuento.  La única  forma que ha encontrado de sobrevivir es entregar su vida alguien a quien le sirva, y claro, siendo una oreja sirve, pues nos gusta escuchar nuestra voz, aún más cuando ella choca en los tímpanos de orejas ajenas y nos la devuelve con su esencia.
           Nos gusta nuestra voz porque ella habla de todo menos de nosotros mismos, siempre es: ella me hizo, él me dijo… Nuestra voz siempre habla de otro,  no de  nosotros, o en todo caso de lo que no somos, evidenciando que somos lo que pensamos y deseamos no ser.
           Reconozco que ante ella, ante esta gran oreja me costó callar, es más, quería gritar, era tan grande, tan bella, que seguro mi voz retornaría dándome un beso en mi pequeña oreja. Sin embargo, me contuve, pues mi profesión cada día me evidencia que los cuentos que me cuentan son los cuentos que me cuento…

 



106.- Desnuda


           Me escribió diciéndome el gran desconcierto que le causó el que nadie se sorprendiera al verla desnuda por calles y plazas,  el que no despertara ninguna admiración, asombro o conmoción; había renunciado a llevar ropa porque sabía lo mucho que le gusta a su entorno vestirla: su padre de vaqueros y camisa, su madre con vestidos, sus amantes de picardías, su jefe de uniforme, y sus amigas con una blusa, falda larga y gafas para que no las opacara; sin embargo, recientemente me ha vuelto a escribir, diciéndome que alguien le dio una gran solución para llamar la atención, desnudarse no de ropas, sino de culpas, es decir, diciendo que no las llevaba, eso era como decirle al mundo que iba sin bragas; todos los seres humanos no solo se ponen trajes y vestidos, sino que no pueden salir de casa sin culpas, lo mejor es llevarlas en la cara, aunque se permite llevarlas en los bolsos o en las billeteras, lo que no se disculpa es salir sin ellas. Quizá alguna vez has visto a mi clienta, suele salir en los diarios y en la televisión, diciendo que no se arrepiente de nada, que solo con ella se basta…


 


FINAL


 
 
 
 
 
 

De todos los patrocinadores podréis informaros en:

www.laloberadegredos.com/
http://www.bodegasarmentero.com/



Con la colaboracion de:





- Bodega MªAmparo Repiso, vinos Sarmentero